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Viernes, 8 de junio de 2012

RESCATES > HENRIëTTE RONNER-KNIP (1821-1909)

Gatúbela del arte

 Por Marisa Avigliano

“Amante de los deslizamientos de la espuma en acecho; / por tu cola que traza las fronteras entre tus posesiones y los reinos ajenos, / princesa en su castillo a la deriva en el mar del momento; / por tu olfato de leguas para medir mis pasos de ausencia, / triunfadora sobre los espejismos, el eco y la tiniebla” le escribió Olga Orozco a su gata Berenice mientras unía su destino con el destino de los que alguna vez tuvieron un gato inolvidable. (Vale el paréntesis para recomendar como imperdible la Poesía completa de Olga Orozco, publicada por Adriana Hidalgo).

Henriëtte Ronner-Knip (1821-1909, el Ronner es su apellido de casada) pintaba gatos, sólo gatos y alguno que otro perro que generalmente estaba acompañado por gatos. Sus gatos preferidos no eran como los de Leonardo Da Vinci (uno de los primeros en dibujarlos, en medirlos y en considerarlos una obra de arte perfecta) ni cautivantes como los de Leonor Fini (quizá la mejor de todas). Los gatos de Henriëtte eran como los gatos que posan en un poster enmarcado sobre una pared empapelada o gobiernan desde un portarretrato. Los felinos de la pintora neerlandesa juegan románticos y domésticos entre cestas de mimbre y almohadones de lujo como si estuvieran impecables en el estudio del fotógrafo del pueblo para que les hagan el retrato de cada año. Ya se sabe, es muy difícil el reposo y mucho más difícil privarlos con animosidad de su ripiosa y adhesiva tendencia a la animación, de modo que ahí están patas y hocicos sobre instrumentos de cuerda, alhajeros o tazas de té. Los gatos de Henriëtte exageran cualquier anhelo de la pintura animalista y buscan, atemporales, hacerle compañía a una témpera de Franz Gertsch. Que no se asome ningún gato de Balthus ni tampoco uno de Foujita, mostrarían las uñas, encorvarían el lomo o saldrían espantados, son de otra laya.

Reales y demasiado cerca del que los mira, los felinos Ronner-Knip convirtieron a su creadora en una figura popular y muy requerida por los miembros de la familia real. La corte holandesa comenzó entonces a elogiar su talento, su “agudo sentido de la observación” y mientras lo hacía, zoologizaba –un zoológico monotemático– las habitaciones del palacio con los cuadros que ahora se exponen en algunos museos de Amberes, Bruselas y Amsterdam. El abuelo de Henriëtte pintaba y también lo hacía su padre y primer maestro, el pintor decorativo Nicolaas Frederik Knip. En verdad todos pintaban en la familia Knip; su madre, Pauline de Courcelles, también tenía debilidad por los animales, pero en su caso la presa preferida eran los pájaros (no invocaremos ni a Tweety ni a Silvestre para unirlos con la madre y la hija). Dejando atrás triviales especulaciones volvemos a la Gatúbela de pinceles y óleos y a su pasión por los detalles, detalles siempre decorativos y a merced de la implacable plasticidad animal (si de animales y arte se trata, el crítico Kenneth Clark puede darnos más de una pista), que buscaban enfatizar el parecido y hacerlo real. Como si se pintara un cuadro de un cuadro ya pintado, un “cuadro de cuadros”. Para que el gato dibujado fuera tan real como el gato modelo, algunos cuentan que Henriëtte tenía en su casa taller decenas de gatos encerrados en urnas de cristal. La imagen bien vale la mentira y el terror que provoca pensarlo.

Ver los cuadros de Henriëtte –con gusto o con su ausencia– nos hace pensar inevitablemente en ese animalito consagrado a las diosas Isis y Bast, en ese gato que tuvimos y también en el que no tendremos nunca. Si lo tuvimos, seguramente pidamos lo mismo que Orozco le pidió a Berenice: “Déjame tu sonrisa / a manera de perpetua guardiana”.

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