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Viernes, 11 de octubre de 2013

CIENCIA

Oído absoluto

Belén Elgoyhen es la Investigadora de la Nación Argentina 2012, un título que le entregaron el lunes y cuyo brillo apenas se opacó por la ausencia de Cristina Fernández de Kirchner, una interlocutora con la que la científica ha hablado más de una vez para ponerla al tanto del avance de sus investigaciones sobre la genética y fisiología del oído, investigaciones iniciadas en la era en que a las personas de ciencia se las mandaba a lavar los platos y potenciadas ahora, cuando, según Elgoyhen, “el vaso está medio lleno y subiendo”. Por su trabajo, esta científica fue reconocida en foros del mundo, aun cuando quienes se benefician de él no pronuncian su nombre pero sí aprenden a escuchar los matices del sonido después de haber vivido en un mundo de silencio. O persiguen el silencio como a la paz, ya que sus últimas investigaciones apuntan al “sonido fantasma”, un zumbido que sufre de manera crónica el uno por ciento de la población y cuya invasión es tal que afecta a todo el sistema nervioso. Retrato de una mujer de laboratorio que también sabe de esa culpa cizañera que solía colarse en la mesada de trabajo cuando su hijo era pequeño y no sabía qué iba a preparar para la cena.

 Por Roxana Sandá

A Ana Belén Elgoyhen le hubiera gustado recibir la distinción de manos de la Presidenta. Ese reconocimiento a la Investigadora de la Nación Argentina 2012 en el Salón de las Mujeres, el lunes, y animado por Cristina, hubiera sido “un gran momento”, formula esta doctora en Bioquímica y una mente brillante que aprecia tener frente a sí a otra mujer “interesada por la ciencia y tecnología como lo está la Presidenta, que además entiende de lo que habla y sabe escucharnos”. La ausencia del lunes en la Rosada es una pena ensombrecida por los acontecimientos que la rodearon, “lo que volvió más extraña la entrega de los premios” que distribuyeron el vicepresidente Amado Boudou y el ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación Productiva, Lino Barañao. Nada grave, sin embargo. Sólo la desazón por una ausencia que se hacía tan presente.

El galardón otorgado reconoce la labor de las/os profesionales más sobresalientes del sistema científico nacional y los recorridos académicos, por el valor que representa su trabajo para el desarrollo argentino. Además, la/el Investigadora/o de la Nación se elige entre quienes reciben el Premio Houssay Trayectoria, dirigido a aquellas personas con 45 años cumplidos al 1° de enero de 2013 y que hayan desarrollado su actividad científica en el país. Sobre la edad de Elgoyhen no es necesario hablar, aunque no la oculta. Más interesante, sí, es referir que en algún momento se fue del país “por una situación personal complicada” y para seguir con sus investigaciones en los Estados Unidos, pero que en todo caso se autorrepatrió el 24 de septiembre de 1994 y nunca volvió a irse.

La fecha sorprende por los innumerables motivos que todavía retiene la argentinidad con memoria fresca de los noventa, pero más porque ese día el entonces ministro de Economía Domingo Cavallo mandó “a lavar los platos a todas las científicas y científicos argentinos”. Este año se cumplieron 19 del exabrupto funesto. Elgoyhen lo piensa y sonríe. “En ese momento era una locura volver a la Argentina, tenía la posibilidad de seguir en La Jolla –California– con mi posdoctorado en el Instituto Salk, trabajando en neurobiología molecular, pero aquí estaban mis afectos, los personales y los de la tierra.” Podría hacerse un alto, pensar “la patria somxs todxs” o, como parafrasea la investigadora a Bernardo Houssay, “la ciencia no tiene patria pero la mujer de ciencia la tiene”.

