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Viernes, 4 de julio de 2003

ENTREVISTA

“El machismo también hace infelices a los hombres”

Este año, los multipremiados “Simuladores” se adentran en la temática de género. Violencia doméstica, trastornos alimentarios, el imposible ideal de belleza femenino son algunos de los ítem sobre los que en esta entrevista reflexiona su guionista y director, Damián Szifron. También habla sobre el desconcierto de los hombres, y sobre la blandura de los cuatro héroes que inventó.

 Por Moira Soto

Están listos para ver los milagros a nuestro alrededor?”, preguntaba el cura progre a la feligresía en su sermón dominical, el lunes pasado en otro de los exitosos capítulos de “Los simuladores”. El sacerdote se expresaba metafóricamente, aunque también podía estar aludiendo –con un guiño– a los prodigios que iban a ocurrir en el transcurso de este episodio que, combinando seriedad temática en su planteo y humor irresistible en su tratamiento, se permitió un delirio aventurero con trasfondo étnico-religioso.
Pero en verdad el auténtico milagro es el que protagoniza en estos momentos el guionista y director Damián Szifron, artífice de un suceso arrollador que arrancó el año pasado con trece capítulos que fueron ganando el corazón del público televisivo. Sin estrellas mediáticas, sin alimentar el cholulaje nacional, sin promover el escándalo o el sensacionalismo, sin tener detrás una factoría próspera. Con calidad, ideas ingeniosas y claro sentido moral, eludiendo vulgaridades y facilidades, los cuatro “Simuladores” se fueron incorporando a la mitología popular, están en la calle, en el habla cotidiana. Además de excelentes colaboradores en la faz técnica, Szifron encontró a unos “Simuladores” insuperables: Federico D’Elía, Alejandro Fiore, Diego Peretti y Martín Seefeld como –respectivamente– Mario Santos, Pablo Lamponne, Emilio Ravenna y Gabriel Medina.
Los héroes no están cansados, pero tienen sus flancos débiles. Es decir, no se trata de superhéroes con superpoderes sino de tipos humanos, profesionales, eficaces, talentosos, relativamente duros, de espíritu justiciero, siempre listos para defender a los/as débiles, los/as maltratados/as, los/as humillados/as, los/as estafados/as... Como en la aventuras caballerescas, como en los infinitos Shanes del western, como tantos personajes de historieta. Ravenna, Medina, Santos y Lamponne ya están ahí, en el imaginario colectivo, con sus impermeables llovidos de detectives del cine negro (inspirado en la novela negra), dispuestos a hacer el bien mirando muy bien a quién. Han conquistado una aureola mítica en el momento preciso en que los/as argentinos/as están despertando de la pesadilla menemista seguida de la siesta radical, y quieren creer en algo. “Los simuladores” vienen a hacer justicia poética, a compensar desde la ficción tanta corrupción.
Como en los cuentos de hadas, aunque de manera menos maniquea, acá existe el Bien y el Mal. Damián Szifron, 26, con sus justicieros que no usan máscaras pero sí la representación de otros personajes dentro de cada capítulo, tiene la extraordinaria osadía de proponer un mundo donde puede existir la compasión, la tolerancia, la igualdad. Valores que defiende a través de la entrevista que sigue con la misma sencillez con que se hace cargo del éxito apabullante que está obteniendo (la serie ha logrado ya más encendido que un partido de Argentina en el Mundial, y ratings por encima de cualquier otro de ficción de TV): “Creo que, considerando la propuesta, tiene algún sentido que vaya bien, digamos. Pero también es un lujo. Me parece que la gente se siente representada. Básicamente se trata de eso: el regreso de los héroes confiables, con flaquezas, con la necesaria cuota de idealismo, de romanticismo. Sin dejar de lado nunca el humor, que surge a partir de la cruza de géneros: problemas dramáticos y cotidianos resueltos de manera sofisticada, tipo James Bond. No es cierto que la gente quiera a priori consumir basura como piensan algunos: si le das cosas mejores y atractivas, seguro que se interesa. Si te fijás, los grandes éxitos de todos los tiempos son casi siempre buenas películas: Terminator, Casablanca, Lo que el viento se llevó, La novicia rebelde, Tiburón...”.
–Se nota a la legua que estás a favor del entretenimiento, de la amenidad.
