las12

Viernes, 4 de mayo de 2012

EL AMOR DESPUES DE LA GUERRA

reparaciones Eran adolescentes haciendo la “colimba” cuando fueron usados como carne de cañón en una guerra demente. Las fotos de sus novias los abrigaron en las trincheras. Ellas, las mismas que los despidieron con miedo y orgullo, fueron las que los recibieron cuando la derrota se leía en sus cuerpos mejor que cualquier otra cicatriz. Durante décadas contuvieron como pudieron a estos hombres que se sabían héroes cuando nadie los veía de ese modo, pero que apenas podían negociar o dialogar sobre las cosas más cotidianas. Con el tiempo, dicen los especialistas, algunas llegaron a copiar los síntomas de sus compañeros. O se debatían entre la sumisión y el vínculo maternal como si fueran caras de la misma moneda. Este año, sus voces empiezan a ser escuchadas de otra manera dentro del Centro de Salud para Veteranos de Malvinas, que también atiende a familiares de quienes combatieron en el extremo sur de nuestro país. Reunidas allí, cuatro mujeres de ex combatientes testimoniaron a Las/12 lo vivido por ellas y sus parejas tras la guerra, cuando el desamparo social y del Estado era el único horizonte.

 Por Noemi Ciollaro

“ERA COMO SER SU MAMA Y SU MUJER...”

Graciela Suárez (52), esposa de Sergio González: “Lo conocí al año de su regreso de Malvinas, tenemos 27 años de matrimonio. Lo encontré en el peor momento, en posguerra, emocionalmente en carne viva, pero orgulloso de lo que había hecho, nunca se quejó de haber tenido que defender la patria. Lo que tenía era un gran dolor por la pérdida de tantos amigos, ‘hermanos de la vida’, como llaman a sus compañeros. Me extrañaba que no tenía ni enojo ni rencor, lo suyo era dolor: ‘yo me siento que vine con las manos vacías y que todo fue en vano’, decía. Fueron años muy difíciles porque yo no sabía nada y de repente tuve que ser psicóloga, esposa, todo junto. El tuvo una mala experiencia con psicólogos, lo llevábamos obligado, pero abandonó. La terapia la hacíamos los dos en casa, hasta la madrugada llorando, hablando, años y años. ¿Y yo?... cuando lo conocí trabajaba, nos casamos y seguí trabajando hasta que llegó mi primer hijo, después dejé, me dediqué a los chicos y a él. Tenemos tres hijos de 25, 20 y 18 años. Hice algo de terapia individual y familiar con la madre de él, las hermanas y él, para impulsarlo, así lo planteó la terapeuta, pero él no quiso saber nada, me prefería a mí para desahogarse. Conmigo hablaba cuando quería, si no quería el tema no se tocaba, él dirigía los tiempos. Para mí no era sencillo, las cosas que me contaba eran desgarradoras... y yo tenía solo 23 años. Aún hoy es terrible escuchar cosas que pasaron allá, así que tan jovencita... fue como que me metí adentro de la guerra, había momentos en que le decía a él que yo no sabía si le hacía bien; no tenía los elementos para ayudarlo, pensaba que mis respuestas podían ser contraproducentes, pero él decía que conmigo le alcanzaba. Mi esperanza es que ahora con este Centro de Salud creado para ellos y las familias acceda a tratarse, pero no quiere volver a revivir... Creo que voy a venir a tratarme yo para dar el primer paso, si yo empiezo, a lo mejor... Lo haría para que entre él. Aunque sí, también... yo creo que a nosotras nos hace falta porque es un peso muy grande el que nos tocó, necesitan mucha contención, no sé si a todas nos pasó lo mismo, pero era como ser mamás a pesar de ser sus mujeres. Yo había momentos en que me sentía su mamá, después eso se fue equilibrando... sí creo que nos haría bien a todos, hijos inclusive”.

“SI NO HABLAS, NOS SEPARAMOS...”

