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Viernes, 27 de abril de 2012

ENTREVISTA

La ley del deseo y la de mercado

Entre la conmiseración y el escándalo, entre el voyeurismo y la moralina, las representaciones sobre la prostitución y quienes la ejercen –o la sufren– se multiplica en la televisión. Carolina Justo Von Luzer –integrante del grupo de estudio sobre sexualidades del Instituto Gino Germani de la UBA– observó de qué modo esto sucedía en una serie de programas periodísticos emitidos entre 2000 y 2008 y advirtió la poca escucha que se pone en juego sobre el modo en que cada quien se define en contraste con la gran facilidad para hablar en nombre de las otras.

 Por Luciana Peker

“Acepté un departamento por sexo.”
(Moria Casán en BDV)

“Cobrar me da placer. Me divierte, lo elijo, veo lo que ofrecen, tampoco la pavada (...) A muchas chicas les ponen la presión de estar con tal y con tal si quieren llegar. Hay otras que por suerte las salva el talento y pueden optar por no, pero también les divierte la prostitución, como en mi caso.”
(Natacha Jaitt, Animales sueltos)

“Por hacer presencias no nos
prostituimos.”
(Cinthia Fernández, Animales sueltos)

“Con la prostitución vip hay un caretaje tremendo. No puede ser que estén haciéndose las santas o las puritanas. Aceptan y van por cuatro mil pesos
o por cinco mil.”
(Gaby Figueroa, Radio Palermo)

“Fui a un evento, a ver qué onda, y resultó que empezaron a ofrecerme plata, y me terminé asustando y me fui.”
(Noelia Ríos, Exitoina.com)

“El 90 por ciento de los hombres y mujeres que ejercen la prostitución no eligió su trabajo, para ellos funciona como recurso frente a la pobreza. Y aunque se trata de personas, están sometidas como si fueran productos a las leyes del mercado: el que paga, dispone.”
(La liga, Telefe)

–¿Alguna vez te quisieron gatear? ¿Qué fue lo máximo que te ofrecieron por tener sexo con vos? –consultó Angel de Brito en su programa de televisión.
–Me regalaron un coche. Yo tenía una relación, un touch. Uno también me ofreció un departamento y obvio que acepté
–contestó Moría Casán.

La palabra prostitución se repite en los medios; y se vuelve a repetir en los programas que se alimentan de la fauna de la televisión. A veces en tono lastimero, otras como provocación. ¿Qué muestra la televisión cuando habla de prostitución? ¿Qué oculta? “Moria Casan es diferente de las mujeres que trabajan por la calle que, en general, no tienen estudios completos, son cabeza de familia y sus condiciones materiales de existencia no están aseguradas. Moria Casán dice que el dinero renueva su erotismo, que si no se le vuelve monótono. Pero eso no tiene nada que ver con la situación de las mujeres en la calle”, apunta Carolina Justo Von Luzer, de 35 años, doctora en Ciencias Sociales, becaria del Conicet e integrante del grupo de estudio sobre sexualidades del Instituto Gino Germani de la UBA. Su tesis de doctorado la llevó a agudizar la mirada sobre uno de los puntos más debatidos de la corporalidad femenina para poder escribir Sexualidades en foco: representaciones televisivas de la prostitución en Argentina, a partir de la visualización de los programas periodísticos, emitidos entre el 2000 y el 2008, como Puntodoc, Blog, La liga, Ser urbano, Humanos en el camino, GPS, etcétera.

La idea no surgió por la repetición casi en cadena de distintos eventos en torno del sexo pago en ámbitos farandulescos en los últimos meses. “Yo venía trabajando, desde 1998, sobre el proceso de organización política de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina en Acción por Nuestros Derechos (Ammar) y sobre la división de esa organización, en el 2002, de la Asociación de las Mujeres Argentinas por los Derechos Humanos (Ammar Capital) porque no se definen como trabajadoras sexuales, sino como mujeres en situación de prostitución. En ese primer momento traté de pensar cómo se organizaban mujeres que hacían una actividad con una fuerte condena moral, social e incluso legal y se convertían en una organización política con voz pública”, relata Von Luzer.