–Sí, claro. En general, las películas que me gustan combinan arte y espectáculo. Finalmente, el cine nació como arte popular en el sentido más noble. Yo nací viendo películas y en el momento de trabajar, escribir, dirigir, no pienso en otra cosa que en celebrar la existencia del cine. Aprecio mucho las estructuras clásicas, los géneros, me fascina ingresar en otros mundos. Desde que era chico y mi papá, cinéfilo de alma, me llevaba con mucha frecuencia. A veces sobornaba a boleteros para que me dejaran entrar a ver una película de acción que no era apta para menores. Siempre alejado del deporte, del aire libre, no había para mí programa mejor que ir al cine. En el verano era una bendición que lloviera y no se pudiera pasear. También me acuerdo faltando al colegio y que mi papá me trajera una bolsa con diez, doce videos. Una fiesta absoluta.
–Dame algunos nombres de tu Olimpo personal del cine.
–De Coppola: El Padrino completo, La conversación, Tucker cada vez más, es una de mis diez favoritas, Drácula. Por supuesto, Hitchcock, Capra, Sergio Leone. Otro gran preferido: Clint Eastwood, no sé cómo hace para mejorar con el tiempo. En mi opinión, el final de Jinetes del espacio es uno de los mejores de los últimos diez años: Tommy Lee Jones tirado ahí en la luna es de una libertad, una imaginación, una belleza, con esa canción de Sinatra... William Friedkin, Brian De Palma: Femme Fatale es espectacular. Cada vez me siento más cerca moralmente, intelectualmente de algunas de Carpenter. Me gustan las más ingenuas, como El hombre invisible, y por supuesto Vampiros.
–Cuando proyectaste “Los simuladores”, más allá del perfil de los cuatro protagonistas y el sistema de trabajo, ¿tenías definida ya la temática a tratar, esta ideología que se afianza cada vez más? Espero que ideología no te parezca mala palabra.
–No, al contrario. El programa la tiene. Mirá, así como gente mayor que yo sufrió mucho a partir de la segunda parte de los ‘70, toda la época de la dictadura, a mí me tocó sufrir el menemismo, durante mi infancia, adolescencia. Fue un horror para mí, para mi familia: toda esa estética y por ende esa ética. De algún modo, me parece que “Los simuladores” combaten esa mentalidad. Quieren recuperar cierta integridad moral y el enemigo metafórico o simbólico es cierto costado oscuro que tiene la Argentina, que engendró esa década fatal. Es como una tendencia dentro del país. Entonces, los villanos de “Los simuladores” en general tienen que ver con esa mentalidad tan repudiable: el prestamista del capítulo 2, el español que viene a comprar tierras... La moral de estos personajes está asociada a un desborde de frivolidad, a la falta de compasión con que encabezan un sistema que excluye a mucha gente. Salvo que el villano sea irrecuperable y entonces hay que neutralizarlo –como al golpeador–, se trata de resolverle hasta un punto sus problemas para que dejen de oprimir a los clientes de “Los simuladores”. Al dueño del geriátrico, alimentándole el ego se logra que implemente un nuevo sistema que va a beneficiar a la gente.
–Estos héroes no son para nada posmodernos.
–No, son clásicos, recuperan cierta manera de hablar con un lenguaje más rico y preciso, cierta manera de vestirse, ciertas músicas. Ellos están en contra de la sociedad del descarte permanente que necesita algo nuevo todos los días, y si no es nuevo, no es bueno.
–En el capítulo del geriátrico, protagonizado por un grupo entrañable de viejos y viejas, se aludía a los procedimientos del Opus Dei y la persona que lo representaba era más bien despreciable. ¿Tuviste alguna repercusión sobre esa mención, con la foto de Escrivá de Balaguer incluida?
–Casi nada. Creo que en este sentido se puede decir que el programa es desprejuiciado: si el capítulo lo justifica, habla de temas de los que en general otras ficciones se cuidan de hacerlo. Nunca la intención es agredir gratuitamente. Pero no hay tabúes para nosotros: el del lunes pasado fue sobre judíos y católicos. Se dijo todo lo que se tenía que decir sobre los judíos, sector al que pertenezco, y sobre los católicos, porque se trataba de dos familias muy prejuiciosas, cada una en su estilo. Y los dos chicos que estaban de novios, sin saberlo los respectivos padres, deben enfrentar el embarazo de ella. ¿Qué hicieron “Los simuladores”? Juntaron a las dos familias que se creyeron que presentaban a los chicos, que ya eran novios previamente...
–El programa, este año, está ocupándose especialmente del tema de las minorías: mujeres, niños y viejos, para ser más exactos. Minorías en cuanto a carecer de poder.