Mónica Avila (48), esposa de Mario Giraldez: “Con Mario me puse de novia a los 15. No pude despedirlo cuando fue a Malvinas, me avisó por teléfono que lo llevaban, y lo recibí cuando volvió. La mirada que él tenía cuando se fue nunca más volvió a existir, nunca más volvió a ser el mismo después de la guerra. Yo llegué a la casa emocionada porque estaba vivo, pero lo vi inexpresivo, me miraba fijo, con esos ojos, con esa cara, sucio, espantoso. Yo tenía 18 años, no sabía qué le pasaba, su familia tampoco. Estuvo tres meses sin hablar nada... Una lo que hace es sacar fuerzas de donde no tiene para sostener a la persona que quiere... Y fuimos creciendo los dos con todo lo que le tocó vivir a él, con esa carga que traía de allá. Salíamos a caminar y cuando la gente que lo conocía de chico lo saludaba, lo abrazaba llorando, él los apartaba, los miraba y decía ‘estoy bien’, las dos únicas palabras que pronunció en tres meses. Hasta que en un momento me enojé y lo encaré, le dije ‘si vos no hablás, nos separamos; no me ves más, se terminó’. A los tres días volvió y empezó a tener un mínimo diálogo conmigo. Así seguimos peleándola, año tras año, para que él se reinsertara en esta sociedad, que fuera a laburar, él tenía una madre viuda. Nos casamos en el ’84 y siempre, todos estos años, fueron de lucha, solos. Tenemos tres hijos, uno de 26, una de 22 y otra de 20.

¡Ah, sí!, tengo la costumbre de llorar... (dice disculpándose) No es que todo esto me haya costado, es la emoción, es el gran amor que le tengo. Cuando fuimos al Regimiento 6, el año pasado, por amor dejé mi trabajo, lo hice para conocer ese lugar que él ama, en La Pampa. El me decía que ahí era feliz y yo decía ¿qué pasa, es un lugar mágico? Y él realmente ahí era feliz. Verlo de lejos interactuar con quienes estuvo en las islas luchando en la Compañía B, en el Monte Dos Hermanas... Ahí son otras personas, chicos de 18, vuelven a revivir, a contar eso distinto a todo. Me emociona y me hace llorar saber que después de lo que luchamos nosotras esto tiene sus frutos. Que ellos ahora puedan hablar y dialogar con personas que no son veteranos, y pertenecer de nuevo a esta sociedad con la que no querían saber nada porque se sentían excluidos. Yo sí creo que necesitamos ayuda las mujeres porque se nos dejó en nuestras manos una carga enorme que era la salud de nuestros esposos. Sí, y en el museo del Regimiento 6 falta un espacio para las esposas, porque ellos están acá hoy gracias a nosotras. Miro atrás e hice las cosas bien, crié a mis hijos, que lo acompañan a todas partes, les di un padre maravilloso y hoy lo vi en el jardín del Centro y pensé que hice las cosas muy bien... ”

La psicóloga Marcela Aldazábal explica que “generalmente es la mujer la que recurre a la consulta porque el veterano es como un cúmulo de síntomas desde afuera, que no duerme, que es violento, que se aísla. O son ellos los que recurren diciendo ‘vengo porque mi mujer me manda porque ya no me aguanta más’. Después vienen ellas, porque cuando él mejora tampoco lo aguantan, hay que hacer todo un trabajo de reacomodamiento, porque el vínculo está enfermo. La crisis de la mujer aparece cuando el marido empieza a mejorar y ella se encuentra con que tiene que preguntarse qué le pasa a ella con su vida”.

Por su parte, la psiquiatra Viviana Torresi afirma: “Hay muy poca simetría en el vínculo, no hay pareja como tal. Hay exceso de tolerancia justificando y amparándolos en esa posición de víctimas. Las mujeres tienden a crear complicidades con el terapeuta: ‘te llamo pero no le digas que te llamé’ o ‘te cuento que hizo tal cosa pero no le digas’. Es como la mamá con la terapia de un niño. O sea que se tienen que reestructurar todos los vínculos familiares”.

“YO HICE TERAPIA...”

