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Viernes, 27 de diciembre de 2013

ACTIVISMOS > GABRIELA LUCHETTI

La revolución silenciosa

En el hospital de referencia de la Patagonia, trabajó con desvelo para cubrir las necesidades insatisfechas de acceso a la anticoncepción y creó un servicio que es símbolo del derecho al aborto, digno de un Nobel alternativo cuya estatuilla podría ser violeta –¿o verde?–.

 Por María Mansilla

Lois Davies plantó los cubiertos, interrumpió la cena y dijo: “Un muchacho buen mozo va a venir a darle clases a Silvia, a ver si levanta las once materias que se llevó a marzo”. El buen mozo era porteño, 23 años, geólogo, llegado a Esquel a investigar la cadena Nahuelpan. Lo habían conocido en uno de esos asados bien de pueblo donde se mezclan tenderos, milicos, dentistas, trabajadores golondrinas. El profe por accidente se casó con la hermana de su alumna cuatro años después del amor a primera vista. Tuvieron un varón y tres mujeres, entre ellas, Gabriela. Gabriela creció y se quedó en esa tierra, cerca del recuerdo de los veranos libertarios con los primos. Se quedó con la curiosidad científica. Con la riqueza de la mezcla. Con el espíritu laico de las sobremesas. Con la tranquilidad de un lugar chico con gente siempre dispuesta y el vértigo de saberse ahí nomás de la ruta 40, a partir de la cual todo es posible con sólo subir a un micro. O hacer dedo.

Estudió medicina en La Plata y a los 27, ya ginecóloga, se instaló en Neuquén. Desde entonces se despierta apenas sale el sol. Para leer. Cama, mate amargo, anteojos, papers. Leer es su cuarto propio. La ayuda a saber más por las dudas, para hacer lo mejor justo a tiempo.

Hasta hace un año fue jefa de Ginecología del Hospital Castro Rendón, el más complejo de la Patagonia. Antes de que el Ministerio de Salud lanzara el Protocolo de Atención Post Aborto, su servicio ya brindaba asistencia de calidad a las mujeres que terminaban internadas por la interrupción de un embarazo de manera clandestina. ¿Cómo logró apoyo político para institucionalizarlo? ¿A base de influencias, medialunas o cartas documento? “Era uno de nuestros problemas principales, entonces planteé que había que hacer algo urgente para mejorar la atención.” Logró quebrar el techo de cristal sin alzar la voz, con experticia. Abrió cabezas sin ser neurocirujana, y no sólo a las mujeres que llegaban a su box. Estuvo a la hora exacta –a las 5.30, leyendo lo último– y en el lugar indicado: el hospital. Fue instructora de generaciones de médicos residentes que hoy son directores de centros de salud, funcionarios, aliados. Y es docente de Ginecología y obstetricia en la universidad estatal. Y así fue surgiendo TeA: Te Acompañamos, entre el Castro Rendón y el servicio Socorro Rosa de Las Revueltas.

“Si juntás respeto intelectual y sos buena persona, funciona”, dice con la misma confianza con la que en los ‘90 hablaba de sexo adolescente en el programa Secretos, de FM El Sol. La conductora era Laura, su vecina del Barrio Jardines del Rey. Después se volvían juntas. Laura todavía se afloja si recuerda cómo lloraba su amiga médica cuando veía morir a una paciente.

Firma sus mails así: L.G.M.L.D.N. (“La Ginecóloga Más Linda de Neuquén”). Es de esas gringas galesas típicamente argentinas. Estrena carnet de jubilada y sabe que habrá energía para rato. Su mamá tiene 83 y Lois, su abuela, murió hace poco, a los 101 años.

Cuando piensa en el consultorio... ¿melancolía? ¡En absoluto! Además de recuperar la siesta, ganó una Beca Carrillo y la espera una investigación relacionada al DIU. Sigue desvelada por las necesidades insatisfechas de acceso a la anticoncepción. Como repite en los debates que pueden verse en YouTube: “Lo ideal sería que cada mujer en este mundo quedara embarazada deseándolo”. Para ella, ser madre es “algo trabajoso. Tengo tres varones. Recién ahora, que los veo macanudos, buena gente, se me está yendo la culpa. ¡Después de tanto quilombo!”, dice.

Sus hijos estudian en Buenos Aires. Cuando los visita les prepara sorrentinos, como cuando volvía rota después de trabajar 24 horas y los tres se le tiraban encima. “¡Soy Heidi, boluda!”, grita. Y aclara: no pidió delivery jamás, pero tener lavaplatos no le dio remordimientos. Las pastas, el pollo, los dulces y compañía eran su probation; cambiar de delantal era una forma de demostrar(se) que era una tipa común además de una profesional amigable, una científica excelente.

Para hacer carrera se las arregló gracias a Yoli, la señora que ayudaba en su casa. Enrique, su pareja desde hace 30 años, doctor en Historia, aportó a la crianza en la etapa de las tareas. Buen gesto para “un porteño malcriado al que su mamá es capaz de mandarle por correo una pared si él necesita un cuadro”. Porque Gaby también se enamoró de un buen mozo, universitario, porteño.

Parece llegada de un lejano rincón, de otra galaxia. Y el amor que dio siempre le vuelve, transformado, a darle las gracias. Gabriela Luchetti pensó misión cumplida, captaron el mensaje (“loco, soy incondicional. Recordarlo”) cuando uno de sus hijos le contó que había salido del clóset. También cuando el otro día un alumno le pidió que le entregara el diploma, y en el momento cumbre sacó del bolsillo un pañuelo verde y lo transformó en bandera. Aplausos del auditorio.

Sus hijos macanudos reconocen que el regalo pendiente es el reconocimiento familiar. Creen que les falta decirle “vieja, nos copa que te deslomes por una pasión”. Ahora entienden: ¡fue criada para ser una señora de su casa! Le encuentran sentido hasta al viejo ritual de los miércoles: después de hacer la tarea pasaban a saludarla –ufa, siempre en el hospital– y se iban con su padre a comer una pizza.

En una clase de periodismo dirían que a este perfil le falta algo: sangre, obstáculos, huevazos, vacío social. Pero dice que no. Que nada de eso pasó. Al contrario. Que lo que le costó fue salir adelante en una profesión de varones. Por lo demás, ella desde siempre dice abor-to, es frontal y coherente. Y no cosecha más que apoyo.

Sabe que cada vez hay más réplicas de mini TeA. “Las Socorristas en Red lo cuentan todo en su blog”, avisa.

Y todavía hay algo que le falta responder. Se lo pregunta cada vez que se levanta: “¿Por qué el mate de la mañana es tan rico?”.

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