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Viernes, 13 de mayo de 2011

PRIMERA PERSONA

Mamma mia

Dueña de una belleza inoxidable, aun cuando se vista de animal print para componer a una madre tan amorosa como metereta en Shangay, la obra de José María Muscari, Chunchuna Villafañe disfruta de su segunda incursión en la comedia en una carrera tan extensa como ecléctica.

 Por Moira Soto

Increíble, pero real: Chunchuna Villafañe hizo más comedia en aquellos legendarios avisos de TV –donde pícara y sensual vendía jugo de pomelo, marcadores o gaseosas– que en el escenario, el cine y la ficción televisiva, espacios donde participó casi siempre en producciones de corte dramático. Por eso, aunque haya hecho alguna incursión humorística allá en la playa y hace tiempo, se puede considerar un auténtico destape su entrada triunfal como comediante en Shangay, té verde y sushi en 8 escenas, de José María Muscari, recién repuesta en el Chacarerean Teatre. Con Nicolás Pauls y Muscari interpretando a una pareja gay que se está separando, Chunchuna como la imparable madre intrusita y Claudia Albertario y Eunice Castro jugando a dos meseras locales lookeadas onda oriental.

Si bien hubo algunos ensayos previos en la actuación, Villafañe dio el campanazo cuando rasgó la pantalla con su interpretación de la amiga exiliada de la protagonista que regresaba al país en La historia oficial (1985). Desde ese entonces, Chunchuna actuó en forma discontinua, sin la ansiedad de escalar posiciones, de hacer carrera, y a la vez manteniendo una actividad paralela como diseñadora de interiores y de jardines. Ella cree que “la comediante siempre estuvo, por eso me atrajo la posibilidad de interpretar este papel en Shangay. La verdad es que nunca me habían ofrecido un rol de este estilo. Y pensar que yo no había visto nada de este autor, director y actor, sólo lo conocía a través de notas periodísticas, me interesaba su originalidad”.

De manera que tuvo que llegar Muscari y redescubrirte... Es raro que ningún director, ningún dramaturgo te haya visto esa gracia que requiere el género y que a vos parece brotarte.

–Hace muchos años, a mi regreso del exilio, verano ‘82/’83, hice una comedia en una ciudad playera y me fue bien. A la gente le divertía mi trabajo en Usted no es Greta Garbo, que dirigía Miguel Guerberof. Pero fue mi primera y única vez en este género hasta Shangay. Después, todo vino por el lado más bien dramático y, como a mí me gusta mucho actuar, fui aceptando lo que me parecía más interesante, teniendo en cuenta la calidad del texto, quién me dirigía. Igual te aclaro que, para mí, la comedia se hace en serio, el que se ríe –si funciona– es el público, que la ve desde afuera.

Tenés un recorrido intermitente en la actuación, dándote algún lujo como Los días felices, de Beckett, en los ’80. Cuando participaste en La historia oficial, “la escena de Chunchuna Villafañe” pasó a la historia de las buenas actuaciones del cine nacional.

–A esa película la hice cuando volví del exilio, para mí fue muy importante, como una especie de revancha, aunque ese personaje no tenía nada que ver con mi vida. Hasta saqué un premio en un Festival de Chicago, que parece que es muy exigente. Fue una suerte muy grande.

Después de esa repercusión, cualquier otra actriz no habría parado de trabajar; vos, en cambio, te lo tomaste con calma.

–Mirá, no es que yo me haga la tímida, ni la difícil: sencillamente no me gusta ir a lugares que se supone que me convienen, donde se hacen relaciones públicas. Yo prefiero encontrarme con un grupo de amigos, así de sencillo. Quizás, en este sentido, soy un poco cómoda. Y tampoco soy de ir en busca de promoción: el año pasado hice algo chiquito con la directora Cecilia Propato dentro del Festival Beckett, en el teatro No Avestruz. Salvo la gente de teatro, casi nadie se enteró. Me encantó ese trabajo, con actores nada famosos. Y también cuando me llama alguien de cine no comercial que me parece que vale la pena, acepto: con Santiago Loza hice una participación en Extraño, una película que me gustó mucho cuando la vi por su manejo de la cámara, la fotografía.

¿Siempre te dejás llamar? ¿No sos de generar proyectos?

