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Viernes, 19 de octubre de 2012

ARTE

Premoniciones de lo que ha de acontecer

En el marco de su 50O aniversario, el Museo Enrique Larreta presenta la muestra Goya, Impresiones eternas, con una selección de las estampas del excelso artista español que no pierden vigencia. Las12 repasa las series y vuelve sobre la representación que –entonces– hizo Goya sobre la mujer, su condición, cotidianidad y realidad.

 Por Guadalupe Treibel

“Representó Goya el empeño que tiene una raza de ser sola, única, desdeñosa de intereses y poderes, loca de soledades, empedernida de independencia, como esas piedras que se han aislado tanto del monte que están oscilando sobre el abismo de leve que es su contacto con la tierra en que se asientan, pero prefieren ese pánico a no ser únicas y a no destacar su perfil sobre el fúlgido horizonte”, escribió Ramón Gómez de la Serna, escritor y periodista vanguardista español, sobre la obra única de Francisco de Goya y Lucientes (1746-1828), el gigante pictórico que –en su infinita humanidad y capacidad representativa– no sólo retrató a la sociedad ibérica de su tiempo, también logró trascender cualquier coordenada espacio-temporal, radiografiar un mundo que siempre termina por repetirse, inaugurar la modernidad, inspirar a las vanguardias del siglo XX, probarlo –y dominarlo– todo (pintura, grabados, dibujos), denostar la brutalidad de la guerra, la inhumanidad de lo humano, la cara oculta del Siglo de las Luces.

Y, en el ínterin, como consecuencia de su aguda observación de la sociedad toda, Goya mostró la complejidad de la mujer en sus claroscuros: madres sufrientes, madres desbocadas, heroínas, toreras, insufribles coquetas en afán de vida eterna, brujas en reunión noctambular, celestinas, mujeres que subvierten el orden y dominan a peleles, mujeres presas de instituciones como el matrimonio, mujeres protagonistas, mujeres sugeridas (la duquesa de Alba, la patriota Agustina de Aragón, figura en la Guerra de Independencia, entre otras). Aquel retrato parcial no es la finalidad de su obra, pero es, sin duda, una lúcida consecuencia –como lo han sido sus piezas antibelicistas o anticlericales, fruto de un pensamiento de avanzada y del humor satírico que inundó (parte de) su obra–.

Quizá no en sus piezas por encargo como pintor de cámara del rey, título que lo mantuvo en contacto con la nobleza y la aristocracia sino en sus manifestaciones personalísimas, con sus series de grabados a la cabeza, donde deja de manifiesto que nunca dejó de impregnarse de la cultura popular. Porque aun cuando los lienzos le dieron renombre (La familia de Carlos IV, La Condesa de Chinchón, La maja desnuda o Los Fusilamientos de la Moncloa, por mencionar unos pocos), fue en sus series de estampas donde Goya terminó de demostrar su imaginería rupturista. No faltará quien asegure, por citar tan sólo un ejemplo, que El sueño de la razón produce monstruos, de 1799, se adelanta por un siglo a lo que plantearía más tarde el psicoanálisis de Sigmund Freud.

De allí que sea una feliz oportunidad que, en su 50O aniversario, el Museo de Arte Español Enrique Larreta presente Goya. Impresiones Eternas, una muestra que reúne más de 60 estampas de las principales series del artista –Caprichos, Desastres de la Guerra, Tauromaquia, Disparates y Pinturas de Velázquez– del 20 de octubre al 20 de noviembre en Av. Juramento 2291. “Nos pareció que hacer una exposición de un maestro como Goya era importante y significativo para la institución. Durante 50 años hemos trabajado y orientado nuestras tareas hacia la difusión de la cultura española; celebrarla en este marco era lo más apropiado”, explica Mercedes di Paola de Picot, directora del espacio que el pasado 12 de octubre cumplió cinco décadas (y contando) en acción.