La experiencia en el Salk “fue fabulosa porque se convirtió en un momento bisagra de mi carrera como científica independiente. Allí aprendí mucho y realicé el primer gran descubrimiento, un gen que se expresa en el oído. Sin embargo mis investigaciones estaban dedicadas a la búsqueda de unos genes que se expresan en el sistema nervioso central, aún no había llegado a esta pasión de trabajar con el sistema auditivo. Al fin, jamás encontré ese gen y después del genoma humano me di cuenta de que nunca iba a hallarlo porque no existía; era una hipótesis cerrada de trabajo. Algo utópico, pero así es la ciencia”. Un día, de manera casi inesperada, se le abrió un nuevo camino de investigación, “y ahí estaba, la hallé de casualidad: era una molécula del oído que otros investigadores habían buscado por más de treinta años”. Un gen que “sintetiza una proteína denominada receptor de acetilcolina, que está en la membrana auditiva. La estructura, llamada eferente coclear, permite que medie la comunicación entre las células del sistema nervioso central y el auditivo”. Fue la primera parte de un rompecabezas que se completó en su laboratorio de Buenos Aires, “donde descubrimos la pieza que faltaba para terminar de ensamblar el puzzle”, un punto de inflexión dentro de la fisiología auditiva.

El descubrimiento posibilitó avances notables en el tratamiento de la hipoacusia, pero también significó recibir en 2008 el Premio L’Oréal-Unesco For Women in Science, una suerte de Nobel femenino por su contribución al entendimiento de las bases moleculares de la audición. El anhelo era concluir su carrera científica con ese galardón, pero la identificación de los receptores del oído que intervienen en los procesos de modulación de los sonidos y los hacen comprensibles fue clave para decidir a un auditorio encabezado por quien presidía la Academia Francesa de Ciencias, Jules Hoffman. La científica fue agasajada en un almuerzo por el entonces presidente Nicolas Sarkozy y votada por los profesores Günter Blöbel, Premio Nobel de Medicina 1999, y Christian de Duve, Nobel en 1974. “Hubo un antes y un después en mi vida. Yo era un bicho de laboratorio, vivía recluida, y esto tuvo una difusión internacional enorme. Resultó abrumador. El laburo del científico es estar en el laboratorio día a día en solitario, ensimismado. No estás expuesta a la vida común del resto de la gente.”

Los europeos quedaron impactados por la solidez de los contenidos que les presentó una científica joven de un país de Latinoamérica, superando el nivel de investigadores de los países desarrollados. “No tenemos nada que envidiarles”, advierte con guiños cinco años después, convencida de estar girando sobre una rueda que no reconoce límites. “Salvo las propias limitaciones femeninas, claro, que son otras muy distintas de las que buscamos trascender en la ciencia.” Recalcula en un segundo, dice que “quizá la palabra exacta no es limitación sino el síndrome de las múltiples tareas. Ir al laboratorio, permanecer allí por horas, pero con la cabeza puesta en ese hijo pequeño que está en casa esperándote. Durante mucho tiempo pensé ‘tengo que estar en casa, qué hago acá, qué es lo que estoy dejando’. Sabés que le estás robando tiempo a tu relación de pareja, las horas de docencia en la universidad. Son tantos factores que nos convierten en mujeres full time, trabajando sobre la mesada del laboratorio y al mismo tiempo pensando en lo que se va a comer a la noche o en la tarea escolar que quedó pendiente. Y la culpa, siempre la culpa”.

La culpa que se disipó a medida que su hijo fue creciendo y se convirtió en un adolescente curioso, independiente, entrañable, que indaga en el arte, la música, la actuación, el dibujo. “Y también porque el empuje nunca fue en solitario. Mi marido es un compañero inigualable que me banca, un incondicional. Viajo mucho y él, que también trabaja en el Conicet, se ocupa de la casa. Cuando nos conocimos ya era científica, y siempre me manifestó que es importantísimo lo que hago. No es un hombre que no sepa llevar con placer el éxito de su mujer. Creo que soy lo que soy gracias a un montón de esfuerzo, por supuesto, pero también por su apoyo, porque me da una estabilidad emocional que es importante para poder trabajar, y la seguridad de que está a mi lado.”