–Tengo ideas, pero no doy los pasos concretos para realizarlas. Desde hace un tiempo, por ejemplo, me da vueltas la idea de hacer un unipersonal. Tengo claro lo que quiero decir, pero me da un poquito de fiaca ponerlo en marcha. Lo tengo casi todo en la cabeza, tendría que darles forma a esos monólogos que voy pensando mientras manejo por la ciudad con mirada crítica, todo lo que me da bronca, lo que me da risa: el uso forzado del inglés, la bicisenda... En fin, cosas que me revientan, que me rebelan. Me gustaría convertirlo en texto para la escena, con acentos humorísticos.

Pasemos a la inefable Zulma de Shangay, toda de animal print, portando una jaula vacía...

–Zulema es un personaje maravilloso. La ropa la armamos con la vestuarista, que me puso un poco de límites. Porque yo quería todo más loco, bien kitsch. Una tipa grande que se quiere hacer la joven: en vez de los pantalones, yo pensaba en calzas, unos zapatos de los de ahora, tipo botas con plataformas. Creo que quedó en el punto justo. Por supuesto, llevo cosas que yo jamás me pondría en la vida real, y salgo chocha de la vida con ese atuendo, como si fuera una princesa, tan contenta conmigo misma.

Más allá de lo graciosa que resulta, Zulma es un personaje con dualidad, contradictoria. Por un lado, una posesiva invasora manipuladora; y por otro, una madre que quiere a su manera a su hijo gay, intenta protegerlo del dolor de una pérdida amorosa. Termina siendo entrañable.

–Además de todo lo que decís, es una mujer a la que le ha encantado tener tipos, aunque se hayan aprovechado de ella. Seguramente salió con algunos jóvenes que se dejaron mantener un tiempo. ¿Viste que siempre está hablando de un ex? También aparece esa cosa posesiva desmesurada hacia su hijo. Y me encanta cerca del final esa actitud permisiva que tiene con la camarera, cuando la chica le da ese beso, como diciendo “si ahora no tengo un tipo, pruebo con esta señorita que se siente atraída por mí”. ¿Por qué no si yo, en ese personaje, me creo la reina de Saba?

También sos bastante permisiva con tu hijo homosexual, una madre abierta dentro de tus posibilidades, tu generación, tu pertenencia social.

–Claro que sí, ella hace todo lo que puede desde su lugar. Porque aunque el tema de la tolerancia y la aceptación de los gays está muy en el candelero hoy en Buenos Aires, a la mayoría de la gente no le cambió profundamente la mentalidad. Puede ser que en teoría lo acepten, pero en la práctica surge el prejuicio, hay cosas que todavía muchos no se bancan. A propósito de este tema, te cuento una anécdota: en la última semana antes de dejar París para volver a la Argentina, me dediqué a pasear por lugares que no conocía de la ciudad, y en ese recorrido me senté a tomar algo en un café y vi a dos tipos que parecían nórdicos: altos, rubios, quemados, divinos. Ellos estaban tomando sol, mirando hacia la calle y se les notaba una cosa de amor, de erotismo, aunque apenas se tocaban. Me encantó esa libertad y recuerdo que pensé: qué lindo sería poder ver una escena así en Buenos Aires...

Como decíamos, Zulma, en su medida, hace lo que cree mejor para su hijo: trata de evitar la separación, alega lo del asma de Lucas, le ha prestado plata a su novio Alejo. Es una madre.

–Exacto, creo que está loca con su único hijo, lo ama, lo quiere ver feliz, se desespera por ayudar. Ha perdido una hija cuando era chiquita: todos tenemos un drama en el placard.

Y al mismo tiempo está pendiente de su aspecto, de su presunta elegancia.

–Ay, lo de la cartera Louis Vuitton me encanta, también lo del licor Cointreau que pide. Casi todo lo que dice Zulma es tan disparatado. Pero ella está convencida, no haciendo un chiste.

Hay un disfrute tuyo en actuar a esta Zulma que se percibe. Esa primera entrada para tomarte el pis es un hallazgo irresistible.

–Nos divertimos mucho todos. Sí, yo entro la primera vez, hago este toque y me voy. Luego ya regreso para hacerme cargo plenamente de mi rol materno. Noto esa reacción favorable de la gente cuando digo mis bocadillos y me sorprendo: como me pasó tan poco esto de hacer reír como actriz, me da mucho placer. En esto tiene mucho mérito Muscari, es su obra y es su manera de dirigir. Me gustan todas las situaciones de esta madre, me parece un personaje muy bien construido. Me meto en esa señora y le doy para adelante. ¤

Shangay, té verde y sushi en 8 escenas, en Chacarerean Teatre, de jueves y domingo a las 21, viernes y sábado a las 23.15, Nicaragua 5565, 4775-9010.

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