–Sí, minorías a menudo maltratadas de diversas maneras, aunque no abiertamente. Ya en el tercer capítulo del año pasado aparecía, por ejemplo, la problemática de la gente mayor, echada del trabajo cuando todavía puede rendir bien. Es que la frivolidad, el culto de la belleza física interesa más que la sabiduría que pueden aportar los mayores. Hay valores humanos que casi dejaron de tener vigencia a favor de la destreza física o la perfección exterior. Un capítulo próximo, el 9, apunta directamente a esta tergiversación, porque los iconos, los modelos que se proponen, son inalcanzables en un sentido práctico. Eso genera mucho resentimiento. Si el modelo es Macri o Valeria Mazza, no tenés chances. Y yo creo que esa frustración de la gente genera violencia, inseguridad: es una forma de opresión. Ese programa, como te decía, es un falso juicio a un representante de modelos. La protagonista estudia Historia en la Universidad y es la chica más linda de su curso. Pero llega al modelaje y le empiezan a encontrar imperfecciones, se vuelve bulímica, y “Los simuladores” inventan un comité de Naciones Unidas dedicado a detectar gente que causa masivamente daño, dolor.
–Ciertamente, “Los simuladores” resulta especialmente bienvenido en una TV bastante misógina, donde no existe el enfoque de género, todavía hay programas de tareas (femeninas) para el hogar y las mujeres son usadas a menudo como anzuelo sexual.
–Sí, pero te puedo completar la idea diciéndote que también hay desprecio por el hombre, a través de la imagen que se da de él. Es verdad que hay mucha exigencia hacia la mujer –ser linda, joven, estar producida–, una exigencia improductiva. Porque la presión por el físico perfecto no lleva a ninguna parte más que al sufrimiento, a la tensión constante. En cambio, el desarrollo intelectual, del pensamiento, del humor, la creatividad, te ennoblecen y ayudan a generar un mundo algo mejor. “Los simuladores” no es un programa machista en absoluto. Y creo que ese desprecio hacia la mujer que ves en ciertos programas de TV es un desprecio hacia la humanidad. Yo tampoco me siento representado por los hombres de la ficción: veo a esos tipos y me digo: mis amigos no son así, yo tampoco.
–En el caso del capítulo de Mónica Villa y Luis Luque trataste un problema específico, el de la mujer golpeada, con cabal conocimiento del ciclo de la violencia.
–Bueno, en casos así leo, me informo, investigo. Está muy bueno esto de tener que estudiar un poco cada universo. También trabajo con la intuición, con la observación. Todos hemos sido testigos alguna vez de una situación de violencia en una pareja. Hay mujeres que han sido tan humilladas que ya no se creen con derecho a tener una vida mejor que la que sufren. Están muy desvalorizadas, porque el maltrato psicológico es traumático, como se veía en ese capítulo. Estos tipos se sienten con permiso, están amparados por la historia, digamos. Te digo que a raíz de ese capítulo mucha gente se acercó, mujeres que agradecían a los actores por la calle por haber tratado el problema.
–¿Tenemos algún personaje femenino protagónico próximamente?
–En el 8 habrá una mujer fatal interpretada por Verónica Llinás, inteligente e irónica como las de su especie. Y en el 9, ellos son contratados por la chica bulímica que te mencioné antes. Está claro que el programa, con cuatro protagonistas varones, tiene un toque más masculino, pero de ninguna manera machista. Yo siento naturalmente que el hombre y la mujer, más allá de las diferencias que ya sabemos y me gusta que existan, son pares. Veo a mi novia como a una par, no la subestimo en ningún aspecto, creo que tiene el mismo valor humano. Lo de igualdad en derechos y oportunidades para hombres y mujeres me parece perfecto. Pero me da la impresión de que ésa es una batalla ganada. Me gusta la idea de una pareja gobernando, como la que tenemos ahora, con una mujer fuerte.
–En un país donde las mujeres ganan menos por igual trabajo, donde casi no se pronuncia la palabra aborto, ¿te parece que lo de los derechos y oportunidades es una batalla ganada?
–Pero el aborto le concierne tanto al hombre como a la mujer. En algún momento pensé en hacer un capítulo sobre ese tema.
–En ese caso, si hay una embarazada a su pesar, ojalá que no tenga un aborto espontáneo o que no acepte presiones para tener un hijo si no está en condiciones, como ocurre en general en la ficción televisiva.
–Bueno, lo tendré en cuenta. Pero, ¿vos sentís que el programa es machista en algún punto?
–No, claro. Por eso estamos haciendo esta nota. ¿Hablamos de En el fondo del mar, tu largo que se estrena en agosto?