A Cristina Fernández siempre le arrancó una sonrisa la impronta de Ana Belén Elgoyhen: esa científica menuda, bonita, de gestos decididos y voz firme, explicándole sus teorías con pasión, siempre moviendo las manos, como ella, formando espirales o circularidades sobre gráficos invisibles de ADN. Le conoce el extenso currículum de doctora en Bioquímica por la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la Universidad de Buenos Aires (UBA), su desempeño en el Instituto de Investigaciones en Ingeniería Genética y Biología Molecular Dr. Héctor N. Torres (Ingebi). El trayecto como investigadora principal del Conicet y la dirección de nueve tesis doctorales concluidas. Cuenta Elgoyhen con 64 publicaciones de jerarquía y, lo que conmueve a la Presidenta, con una calidez humana invaluable en el ambiente científico y académico, donde también es profesora de la tercera cátedra de Farmacología de la Facultad de Medicina de la UBA. “Amo la docencia. Todavía no me había recibido y un día me presenté en la Cátedra de Fisiología, en Odontología de la UBA. Le dije al titular que quería dar el curso de ingreso frente a 50 alumnos. Tenía 23 años y él la sensación de que yo era una atrevida. Pero lo hice, no tuve pánico escénico (risas). La investigación está muy ligada a la docencia, es la mejor forma de mantenerse actualizada permanentemente e incluso en temas que no son tuyos. Te mantiene activa, en contacto con la juventud, viva.”

Fueron precisamente los estudiantes Miguel Verbitsky, Eleonora Katz y Carla Rothlin quienes le pidieron sumarse al proyecto inicial de 1994 en su laboratorio del Ingebi, con el apoyo del fundador y director de la institución, Héctor Torres. “Sin ellos hubiera sido imposible todo lo logrado. Trabajamos en fisiología y genética de la audición tanto a nivel de ciencia básica como aplicada.”

De esas áreas, la investigación básica “nos permite saber cómo funciona el oído y conocer la participación de esos genes que descubrí, codificadores para una molécula que hace que el cerebro mande información al oído y module los sonidos que entran. La comunicación entre esa neurona que baja del cerebro y el oído se produce gracias a la molécula hallada. Esto permite, por ejemplo, detectar sonidos en ambientes ruidosos, filtrar ruidos de fondo y proteger al oído del trauma acústico. Estamos expuestos a sonidos muy intensos en las ciudades, y eso produce un daño por lo general permanente. Vamos perdiendo sensibilidad a ciertas frecuencias. A partir de ese sistema podrían diseñarse drogas que se le unan y protejan al oído del trauma acústico”.

En el otro territorio a explorar, de ciencia aplicada, Elgoyhen estudia la genética “involucrada en las hipoacusias en humanos: uno de cada mil nacidos vivos tiene un problema de audición y esto aumenta con la edad. En el 50 por ciento de los casos las sorderas son de origen genético, y existen unos 150 locus –lugares– dentro del genoma que están asociados; montones de genes que cuando están dañados producen sordera. Desde hace diez años en el laboratorio funciona un grupo trabajando en sordera y sus causas genéticas. Ya tenemos unos mil pacientes derivados de toda la Argentina, a los que les hacemos un diagnóstico genético tratando de encontrar las causas de esas sorderas. El diagnóstico significa una información valiosa que puede guiar o determinar la efectividad de tratamientos”, entre los que se encuentra el implante coclear, “una maravilla para las personas con hipoacusia. Es una revolución en el campo de la ciencia médica”.

De aquellas cuatro cabezas alrededor de la mesada de laboratorio, hoy son diez o doce las voces que discuten nuevos desafíos. “Hay investigadores a la par, y yo cada vez más alejada de la mesada. La extraño, porque ahora, como investigadora formada y con laboratorio propio, te dedicás a ver de dónde sacás el dinero para hacer los experimentos y para que las chicas y los chicos que trabajan con vos puedan completar sus tesis.” ¿A un científico le costarían menos estos esfuerzos? “No creo. Es cierto que en la Argentina, por tradición, la ciencia siempre fue más de hombres que de mujeres. Hoy, y especialmente con este gobierno, se hace un gran esfuerzo para valorizar el trabajo de la mujer en general. Y quizás en niveles de base, en becarios, haya más mujeres que hombres. Pero los cargos ejecutivos siguen ocupados por hombres. En mi carrera, no siento que por ser mujer me haya costado mucho más que si hubiese sido varón. Mis falencias fueron fruto mío: ningún hombre me puso un palo en la rueda.”