¿Hubo cambios a partir de la organización?

–Hubo cambios muy concretos. Ammar fue una de las organizaciones que llevaron la lucha por la derogación de los edictos en Capital Federal. Y también la puesta en la agenda pública de la prostitución.

Hay quienes sostienen que ninguna mujer nace para puta y otras que se consideran trabajadoras sexuales. ¿Tenés alguna postura?

–Tengo una postura inicial y es que las formas de autodefinición no se pueden desconocer y aquellas personas que se definen como trabajadoras sexuales tienen que ser interpeladas y pensadas como trabajadoras sexuales. Trato de pensar que esas formas de autodefinición van antes que las formas clasificatorias externas. De hecho, aparece que las organizaciones demandan los mismos derechos: a la libertad, al trabajo, a la vivienda. No es que las trabajadoras sexuales no demandan otros trabajos, sino que quienes optan por el trabajo sexual deberían tener condiciones para el ejercicio de esa actividad y que las respeten como sujetos: que puedan trabajar sin ser explotadas y en condiciones de libertad. Pero la cuestión de fondo sigue siendo una discusión sobre la sexualidad de las mujeres. Eso es lo que hace que la prostitución pueda ser considerada una forma de explotación, en una sociedad capitalista, donde todos somos explotados todo el tiempo, aunque es una explotación peculiar porque lo que se está vendiendo son formas del cuerpo que están vedadas para el terreno laboral y económico. El pene, el ano y la vagina no forman parte de las zonas habilitadas socialmente para producir. Las mujeres que están en trabajo doméstico también son explotadas, pero usan sus manos o zonas que parecerían no implicar riesgos para la subjetividad de esa mujer. Cuando se sostiene que la prostitución no puede ser considerada trabajo porque implica un daño a la integridad psicológica se está sosteniendo que hay una particularidad de lo sexual que sería más peligrosa que otras formas de explotación que también sufren las mujeres. Sin embargo, las mujeres son explotadas por ser mujeres en muchas actividades, no sólo en las que está implicado el sexo en forma explícita. El riesgo es caer en visiones moralistas que pongan el eje en la sexualidad –resguardarlas por una especificidad sexual– y no como un sujeto de derecho que tiene que ser resguardado en cualquier forma de explotación.

¿Qué pasa cuando este debate tiene consecuencias concretas, por ejemplo, en la ley de trata?

–Hay que diferenciar trata de prostitución. La trata es un delito federal e implica la prostitución. Pero no toda forma de prostitución implica trata.

Justamente esto permitió que las mujeres adultas tengan que demostrar que son tratadas y no están prostituyéndose por su propia voluntad. ¿No es un riesgo?

–Sí, es un riesgo. Pero tenés un problema: la prostitución no es un delito, la trata sí. Sin desconocer el debate que las organizaciones feministas llevan a cabo con la cuestión del consentimiento, estimo que hay mecanismos procesales que pueden permitir determinar las cuestiones reales en las que se ejercía la prostitución en un momento determinado. El testimonio de las mujeres que afirmen haber consentido o no consentido en esos contextos se debe sopesar con las evaluaciones respecto de los contextos. Si yo digo que consentí ejercer la actividad en un lugar donde no me permitían salir o me sacaban el DNI, el consentimiento es dudoso. Pero también hay whiskerías donde las mujeres no tienen retenido su DNI y vuelven a sus hogares. La Justicia debería ser capaz de enmarcar en qué lugar se está cometiendo un delito. Está claro que pueden mentir por miedo o amenazas. Pero también tenés el riesgo a deslegitimar la voz de esas mujeres.

¿Cómo pasás a investigar la prostitución mediatizada?

