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Viernes, 27 de diciembre de 2013

ARTES > SOFIA VIOLA

Cantante de altura

Se trata de una de las músicas más originales de la escena actual. Fresca, personal y talentosa, este año presentó su tercer disco, Júbilo, una joyita que deslumbró a cuanta oreja lo ha escuchado.

 Por Guadalupe Treibel

Si de causas y razones se trata, los motivos están a la orden del día: toque ineludible en la última edición del Festival Internacional Folklore Buenos Aires (Fifba) compartiendo escenario con figurones del ámbito, más y mejor repercusión en medios, muchísimo boca a boca, nominación como revelación en suplementos especializados, la Rolling Stone dándole el mote de “sorpresa de la temporada”... Lo fundamental, sin embargo, está en los papeles (o parlantes, ciñendo las letras): en la última mitad de 2013, la cantante y compositora Sofía Viola entregó una joyita llamada Júbilo y materializó gozosa dicha en un manojo de once tracks donde no necesita más que tararear para justificar por qué, con 24 años, es la artista de la que todos hablan. O que todos conocen (o dicen conocer).

Después de la voz están las letras: perspicaces relatos donde la juglar criada en Remedios de Escalada oscila entre la crónica urbana y la zambullida natural más honda. “Soy un animalito más en este mundo y me tocó crecer en la ciudad; más tarde me encontré con la Pachamama, los ecologistas y una cantidad enorme de sabios. Al final, soy de las dos cosas, aunque me encuentre más a gusto con la naturaleza”, explica a Las12 la hija del reconocido trompetista Pollo Viola y una anticuaria/bailarina de salsa, sobrina –además– del fundador del Parakultural.

Con dos discos previos en su haber (Parmi, de 2009, y Munanakunanchej, de 2010), Júbilo es el tercer trabajo discográfico independiente de la joven Sofía, dueña ella de la ductilidad mejor aplicada: folclore andino, cumbia colombiana, chanson francesa, tango, canción rioplatense, todo convive armónicamente y viste con cintura cada tema. ¿Cómo elige cada traje? “Según la influencia de cada momento y los recuerdos sonoros de la vida. En casa siempre se escuchó música latina y, por mi lado, fui recolectando rock, folclore y demases en la carretera”, ofrece en primera persona quien con 11 añitos hizo su debut televisivo como “La supuesta hija de Perón” en el programa Medios Locos, de Adolfo Castelo, Gillespie y Mex Urtizberea.

Con todo, a pesar de los años, los discos, las canciones, Viola sigue recibiendo la etiqueta de “revelación” por los variopintos oídos periodísticos que la continúan descubriendo. Esa –la marca del eterno hallazgo–, ¿le hincha? “Lo que me hincha es comer pan”, bromea, y agrega que “es lindo ser el nuevo, así hay más tiempo hasta que se agoten y se olviden de una”. La humildad ante todo, aunque nobleza obliga: lo suyo es bastante memorable... Como lo habrá sido el incansable proceso de selección de entre más de 90 canciones que, con la ayuda/producción/arreglos/mezcla de su amigo Ezequiel Borra (alguien que, según ella, “lo hizo todo más grande”), devino en las once ya mencionadas, con bellezas como “Sin marearme” o “¡Vamos!” entre sus filas, y un clásico de siempre: el lamento dulce “Me han robado el mar”.

Por lo demás: ahora viaja por Colombia (“de paseo, de estudio, de gira quizás”) y esboza sus próximos versos; cuando está en Capital, se mueve en bicicleta; se admite “antisocial antitabaquista” y le alegra “respirar lo puro”; toma lecciones de canto con Liana Lecuona (“lo más lindo con lo que se encontró mi voz”), sigue empaquetando sus propios disquitos, quiere que sus canciones sigan su curso (“y yo las siga cantando”), se contenta por el gesto de que Júbilo florezca, reconoce que aún hoy los estados de fiebre musicales le levantan temperatura (Daniel Melingo y el vallenato de la Sierra Nevada de Colombia por estos días). ¿Algo más? ¡Ah, sí! La fama de buena cocinera...

“Me encanta cocinar. Lo que más me gusta es el ceviche, como me enseñó mi abuela. Aunque lo modifiqué. ¿Te cuento los pasos? Cortar bien pequeñito siete tomates, dos cebollas, unos ajos, cilantro, medio kilo de corvina, ají morrón de todos los colores, un trocito de jengibre, un ají puta parió o locoto diminuto y exprimir unos cuantos limones para cocer el pescado. Un poco de sal, pimienta y páprika, y dejar que el pescadito se ponga bien blanco. Un rato en la heladera (tapado), y luego ¡comerlo todo! Se me hace agua la boca...”, tienta la joven Viola, que se admite “una mutante”, y adelanta próximos pasos: “Quiero que mi próximo disco sea de parranda, ¡que la gente baile más!”. A saber: la mera idea ya hace que movamos los piecitos...

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