Para la ocasión, el museo no sólo expondrá las inestimables piezas; también acompañará con conferencias y films, trajes goyescos (cuando acontece la invasión napoleónica a España, la nobleza adopta el traje popular para afirmar su identidad y, al ser pintados por Goya, toman su nombre) que Eva Perón recibió en su visita de 1947 a Madrid, música popular y de corte propias de la época y una inspirada idea: un taller de grabado para niños.

Sobre la acertada y promisoria elección temática, la historiadora del arte, investigadora y curadora de la muestra, Patricia Nobilia, agradece al apoyo de la Embajada de España y la Dirección General de Museos, y amplía: “Además de ser uno de los artistas más importantes de la historia, Goya retrató a la sociedad de su época con una mirada crítica. Estuvo comprometido con los ideales de la Ilustración y, en sí, se constituye como el representante de la modernidad en el arte. Estas no fueron obras de encargo; surgieron como parte de su inventiva personal, su mirada subjetiva”.

Subjetividad que encuentra su primer momento de total libertad expresiva en la serie de estampas Caprichos (1799), sobre la que Nobilia se expresa del siguiente modo: “Es una sátira social donde, además de hablar de los abusos políticos, critica y censura la hipocresía. La clase común y la gente distinguida, todos están ridiculizados. No se salva nadie”. Y, a continuación, desarrolla para Las12...

La relación amorosa y el mundo de la brujería son dos de los temas dominantes de la colección Caprichos. ¿Cómo aparecen representados los personajes femeninos aquí?

–Las brujas, en escobas y reuniones nocturnas; la crítica es contra la ignorancia, el engaño y la superstición, lo opuesto a la razón. “Si amanece nos vamos”, gritan en la estampa NO 71 porque, a la luz del día, no es posible el consejo de brujas. También se refiere a los matrimonios por conveniencia y censura el amor cuando no es verdadero, o las relaciones sociales basadas en la mentira. En la estampa 75, ¿No hay quien nos desate?, por ejemplo, muestra a una mujer y un hombre atados a un árbol; no se quieren ni se soportan, pero han de vivir juntos y amarrados para siempre. Otras se refieren a la coquetería extrema (hoy traducible al botox y las cirugías estéticas en busca de la juventud eterna), como Hasta la muerte, donde podría estar retratando a la reina María Luisa o la duquesa de Osuna. También están los motivos del Eros y la mujer exaltadora de pasiones o las referencias a su supuesto romance con la duquesa de Alba y su suerte como amante despechado, como se interpreta al Capricho 61, Volaverunt. De hecho, hay un capricho que nunca llegó a publicarse (sólo se conoce una prueba de estado) y se llama Sueño de la mentira y la inconstancia, donde estaría representada la duquesa con una doble cara. Gómez de la Serna una vez dijo algo muy atinado: que el dolor de Goya lo resiste mejor el cobre; la pluma hubiera rasgado el papel.

Hay quienes podrían leer en su mirada sobre la mujer, una actitud impasible...

–La ridiculización es general y se dirige a los vicios del hombre, la mujer, los eclesiásticos o la aristocracia en igual medida. Fue un retrato de la sociedad que, a pesar de tanta supuesta razón y educación, termina en la irracionalidad de la guerra, con la invasión francesa a España. Goya también delata la corrupción del poder y la Justicia, el degradado ambiente de la corte, la vanidad, los maestros ignorantes, los aduladores y soplones, los literatos pretenciosos, la represión inquisitorial...

La crítica burlesca lo ubicó a él y a sus Caprichos en una situación complicada...

–El pone los Caprichos a la venta en una tienda de licores y perfumes de la calle del Desengaño pero, a los pocos días, tiene que sacarlos de circulación porque la Inquisición va tras ellos. En una actitud muy inteligente, para que el Santo Oficio no destruyera sus planchas, decide regalárselas al rey a cambio de una pensión para su hijo. Porque, cuando se producía una denuncia, no sólo confiscaban las estampas, también obligaban a pulir las planchas hasta que desapareciera toda imagen. Hubo que esperar hasta 1855 para ver publicada una segunda edición.