–Empecé a registrar que en los programas periodísticos de investigación la prostitución era recurrente, pero la dimensión de la organización política no estaba registrada. A las mujeres se las mostraba siempre desde sus experiencias individuales. Hay dos formas predominantes: la dramática de denuncia o la de “color”, pero las dos formas comparten un núcleo: entrevistar a mujeres y preguntarles por las prácticas sexuales que realizaban, por el tipo de relación que tenían con los clientes (cómo lo hacen los italianos, qué diferencias hay entre uno de 30 y otro de 60, qué te piden, cuánto cobrás, qué hacés y qué no hacés), y por las ganancias. Muchas veces las propias entrevistadas le decían al cronista: “Hago lo mismo que tu mujer en tu casa, pero cobro”. Sin embargo, nunca aparecían las demandas ni cuáles eran las condiciones políticas de transformación de esas situaciones.

¿A qué atribuís que durante el 2012 se hable de la prostitución vip?

–La prostitución como un fantasma está siempre dando vueltas en la televisión en los programas de chimentos o satélites de Bailando por un sueño. El caso de Leandro Santos (un manager de modelos acusado de ofrecer chicas para tener sexo) permite tener un caso testigo para decir: “¿Vieron? Era verdad”, pero no es novedoso.

¿Qué efecto produce que Moria Casan diga “yo cobré y la pasé bien”?

–Los programas periodísticos entrevistan a mujeres de sectores populares y ven la oferta de sexo por dinero desde la condena o la compasión. Pero cinco horas antes podés tener a una Moria Casán, que no es una mujer en una posición de clase subalterna, que dice que pudo tener sexo por dinero. Sin embargo, las condiciones en las que Moria Casán podría trabajar por sexo son totalmente diferentes de las de las mujeres que trabajan por la calle que, en general, no tienen estudios completos, son cabeza de familia y cuyas condiciones materiales de existencia no están aseguradas. El ofrecimiento de sexo por dinero está socialmente condenado si eso se cruza con subalternaciones de clase.

¿La liviandad mediática no generaliza la idea de que lo hacen “porque les gusta”?

–La relación de sexo y dinero no es siempre igual. Hay intercambio afectivo y de dinero en contextos como el matrimonio. Moria Casán no lo hace porque tiene que llevar el pan a su casa. Una mujer cabeza de familia de sectores populares es completamente distinta. Las feministas tenemos que seguir discutiendo sobre sexualidad para después dar para afuera la lucha contra las violencias. En el 2002 una entrevistada, Blanca, me dijo: “Para mí, esto es mejor que limpiar mierda en Retiro por 240 pesos y me permite estar con mis cinco hijos”. Este testimonio muestra cómo hay otras formas de explotación que también son graves. Discutamos las formas de explotación de las mujeres. Y la especificidad sexual, pero no desde una perspectiva moralista. ¿Por qué todas las mujeres van a tener la misma relación con su cuerpo, con el sexo y el dinero?

¿Las mujeres que se desnudan en la televisión son víctimas o tenés otra visión?

–El punto es pensar de qué son víctimas. Se piensa que son víctimas del sexismo, de un deseo masculino que las ubica en el lugar de objeto, de un mercado que las rentabiliza y las vende como objeto. A mí me parece que muchas de esas cuestiones suceden y son así. Pero no se piensa que también pueden estar siendo víctimas de formas moralistas de ver a las mujeres, a sus cuerpos y no poder pensar que las mujeres pueden tener una relación placentera al exponerse u ocuparse estéticamente de sus cuerpos, mostrarse como deseantes...

¿O deseables?

–No, deseantes. No se muestran sólo para que otro desee, sino que ellas pueden desear que otro las desee.

¿Son autónomas de mostrarse sexies o están condicionadas por la cultura?

–No hay modo de no estar condicionada por la cultura. El tema es que hay múltiples formas de relacionarse con esos condicionamientos. Se piensa que son mujeres que están reproduciendo patrones sexistas, aunque también podrían ser mujeres que estén corriéndose de ciertas normativas de sexo y de género, por ejemplo, que la sexualidad de las mujeres sea pasiva, recatada y sus cuerpos tengan que ir en voz baja, sin llamar la atención.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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