Carolina Beux (42), esposa de Patricio Louzao: “Cuando Patricio fue a Malvinas yo empezaba la secundaria, lo conocí en el ’84 y ni sabía que había ido a la guerra, nos pusimos de novios cuando él tenía 24 años y yo 17. Ahí supe de la guerra, pero jamás hablaba. En el ’95 nos casamos y empezó a hablar algo. El se hace una coraza de hombre superado que la tiene reclara, que fue a la guerra, que volvió y nada lo perturba. Eso le duró mucho. Durante diez años no iba a los encuentros del 2 de abril, yo traté siempre de respetar sus tiempos, porque si indagaba se cerraba más. Duro, sí, por ahí no abrazaba o no podía decir ‘te quiero’. Con los años empezó a hablar, lo invitaron a una radio con otro compañero; y el mensaje de él era ‘a mí me gustaría volver a las islas’, yo pensaba éste está loco. Pero él estaba orgulloso, eso lo pudo decir diez años después. Nuestra escala de valores era distinta, cuando murió su papá le dije ‘Flaco, se te murió tu papá, ¡reaccioná!’; pero me contestó que su papá ya había muerto y él tenía que seguir adelante. Pensé: este pibe no se permite nada, no quiere ver, se evade. Pasó el tiempo y adoptamos un hijo, tenemos dos chicos, Joaquín de 10 y Malena de 3 años, y el trámite fue largo. De primera el tipo trató de conformarse, ante una situación compleja me decía ‘bueno, es lo que nos toca’... Pero llegó Joaquín y lo desestructuró, el hijo le rompió todas las corazas, a partir de ahí se permitió llorar en un acto del colegio porque vio al nene disfrazado de almendra... A lo largo de diez años fue tomando la posta y a los 25 años de Malvinas dijo ‘sí, voy a ir al acto...’ Allí se vio con sus compañeros de colimba, ellos hicieron un año con buena instrucción, conocían la disciplina dura y cómo subsistir, dice que así fue más llevadero. En la guerra era furrier, secretario del jefe de la Compañía, Abella, que recuerda como a alguien con un carácter muy complicado como militar, pero que no iba a dejar que los mataran porque sí. Patricio dice que los que estaban en los pozos de zorro (pozos cavados en la tierra) quedaban quemados de la cabeza. El objetivo de él era volver, está agradecido porque no mató a nadie, quería cuidar a sus compañeros y volver. Y dice que el servicio militar era obligatorio, que él no es ningún héroe. El año pasado volvió a las islas, eso fue muy sanador, fue con compañeros y con su hermano, que pudo entender mejor cosas de Patricio. Dio una charla en Tigre antes de viajar y otra cuando regresó, esa fue su primera vez en público; se quebró un par de veces con preguntas respetuosas sobre qué pasó con el cuerpo de los compañeros que morían. Explicó que se arma una coraza para no demostrar lo que le pasa. Hoy está dedicado a conseguir cosas para sus compañeros, le hace bien y como esposa trato de acompañarlo. Yo sí hice terapia. Y bueno, capaz que él puede venir a tomar unos mates con La Madrid, pero ¿terapia? Ojalá, es muy bueno que se haya abierto este Centro. Nuestros chicos son chicos, a la nena le canta la marcha de las Malvinas cuando la hace dormir, pero no anda de verde ni con chaquetilla militar; él no quiere que se pierda lo de Malvinas, pero lo hace sin militarizarlo ni enloquecer a los chicos todo el día con lo mismo”.

Y está también el caso de las veteranas que están a la par de sus maridos, van a todas las reuniones y actos de veteranos, les llevan la agenda. Muchas saben más de la historia que ellos mismos, fechas, la posición que tenía el marido, en qué pozo de zorro estuvo, a qué hora combatió, el nombre de todos los que estuvieron en el mismo regimiento, como si ellas hubieran estado ahí como “soldadas”, comenta Marcela Aldazábal.

“YO TAMBIEN SOY UN SER HUMANO...”