No alcanza el tiempo para preguntar a Elgoyhen si como científica cree en un plan de perfección. Está apurada porque integra el jurado que entregará la versión local del Premio L’Oréal. No hay margen para sugerirle que su trabajo tiene algo de metafísica, como una especie de ciencia que contiene todo lo que está más allá de lo percibido por los sentidos. Que estudia todo lo que el ser humano no puede percibir con el cuerpo, y comprender los aspectos sutiles de las emociones y el cerebro. Pero agrega, casi sin proponérselo, como respondiendo a la teoría no pronunciada, que su capacidad de asombro “por suerte nunca se termina”, y que abrió un grupo internacional que estudia el “sonido fantasma”, un enigma también llamado tinnitus o acúfenos. “Es la percepción constante de un zumbido dentro del cerebro sin que haya una fuente sonora externa. Alrededor del 15 o 20 por ciento de la población mundial lo padeció en algún momento y el uno por ciento sufre de zumbidos crónicos. Lo sienten las 24 horas del día, no pueden apagarlo. Y en un ambiente silencioso el zumbido se vuelve terrible. No lo pueden enmascarar. Es como el miembro fantasma. Son personas que escuchan sonidos que no existen, que están en su cerebro. Estamos tratando de encontrarle una cura a la percepción fantasma y entender por qué se genera. Es un enigma interesante.”

La patología-enigma compromete zonas emocionales, por lo general en adultos. “En algunas personas ese zumbido va acompañado de ansiedad o depresiones fuertes. Está vinculado con lo emocional porque se afectan zonas dentro del cerebro, del sistema límbico, que hace que esa persona tenga muchos traumas emocionales. Y si bien la hipoacusia no reconoce géneros, los acúfenos o zumbidos son más comunes en los hombres que en las mujeres.”

Durante el acto del lunes último, Boudou anunció la repatriación de la científica 1000, la socióloga Verónica Perera, que regresó al país en febrero tras catorce años de residencia en Nueva York, para incorporarse al equipo de investigadoras/es y docentes de la Universidad Nacional de Avellaneda (Undav). Perera volvió a la Argentina a partir del Programa Raíces (Red de Argentinos Investigadores y Científicos en el Exterior), que depende del Ministerio de Ciencia, y promueve la repatriación y la vinculación de científicas/os argentinas/os. Elgoyhen celebró ese reconocimiento “porque es la comprobación del apoyo claro que nos da el Gobierno. Marcó un avance. Es el día y la noche comparado con la situación de la ciencia en los noventa: hoy es política de Estado”.

Sin embargo, le gustaría que ocurriera “un empujón más. El Programa garantiza la inserción de investigadores que quieren volver, costea y financia ese regreso que es con un puesto de trabajo, y hace circular su perfil y currículum por todas las bases de datos de centros de investigación, pero los subsidios aún son pequeños. Capaz en el área de las ciencias sociales representan un número justo, pero en las ciencias duras necesitamos lo que en Estados Unidos se llama start-up (puesta en marcha), esto es empezar tu laboratorio independiente, para lo que necesitás buena cantidad de dinero como para seguir adelante. Sólo hablando de reactivos, una enzima no baja de 2000 pesos, y usamos por lo menos diez enzimas. Lo hemos hablado con el ministro Barañao en varias oportunidades, y él quiere mejorar la situación. Se trata de poder empezar en una infraestructura que los contenga”.

Enseguida agita las manos, se entusiasma con que esa construcción de los últimos diez años signifique “estar en la boca de toda la sociedad, ser reconocidos por nuestra labor. Cuando volví, en el ’94, esto era un páramo. Antes, de becaria ganaba el equivalente a cien dólares. Hoy los sueldos son dignos. Hay infraestructura, una apertura científica y tecnológica, y alguien que te escucha. Podrás disentir, pero encontrás personas que entienden la problemática, pares que van a darte una respuesta. El vaso está medio lleno y tendiendo a subir. Es la voluntad, lo digo como concepto fundamental para que la ciencia hoy exista. Sólo recordá esto: en otras épocas querían privatizar el Conicet, que eso, hablando en criollo, equivalía a hacerlo desaparecer”.

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Imagen: Constanza Niscovolos
 
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