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Viernes, 18 de mayo de 2012

VISTO Y LEIDO

La deuda interna

Natalia Moret debuta en el mundo de las grandes ligas literarias con una novela feroz sobre el mundo de la publicidad y sus márgenes más oscuros. Desde la voz de un personaje masculino explica por qué escribir como un hombre la ayudó a soltar la pluma.

 Por Marina Navarro

Un publicista en apuros es la primera novela de Natalia Moret, socióloga clase ’78 que empezó escribiendo poesía y de a poco fue acercándose a la narrativa. Participó en diversas antologías de nuevos narradores, antologó el libro Historias de mujeres infieles (Planeta, 2008) y trabaja como periodista y guionista en diferentes medios. Durante su paso por el taller de Abelardo Castillo insistió con una antología de cuentos propia, pero decidió postergarla cuando se dio cuenta de que algunos de los relatos necesitaban un espacio más amplio, el de una novela. Con esa idea empezó a escribir Un publicista en apuros, un policial negro que nos inserta en la vida de Javier Franco, un exitoso publicista atormentado por su adicción a las drogas y por una deuda que no hace otra cosa que acelerar sus peores defectos. El escenario es una Buenos Aires fragmentada, dominada por una clase alta de chicos ricos, bien educados, que van de Palermo a San Isidro y se mueven en un circuito acomodado y careta del que a veces salen para adentrarse en los suburbios a los que acuden en busca de drogas duras.

La novela ya cosechó más que buenos augurios. Se presentó en la Feria Internacional de Trujillo, en Perú, con buenas críticas y las opiniones locales fueron muy interesantes. Elogiada por Jorge Asís, que se refirió al libro como un “proyecto ambiciosamente auspicioso para la literatura argentina” y por Horacio González que la remarcó como “gran atrevimiento, sostenido con gracia y malignidad”.

Moret logra construir un policial con la precisión norteamericana de Chandler y Hammett. Mezclando en su trama la dosis justa de humor e ironía para sostener la apesadumbrada figura de su protagonista.

¿Siempre fue un hombre?

–Cuando la empecé a escribir no era un hombre, era una mujer y cuando avancé, en algún momento se transformó en un hombre. Al principio no sabía por qué, pero después me di cuenta que para poder escribir autobiográficamente con libertad, ponerme en el lugar de un hombre me hizo sentir todo el tiempo que estaba hablando de otro y eso me simplificó mucho las cosas. Sobre todo para poder trabajar con la paranoia y la culpa que son temas que atraviesan la novela. Escribir como un hombre ayudó a que eso que estaba en mí fluya sin que yo lo frenara.

¿En qué sentido es autobiográfico?

–Javier no se parece en nada a mí. El es un chico rico que por sus adicciones y por cómo es desciende a este inframundo, que en algún sentido también es autobiográfico pero al revés. Yo nací en Valentín Alsina y me crié en esos márgenes. Pero lo autobiográfico tiene más que ver con esta idea de una deuda que no se sabe cuál es y con quién. El está huyendo de unos enemigos que no existen, y esta idea sobre la paranoia y la culpa tiene que ver mucho conmigo. Durante años me culpé por haberme ido de viaje, dejando a mi madre enferma. De hecho tengo como dos o tres intentos de escribir una novela sobre ella, todos fallidos, porque no soportaba verme tan ahí.

La novela va geográficamente de Palermo Hollywood a Constitución, ¿cómo influyen estos dos universos en la trama?

–Por un lado el hecho de que Javier transite estos dos mundos es parte de la esencia del personaje que no termina de estar cómodo en ninguno. Y su visión del mundo no es nada optimista y entiende que necesariamente hay gente que no puede salvarse y es parte de la lógica de cómo funciona todo. Sabe perfectamente de qué lado está, del lado de los despreocupados. Y tiene una mirada crítica hacia eso. Por otro lado, haberme criado en Valentín Alsina y haber transitado el conurbano me hace tener una mirada a la hora de contar. No quería que apareciera en la novela esta idea de la estetización de la pobreza. Porque si bien las situaciones por las que pasa Javier no me son propias, sé lo que es andar por barrios como la Boca, Berazategui o Constitución. Y me parecía importante, por el peso que eso tiene en el relato, contar situaciones que podrían ser perfectamente reales.