Adriana Villanueva (50), esposa de Marcelo Vallejo: “A mi marido lo conocí a los 9 años, éramos vecinos. Antes de la guerra ya éramos novios. Yo no quería que se fuera, pero él fue con orgullo, se presentó solo. Y la vuelta fue dura, seguimos de novios y nos casamos. El no quería hablar de Malvinas, lo hacía muy por encimita... yo preguntaba algo, pero también sentía como un respeto ¿no? Lo que sí, siempre traté de que fuera a un psicólogo. ¡Pero no...! A los dos años consiguió trabajo, pero él seguía en la lucha, salía de la fábrica y se encontraba con otros veteranos, llevaban revistas, empapelaban las calles, malvinizaban... Todo el tiempo malvinizaban. Y yo... mucho tiempo sola. Nosotros no pudimos tener hijos, pero adoptamos. Yo digo que hay hijos que siguen más la causa y otros que sufren más y que no quieren, mi hijo Facundo, de 19, sufrió mucho... Mi marido tomaba, se iba al Centro... y después, tomaba y se perdía... y año tras año veíamos que era peor. Mantenía su trabajo, pero era una contienda para mí sostener la casa, y él estar ausente, ausente. El seguía en Malvinas, como que se había quedado en las islas. Facundo sufrió mucho, y una no sabía qué hacer... Yo a veces le decía que no podía andar así, manejando en ese estado, que podía chocar, pero a él no le entraba. Fueron muchos años, hasta 1999, ese 2 de abril vino muy mal, y con mi cuñada lo internamos, se estaba matando de a poco. Ahí empezó otra lucha, de contención, de carcelera, sacarle todo, ir a reuniones de adicciones, peleas con él, sacarlo de los Centros de Veteranos... Sí, fue terrible, me perdí mucho tiempo lindo de mi hijo; las mujeres estuvimos muy, muy solas. Tenemos dos hijos, pero al segundo lo adoptamos desde los 5 años, ahora tiene 15. Y sí, una piensa que dedicó mucho tiempo de su vida a esto y perdió cosas lindas. No es que me arrepiento, es lo que quise hacer y la satisfacción vino de a poco al ver que ese cerco que le hicimos fue dando resultados, él fue saliendo, recuperándose. Yo no pude hacer lo de compartir con él viajes, reuniones o salidas con otra gente de Malvinas, él me apartaba, sólo quería estar con los veteranos; pero empezó a ver que su lucha la podía llevar de otra manera, más sanamente. Para mí lo cierto es que una parte de él quedó en Malvinas, está allá. Todo lo que hace es para Malvinas y los veteranos. Pero bueno, eso lo ayudó, y nuestro hijo más chico lo sigue mucho. ¿Y yo? Y yo como todas... El viajó el año pasado a las islas después de 27 años a correr maratón y le hizo muy bien. Ahí vio que todo lo que habían pasado no fue inútil, acá nadie les reconoció nada, recién ahora, y le hizo muy bien, se sentía muy frustrado con la gente, pero ya no va eso de decirles ‘este es un loquito’... Ellos necesitan y quieren un reconocimiento y ahora lo están teniendo. Y bueno, igual es un seguir... el tema Malvinas es continuo, a veces en la noche... sí, y él después de mucho tiempo pudo contar que se le había muerto un amigo al lado, el trauma de que en el repliegue no les dejaban llevar a sus muertos, la culpa... El estaba yendo a una psicóloga que lo supo llevar en la internación y ella a mí me decía lo que tenía que hacer con él... y bueno, eso me ayudó un poco, porque estábamos solas, muy solas y tratando de entender... como hermanas, como madres. Solas, toda la vida... El siempre me dice que si no estuviera yo, él no existiría. Nosotras lloramos por ellos pero por nosotras... también... está tu propia vida. Yo soy un ser humano también”.

La licenciada Aldazábal afirma que “hay una disociación en la guerra entre lo que se siente y lo que se actúa, esa misma disociación se produce con los afectos después, entonces muchos de ellos están en la casa y no están, lo que pasa les sobrevuela y después de un tiempo empiezan a estar y la mujer se descoloca, tiene que consultar, ceder las riendas o compartirlas. El veterano económicamente hoy está bien y hay muchos que se quedan en la casa”.

El dolor y la angustia afloraron reiteradamente durante las entrevistas y también las dificultades para hablar sobre sí mismas, sobre lo postergado y lo deseado, sobre frustraciones y sueños. No obstante, se manifestaron felices de que ahora sus maridos y ellas mismas comiencen a ser escuchadas y “registradas”.

“Cuanto más distanciados estamos de la dictadura, más autorizados nos sentimos a recordar y contar lo que haya que recordar y contar”, concluyó el licenciado Eugenio Romero.

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Adriana Villanueva, Carolina Beux, Graciela Suárez, Mónica Avila.
Imagen: Constanza Niscovolos
 
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