–Comedia de suspenso podría ser el género. Habla sobre las relaciones afectivas, amorosas entre gente de mi edad. Es la película de un hombre bastante paranoico, muy enamorado de su novia. Su peor pesadilla se vuelve realidad cuando descubre que la piba lo está engañando con un tercero. Toledo es el personaje que interpreta Daniel Hendler, un tipo que está terminando arquitectura pero no puede prestar atención a su mundo profesional, creativo porque está obsesionado por esta situación. Por otro lado, se nota que es alguien que cultivó mucha literatura de aventuras, sobre héroes. Creció alimentado por valores elevados y ahora no se soporta como celoso, dominado por esa idea fija. Al mismo tiempo, es muy reprimido, no puede pasar a la acción, reaccionar frente a un insulto. Entonces, en el momento en que aparece este posible rival, lo elige como enemigo y en la noche que dura la película inicia una investigación policial. El amante es Gustavo Garzón, un egocéntrico siniestro, un menemista, bah. Y ella, Ana, Dolores Fonzi, tan bella como buena actriz, con esa mirada que te dispara el imaginario porque sugiere algún misterio más allá, en su pensamiento. El trasfondo de la película es serio, pero la superficie es más de aventura nocturna. Ella reacciona frente al comportamiento de los hombres. Pero también está confundida. Creo que para alguien que quiere hacer las cosas bien, con ciertos principios, ésta es una época difícil, tanto para hombres como para mujeres. Para cualquiera que intente ser honesto, tener buenos sentimientos, una relación afectiva sincera y plena, hay demasiadas presiones en contra, de distintos tipos, que sacan lo peor de uno. Y me parece que de esta situación somos víctimas todos.
–¿Como sucedía con el personaje del mujeriego compulsivo, bombardeado desde el quiosco de revistas, los carteles, Internet, con esas imágenes de mujeres-carnada?
–Claro, exactamente. Para un tipo así, influenciable, pero que no quiere caer en la infidelidad, es insoportable. En este terreno, el hombre y la mujer son diferentes en cuanto al afecto de ciertos estímulos. Por supuesto, hay un momento en la cama en que uno y otra son totalmente iguales, tan animales él como ella. Pero creo que el tiempo para llegar a ese estado es mucho más veloz en el varón. Entonces, con el hombre se genera muy rápidamente una excitación visual que no tiene contrapartida en la mujer, así, tan inmediata. Digamos que a ella ver a un tipo en slip no le provoca deseos instantáneos de acostarse con él. Por otra parte, la mujer suele responder a estímulos diferentes, a ciertos climas, por ejemplo. Pero el acento de todo lo audiovisual está puesto en exacerbar el deseo masculino.
–Lo que, precisamente, lleva a que muchas mujeres tengan internalizada esa mirada masculina, y se observen en el espejo o se fijen en otras mujeres con esa clase de enfoque, pensando en lo que atraería a un tipo según criterios impuestos por la moda, la publicidad, la TV.
–Claro, claro, la mujer sufre mucho, directa o indirectamente, el peso de los modelos de supuesta perfección exterior. Lo de las siliconas es increíble, yo puse ese tema en el capítulo que mencionabas. Porque está pasando algo inquietante, el modelo de mujer ideal que se está generando no es obra de la naturaleza, ni siquiera de la gimnasia: no hay forma natural de que una mujer alcance esas formas que desafían la ley de gravedad. Entonces, ya ni siquiera se trata de que lo cruel es lo selectivo respecto de las muy lindas de nacimiento, ya que ninguna mujer de raza humana puede nacer con esos labios hinchados, esos pómulos, hay chicas que se hacen sacar costillas para afinar la cintura. Para mí, se va llegando a algo monstruoso, alejado de la auténtica belleza personal. Creo que semejante obsesión atenta no sólo contra las propias mujeres sino contra la pareja, contra el amor. Esclaviza mucho psicológicamente y es un malestar, una incomodidad que, obviamente, también afecta al género masculino. Porque tampoco el hombre puede ser realmente feliz, cultivar sentimientos profundos en un universo meramente onanista. El hombre puede estar distraído, fascinado por un rato, encandilado, pero no sentir ninguna plenitud, no está completo en una relación con una mujer dedicada a alcanzar esa supuesta perfección. Es un estrés permanente que produce un vacío que castiga también al hombre. Perjudica a ambos. A mí me gusta la idea de una pareja compartiendo cosas más interesantes y vitales, con confianza mutua. No digo que no exista el machismo, lo que sostengo es que es falso que el machismo, en última instancia, le convenga al hombre.
–Pero ciertos privilegios todavía no los quieren perder, el poder político sigue estando por amplia mayoría en manos masculinas, las rutinas domésticas y la crianza de los chicos, a cargo de la mujer aunque trabaje afuera.
