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Viernes, 8 de junio de 2012

MUESTRAS

La dama del martillo

Tormenta de cristales, la última muestra de Diana Aisenberg, crea un mundo femenino surgido de mitos, ángeles y pecadoras con materia prima del mejor kitsch.

 Por Cristina Civale

Diana Aisenberg nació en Buenos Aires en 1958 y desde 1982 se dedica a la docencia de arte. Por su taller pasaron muchos de los artistas más promisorios de las nuevas generaciones. Aisenberg es, además, la creadora –entre otras obras– de Historias del arte. Diccionario de certezas e intuiciones, un proyecto que se convirtió en libro y que consiste en la creación de un diccionario de arte de construcción colectiva. Invitó a todos los que estuviesen dispuestos a participar y nació esta obra monumental y ya necesaria desde una actitud generosa. Así estableció lo que es, entre otras actitudes, parte de su marca registrada: generar la posibilidad real de la creación colectiva.

En su nueva muestra, Tormenta de cristales, que se exhibe hasta finales del otoño en la Galería Daniel Abate, no dejó de lado este empecinamiento, casi militante, de trabajar con otros aunque cada obra lleve, también por eso, su firma indiscutible.

Tormenta de cristales está formada por una serie de esculturas de pequeño tamaño barnizadas en vidrio y cuadros en los que mezcla distintos materiales con una terminación también en vidrio, ese material tan sensible que aquí viene a narrar o simbolizar, quizá, la grieta de fragilidad que le da el motor creativo a esta artista prolífica y singular. La fragilidad necesaria que se convierte en fuerza y valor, en humildad y duda, y hace de cada una de sus muestras una declaración abrumadora de sensibilidad, de sensibilidad femenina. Aisenberg esculpe mujeres, santas, faunas, personajes literarios, personajes mitológicos encarnados en cuerpos de mujeres, y también esculpe lo intangible: el amor, la posibilidad del encuentro, los bordes de algo proclamado como identidad de mujer o, mejor, mujeres que se palpitan en sus pequeñas esculturas –pequeñas sólo por tamaño– y en la grandeza de darles cuerpo y una voz que emana del silencio dudoso de objetos aparentemente inanimados.

Aisenberg compró cada uno de los materiales base con los que construyó esta muestra en distintos bazares de barrio, los equivalentes a los pintorescos “todo por dos pesos”. Explica: “Compré esos objetos medio berretas en distintos bazares como el que podés encontrar a la vuelta de tu casa, y agarré un martillo y empecé a destruirlos. Incluso vinieron algunas amigas que tenían ganas de romper y ellas también dieron martillazos. Los pedazos fueron la materia prima de cada uno de estos objetos que podés ver ahora”.

Esta suerte de copy paste sobre objetos concretos dio por resultado la muestra poderosa y original que curó la artista visual, poeta e inventora Fernanda Laguna, que vio en Aisenberg una artista mal clasificada. Según ella, injustamente ligada a la generación de la modernidad, cuando su obra es más contemporánea que muchas obras que se dicen tales. “Es una obra de hoy, no de otros tiempos”, afirma concluyente Laguna, “y me interesó curar esta muestra de Diana justamente para intentar colocarla en otro registro y en otro relato de la historia del arte argentino”.

En el texto curatorial que acompaña la muestra, Laguna escribe: “Quisiera empezar ‘reflexionando’ sobre el mundo de esta artista que tiene nombre de mito. Por ejemplo, podría decir que la obra de Diana es... y seguir con algo que apoyara el significado de las ideas que recorren su obra. Pero, ¿qué es una obra? Porque habría que internarse en el misterio antes de poder decir algo sobre el concepto de obra y la idea del arte. Ya que pensar es inevitablemente imaginar. Hay muchas gradaciones de pensamiento, pero la que acá nos interesa no tiene que ver con la comprobación empírica de algún tipo de fenómeno, sino con la capacidad de volar –también en el sentido explosivo del término– hacia conceptos sin contornos que se aproximan a la luz”.

En la galería de Abate la obra se despliega en dos salas. Apenas se ingresa, se asiste a un estallido de colores en el marco de unas paredes que dejaron de ser blancas porque fueron pintadas por Aisenberg a instancias de Laguna. Allí se aprecian las primeras obras. Nueve damitas celestes y robustas que parecen clones pero no lo son. Cada una es diferente en sus mínimos trazos gestuales, campesinas que llevan flores, ramos que con atención se aprecian distintos. “Los ángeles”, como los llama Aisenberg, con cuerpo de chicas, protegen y anuncian lo que está por venir.

Frente a ellas se planta otra serie de esculturas, Las Robertas, siete esculturas alineadas que tienen alas en vez de brazos, cuencos que ofrecen y recolectan la energía del lugar, niñas regordetas, quizás adolescentes.

Otra banda femenina aparentemente clonada pero no la forman Las desgracias, quizás ese llamado a que la desgracia del mundo la trajo Eva al comer la manzana o Pandora al abrir su caja llena de males. Un chiste sutil de la artista.

Luego se atraviesa una puerta diminuta, donde hay que encogerse para pasar, hay que hacer fuerza. Sobre una mesa blanca estallan las esculturas: las ninfas del bosque, un díptico de mujeres otra vez aladas y ahora con coronas de flores, pintadas con colores psicodélicos: verde y naranja; seres tiernamente monstruosos formados por esos restos de los martillazos: el tricéfalo, el sapo, la condesa sangrienta, el árbol que es una mujer y una niña, la madre, la efigie, el barco, los enamorados, donde el hombre sólo tiene cabeza y carece de cuerpo. Y más: la sirena y la durmiente enroscada como un caracol, donde su cuerpo se funde para producir una extrañeza que no deja de ser familiar.

Completan la muestra cuatro pinturas hechas con lápiz, esmalte, acrílico y siempre cubiertas por vidrio, al igual que las esculturas a las que, a pesar de su evidencia corpórea, prefiere llamar cuadros. “Para mí son todos cuadros”, confirma.

Laguna en su texto curatorial alude a una tormenta inicial en la formación de la tierra, al recorrido por túneles, a la llegada de la luz y dice de la que decide llamar alquimista: “Crea túneles descabellados en el tiempo y el espacio para volver a los primeros momentos de la creación de la materia, para despertar lo más primitivo de los elementos y sus formas. Hace una mancha en la pared y en ella está la cueva de la cola del cometa de la alegría dorada. Si supiera lo que es el arte diría que éste es un ritual. Y que las obras son objetos mágicos que abren portales de emoción y libertad... Porque revelarse a las fórmulas es la libertad. Y todo esto para decir que aquí tenemos los colores que acarician el corazón negro salpicado de brillos y de vida... Esto es el problema de tener que explicar la poesía a través de ciertas definiciones... Porque, oh ninfa... ¿a dónde me llevarán las flores vidriadas de tu pelo?”.

Y no tener respuesta para esa pregunta ni para alguna otra que se formule ante esta obra que ostenta fragilidad, la posibilidad de hacerse añicos en la delicadeza de cada objeto, es la verdad más rotunda de una muestra que no tiene pudor en mostrar su proceso creativo donde se rompió un mundo para crear otro y donde no es importante tampoco romper éste para seguir preguntándose sin decir nunca “Esto es”, porque su atrevimiento está en exponer lo inexplicable.

Tormenta de cristales puede visitarse en Galería Daniel Abate hasta el 22 de junio, de lunes a viernes de 11 a 17. Entrada gratuita. Pasaje Bollini 2170.

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