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Viernes, 22 de agosto de 2003

MODA

Joyas tecno-folk

Fernanda Sibilia, joyera contemporánea, fusiona una inspiración mapuche con tecnologías de avanzada. En sus colecciones, la diseñadora combina piezas recargadas con otras que respetan a rajatabla las máximas del minimalismo.

Por Victoria Lescano

Sé que suena muy vanidoso decir que una puede vestirse con un collar, pero pienso la ropa a partir del accesorio que me voy a poner”, dice la diseñadora Fernanda Sibilia. Las señas particulares de sus joyas consisten en estructuras metálicas, ya sean cogoteras, reelaboraciones de pulseras esclavas o aros, que en su construcción tecnológica hacen también homenajes al folk mapuche.
En Siempre, flamante local; Sibilia con el mecenazgo de Sofía Neimann y Silvia Pondal, un sendero de maniquíes de acrílico despliega combinaciones de cinturón con cadenas para llevar al cuello con sólo hacer un lazo, del techo cuelgan burbujas de acrílico que contienen carteras joyas y una vitrina sinuosa exhibe un centenar de piezas de metal.
Dice Sibilia sobre la colección: “Como predomina la repetición de un elemento y estructuras portantes, tratamos de trabajar con familias de piezas. Empezamos con líneas rectas que luego se transforman en curvas, la curva se transforma en contorno, el contorno se transforma en figura y la figura se transforma en textura”. Después de investigar la joyería mapuche se arrimó a la arquitectura para trabajar el volumen, al punto que hubo una pulsera basada en la catedral de Brasilia de Niemeyer. “Ahora, la muestra Geometrías del Malba o la de arte abstracto argentino que estuvo en Proa me alimentaron mucho más de información que las pasarelas.”
Otra particularidad de Siempre es que intenta vengar a los accesorios de los años en que estuvieron confinados a un rincón semioculto de las tiendas. Allí hay una colección de ropa negra que ellas proponen como bastidor. “Que la ropa sea un uniforme y se convierta en el accesorio del accesorio. Está deliberadamente al lado de la caja, como se ubican a los accesorios en las tiendas.”
Vale aclarar que existe además una línea más despojada y básica, con lazos de cuero para el cuello provistos de pomponcitos de metal y anillos con piedras con movimiento. “Es una bajada de las piezas colosales sin perder identidad. La hicimos porque la gente está más acostumbrada a ver un collar de bijouterie con cuentas y tiento, la intención es mostrar que el metal puede ser protagonista. Intenté hacer un ranking de las piezas que más se venden; en general quienes entran por las más espectaculares se van con un palito de metal, aunque hay que gente que prefiere adornarse más que otra.”
Los primeros ornamentos de Sibilia –luego de estudiar en la Escuela de la Joya y asociarse a Alejandra Cornicelli– tuvieron un tono más barroco: recurrió a piedras de colores, carteras de seda y cuentas, las piezas de metal eran un apartado de la colección. Participaron en expos de la Baf, Milán, abrieron un pequeño y furtivo local en el comienzo de los Diseñadores del Bajo. “Cuando se cortó la importación de materiales vimos que se abría un mundo inmenso en los metales, así como antes trabajábamos exclusivamente con cristales, incorporamos las ágatas.” Luego enumera los pasos de su método para hacer joyas: “Con Gabriela y un equipo no nos limitamos al banco de joyero, también trabajamos sobre el maniquí. La realización y las herramientas son las mismas que tenían los mapuches. Todo empieza con el rollo de alambre, al que hay que martillar, cortar, mandarlo a bañar para luego volverlo a armar. La premisa es que las piezas tienen que ser funcionales y con algo de moda. Usamos piedras grandes sin pulir en los cinturones y brazaletes, muchos reflejan el paso del martillo a propósito aunque también estamos buscando un lenguaje más tecnológico que se va a ver en las piezas del verano: incluirá acrílico en los collares para exhibir la transparencia de la piel”.
Advierte que no adhiere al concepto de que las usuarias puedan jugar a transformar la joya –una idea que su venerado Paco Rabanne propuso al sacar al mercado unas cajitas dotadas de pinza y argollas para armar collares de aficionadas– y hasta deja en las manos expertas la posibilidad de ir perfeccionando un modelo año tras año. “Aquí no es como en las colecciones de ropa, las piezas se mantienen con los cambios de temporadas y se les puede hacer cambios para que sean más confortables.”
¿Qué llama la atención sobre el adorno a una diseñadora de joyas que no está a gusto con encasillarse bajo la expresión joyería contemporánea?: “Las raras combinaciones a las que recurren las mujeres en sus manos, esas mezclas de anillos de oro y diamantes con relojes de plástico y cintitas de Bonfin”, dice sin vacilar.
Consultada sobre si sus diseños tienen rasgos de lo argentino y la extravagancia de las paquetas rastras gauchas argumenta: “Para ilustrar Reinas, mi colección de este otoño, hice la campaña de las joyas con la cantante de Miranda en un hotel de la Avenida de Mayo. Ella lució muy cincuenta, con una capita de visón en un decorado de paredes derruidas aunque rodeada de una araña muy chic, la imagen tuvo mucho de esa cosa tan porteña de mostrar el glamour de mentira. Y yo prefiero hablar de citar lo porteño más que lo argentino, esa idea de tomar un poco de todo aunque con una mirada particular”.

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