–Más a favor de lo que digo: es cierto que muchos cuentan con ese “privilegio”, como decís, de tener una mujer que les cocine y se ocupe de los hijos, cosa que al mismo tiempo representa una privación a ellos. ¿Por qué el hombre no va a estar en su casa, cocinando, cuidando a los chicos, a la par de la mujer o mientras ella trabaja afuera?
–¿Una pareja realmente democrática, querés decir?
–Sí, llamalo como quieras, pero el caso es que en una sociedad como ésta, que todavía divide tantos roles, tenés a un hombre infeliz, frustrado, que siente que nunca termina de probar su masculinidad. Por eso te digo que ese esquema machista daña al hombre. Y un tipo que se priva de estimar las virtudes de su mujer, que no la ve en su totalidad, que no la admira por sus verdaderos valores, es un tipo que está recortado, por la mitad. Me parece muy triste estar casado con una mujer que no admirás, no respetás. Además termina siendo muy aburrido, ¿no? Muy empobrecedor. Debería eliminarse de una buena vez la idea de la guerra de los sexos, de los hombres contra las mujeres, y al revés. Es algo ridículo. No es tan difícil comprender que lo que es malo para la parte femenina de la población, es malo para la masculina. Nunca puede ser bueno perjudicar a una parte de la humanidad. Así como están las revistas para mujeres que las tratan como boludas, ciertos programas de televisión. ¿Vos viste lo que son las revistas consideradas masculinas, los suplementos deportivos? No es que el material para los hombres sea noble y el dedicado a las mujeres, frívolo y estúpido. Lamentablemente, la frivolidad y la estupidez están bastante generalizadas. Pero yo creo que esto va a cambiar. Más aún: está cambiando más allá de lo que proponen los medios. Obviamente creo que, en cuanto a inteligencia, no existen diferencias por el hecho de ser mujeres. Hay mujeres brillantes y mujeres estúpidas, como hay hombres brillantes y hombres estúpidos. No tiene sentido entrar en esa discusión acerca de la capacidad cerebral de las mujeres, con lo que ellas han demostrado en las últimas décadas.
–Cuando se juntan varios tipos y se ponen a hablar de mujeres, ¿creés que ése es su punto de vista?
–No sé, nunca me gustó hablar con amigos de mujeres en general. Puede ser que mencionemos algo personal, de tu novia, pero no generalizar, y menos en contra. Lo que me parece es que los hombres, sobre todo de generaciones anteriores a la mía, pueden sufrir cuando hay una figura de mujer fuerte. Porque no fueron preparados, se sienten cuestionados. Sí, tenés razón, falta todavía, hay que evolucionar. El hombre hoy se siente mal si su mujer se destaca más, gana más dinero.
–En tu caso personal, ¿cómo es esto de haberte convertido en una suerte de Rey Midas de la tele, con rating creciente y críticas ditirámbicas gracias a un programa que empezó el año pasado, sin mayor aparato publicitario, con una producción más que acotada?
–No he tenido tiempo de creerme nada, estoy demasiado ocupado en otras cosas, cada capítulo me plantea dudas, numerosas exigencias. En general, tanto el programa como las películas o cualquier proyecto en el que me involucre me va a llevar mucho trabajo y va a ser un desafío. Nunca siento que las cosas me van a salir fácilmente. Además, cuanta más gente mira “Los simuladores”, más expuesto me siento, con mayor necesidad de mantener el nivel y mejorarlo. Entonces, hay algo que se va balanceando. Y el resto es trabajo, trabajo. A veces esto de creértela puede tener que ver con que, por carambola, pasás a ser eje de interés en los medios de manera quizás inmerecida. También me pasa que tengo distancia para tomar las buenas noticias, así como soy un drástico para las malas: me puedo agarrar una depresión enorme si algo funciona mal. Pero si las cosas van bien, no es que salga a festejar con bombos y platillos. No sé, me da pudor. Sí, el programa está andando muy bien, se ve mucho. Eso exige un esfuerzo descomunal, no nos da tiempo para que se nos suba a la cabeza. Para mí es un orgullo que “Los simuladores” no subestime al público. También hay que decir que el programa no provoca una fascinación cholula, ninguna histeria. En todo caso, cuando vamos con los chicos –que son la cara visible– a un bar, la gente se acerca con una actitud realmente respetuosa, amigable, nos comenta tal o cual capítulo... Pero, como te decía, por suerte no hay cholulismo. Porque no entramos en ésa: somos un grupo de personas haciendo su trabajo de la mejor manera posible, y disfrutándolo. Aunque nada está garantizado en el mundo del espectáculo, sentimos que esta bonanza no es por azar. Porque detrás de cada episodio hay mucho empeño, mucho rigor.

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