Da la sensación en la novela de que no hay tanta diferencia entre ricos y pobres.

–Para mí se parece bastante la clase alta y la clase baja. Después de que terminé de escribir el libro alguien me habló de una novela que se llama 13,99 euros de un publicista francés, Frédéric Beigbeder. No la conocía pero cuando la hojeé un poco me encontré con algo que me impactó mucho, una frase que dice: “Los pobres venden droga para comprarse unas Nike mientras que los ricos venden Nike para comprar droga”. Y estoy muy de acuerdo con esa frase, de hecho en la novela intento mostrar esas miserias. En la clase baja y en la clase alta el poder se hace más evidente, en un caso porque falta y en el otro porque sobra y es un tema que me interesaba mostrar en la novela. La plata relacionada con la ambición y el éxito. Javier dice que se salvó de ser un niño rico por conocer la miseria. En algún punto es un anti-progre. Un rico educado pero que se saca la careta y entonces dice las cosas como él cree que son. Está en el medio, sabe que no pertenece abajo ni quiere para nada pertenecer. Pero tampoco se siente parte del mundo en el que se mueve. Aunque no piensa hacer nada para cambiar las cosas.

¿Funciona cierta construcción estereotipada al pensar un publicista adicto a las drogas?

–Creo que el cliché es asociar a cualquier profesión al consumo de drogas. En la novela no es Javier el único que toma, de hecho no hay ninguno que no consuma. Lo elegí publicista no porque lo quería cocainómano sino porque creo que hay algo que sucede en el mundo de la publicidad que me parece muy interesante. Suelo ver comerciales y me parecen espectaculares, muy creativos, y creo que la persona que está haciéndolos tranquilamente podría ser artista. De hecho conozco muchos publicistas que hacen cosas relacionadas con el arte que no tienen tanto que ver con ganar plata. Desarrollar una inquietud artística pero ponerla en algo que está completamente al servicio del sistema te quita una ingenuidad, hace que necesariamente tengas una mirada más desencantada o más cínica del mundo. Que es un poco la relación que Javier tiene con todo. Piensa que el mundo es horrible, pero eso es lo que lo hace hermoso. Es difícil ser de izquierda y publicista. Se puede tener cierta idea de cómo nos gustaría que fuera el mundo pero también creo que uno sabe cómo es. Y la realidad es que funciona de formas mucho más miserables y malévolas. Por eso decidí que fuera publicista, no tanto por lo relacionado con el mundo de las drogas sino por esta mirada particular del mundo que está puesta al servicio del consumo y que, en el caso de Javier, lo vuelve menos ingenuo.

Javier es cínico y calculador, pero no la pasa bien siendo así.

–El se siente traicionado por una mujer que lo abandonó. Porque es un tipo muy ambicioso pero también es un paranoico que sufre, porque tiene miedo de que lo traicionen de nuevo. Tiene una relación complicada con su novia, marcada por esta paranoia constante. El la subestima, pero por otro lado lo desespera que ella lo pueda estar engañando, entonces la menosprecia. Y en el fondo ese tipo de vínculo que lo une a su novia, habla de una persona con mucha inseguridad.

Hacia el final de la novela si bien se devela el enigma quedan algunos interrogantes dando vueltas.

–Hacia el final de la novela y por única vez Javier trata de parar y entender lo que pasa a su alrededor. Mientras la escribía, sentía que Amanda, la amante que lo había traicionado, tenía mucha importancia aunque no apareciera nunca. Entonces me dieron ganas de escribir la continuación desde el punto de vista de ella. Por eso, sobre el final de la novela, empecé a plantar señuelos para el lector. Que no sé si seguirán estando, así tal cual en la próxima, que ojalá escriba. Tengo el plan de trabajo hecho, vamos a ver.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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