En 1808, Goya es testigo de uno de los momentos más crudos de la historia española: la Guerra de la Independencia (1808-1814). En ese contexto, graba los crudos Desastres de la guerra. Muchas de las estampas que se destacan tienen a la mujer en el centro de la escena. ¿Podrías recuperar algunos de los tópicos que la involucran?

–En algunas, destaca su heroísmo y participación valerosa y cómo aparecen tomando parte de la lucha, como aquella estampa que vuelve sobre Agustina de Aragón, una mujer que participó de la defensa de Zaragoza y él la retrata disparando con un cañón. Al mismo tiempo, denuncia las violencias del invasor, incluso violaciones sexuales. Los soldados franceses tomaban a las mujeres y ellas tenían que defenderse de los raptos de los soldados napoleónicos. Otras muestran a mujeres que lloran la muerte de sus hijos, o hijos que lloran la muerte de sus madres. Después, está la mujer tomada en forma alegórica como la estampa Murió la Verdad, con una mujer joven y hermosa como símbolo de la Constitución y la Verdad; está asociado al contexto histórico: recordemos que Fernando VII vuelve al poder y hace desastres...

Sin embargo, retomando lo que mencionabas anteriormente, una de las particularidades de los Desastres es que, acentuando el carácter humanista de Goya, no contempla la guerra como heroísmo sino que, en general, hace hincapié en la crueldad y la violencia que engendra...

–El ve el horror, la muerte, la barbarie y le provoca una contradicción a su espíritu, siendo afín como era a los ideales franceses de la Ilustración. Porque este drama es... irracionalidad. De allí que la conclusión final sea que no importa el bando o el motivo: la violencia no tiene justificación. “¿Para qué pinta usted esas barbaridades de los hombres?”, le preguntaba a Goya su criado. “Para decir eternamente a los hombres que no sean bárbaros”, contestaba él.

¿De allí que, aun siendo fanático de las corridas de toros, no le sean indiferentes los males en los que aquella práctica incurre?

–En la serie Tauromaquia (1816), no sólo representa la historia de esta práctica en España; también episodios que le son contemporáneos, como cierto hecho dramático donde un toro saltó una valla y mató a un espectador. No es sólo fiesta y celebración; también incorpora una mirada crítica. No por nada una de las estampas que trata sobre las destrezas de un torero lleva por título Otra locura suya en la misma plaza. También hay un grabado que toma a una torera llamada La Pajuelera, un personaje de la época.

Siguiendo la línea temática, quisiera referirme a otra de las series que presentará la muestra: los Disparates (1816-1823) ¿Cuál es su interpretación de la estampa Disparate femenino, obra que recuerda a su cuadro El pelele, donde mujeres en ronda tiran hacia arriba con una manta a un hombre?

–Hay quienes asocian el grabado al tema de los sueños; otros, en cambio, lo interpretan en clave carnavalesca, donde hay una subversión de todo lo que represente autoridad, en este caso, el lugar del hombre. Aquí la mujer aparece burlándose del hombre.

Es llamativo que un artista de la relevancia de Goya en aquel entonces ampliase su obra en formato de grabado, considerado un género menor para la época...

–Goya conocía el potencial de la técnica del grabado para difundir su obra y, con ella, realizó casi tres centenares de estampas. En el Siglo de las Luces, el acento estaba en la divulgación del saber, del conocimiento. Porque, aunque quite misticismo, hay que mencionar que se hicieron varias ediciones después de muerto. De los Caprichos, por ejemplo, hay seis o siete. Ahora, las planchas están gastadas y no pueden usarse más.

¿Dónde están las planchas hoy día?

–Las planchas de cobre de todas las series las tiene la Calcografía Nacional de España, menos cuatro de los Disparates, que salieron a la venta en subasta el año pasado y quisieron adquirir para completar las series, pero el Louvre intervino, forzó la compra. Y ganó. Cosas del mercado del arte.

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Hasta la muerte.
 
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