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Viernes, 29 de agosto de 2014

CULTURA

Corazón salvaje

Mientras interpreta a una novia sacada –vestida como tal y manchada de sangre– en el éxito más rotundo del cine local de los últimos tiempos, Relatos salvajes, de Damián Szifron, Erica Rivas protagoniza en teatro bajo la dirección de Augusto Fernándes Ojo por ojo, una adaptación de Acreedores, de J. A. Strindberg, y se prepara para hacer en el verano, junto a Ricardo Darín, Escenas de la vida conyugal. Tanta reflexión en torno de la institución del matrimonio le sirve para poner en cuestión esta y otras delicias de la vida de las mujeres con una lúcida mirada de género. Aquí la voz de una actriz que merece de sobra el buen momento que está pasando.

 Por Guadalupe Treibel

Camaleónico, el descollante presente de Erica Rivas se manifiesta de variopintas maneras, y todas dejan en evidencia cómo esta actriz de formación y vocación se entrega de oficio con generosidad y sin restricciones. Lo hace en carácter de novia a punto de explosionar (que, por supuesto, explosiona) en el segmento final de Relatos salvajes, la película de Damián Szifron que, tras su paso por el Festival de Cannes, continúa sumando entusiasmos de críticos y espectadores. Lo hace en Ojo por ojo, la adaptación de Acreedores, del genial August Strindberg, que, además de evidenciar el aspecto simbiótico de algunas parejas, criticar la institución matrimonial y cuestionar el rol de mujeres y varones, significa el auspicioso regreso de Augusto Fernándes a la puesta teatral. Ni qué hablar de las constantes repeticiones de Casados con hijos, donde su María Elena Fuseneco es motivo más que suficiente para deleitarse con la serie que la coronó como cómica de relieve, auténtica sacachispas del formato sitcom y hacedora de personajes para el recuerdo, lejos de los facilismos o las demagogias. A punto de estrenar otro film (El cerrajero, de Natalia Smirnoff) y adentrarse en las entrañas de Bergman, Erica repasa su momento actual como sabe: sin reservas, con sentido de humor y de realidad, y una mirada de género afiladísima, en auténtica sintonía con el mundo que la rodea.

Inspirada en Acreedores, de J. A. Strindberg, Ojo por ojo es la obra que devuelve a Augusto Fernándes a la dirección teatral después de casi dos décadas de ausencia. ¿Cómo arrancó el proyecto?

–Augusto estaba muy metido con el cine, tratando de sacar a la luz una película en la que viene trabajando hace rato. Además, tuvo dos intentos de puestas anteriores –El zoo de cristal y una obra escrita por él donde iba a actuar su hija–, pero ninguno quedó. Hace poco más de dos años nos empezamos a juntar para pensar qué pieza podíamos hacer juntos, qué material nos entusiasmaba por igual. Yo tenía ganas de Lorca; pensé incluso en una favorita personal, La zapatera prodigiosa, porque –aunque todas sus tragedias me encantan– me atraía la posibilidad de algo cómico y poético. Pero Augusto me decía que no, que hay que hablar en andaluz para hacerla; de modo que ese proyecto me lo guardé en el bolsillo. Después él propuso Doña Rosita la soltera. Pero, en el camino, terminamos con Strindberg. Bastante... distinto (risas).

¿Cómo se trabajó la adaptación de este genial autor y de esta historia acerca de un exmarido que mina la confianza del marido actual de su exmujer en un ascendente de manipulación que busca consumar la venganza?

–La original duraba muchas horas y, al ser una de las primeras piezas de cámara, era conversación, conversación y conversación. Un comedero de bocho, con mucho papo hablado. Entonces, Fernándes incorporó resortes para hacerla más dinámica, condimentos atractivos a nivel dramático. Además, incluyó textos de otras obras de Strindberg, de quien es un verdadero apasionado. Su adaptación es muy hermosa.

Por cierto, no es la primera vez que encaran juntos un Strindberg...

–No, no. Ya habíamos hecho El Relámpago.

Y en lo personal, ¿qué te interesó de esta versión de Acreedores, una obra tan cuestionadora de los vínculos simbióticos, la manipulación en la pareja, el matrimonio..?

–La pieza tiene un valor que, a mi entender, es propio de la obra de los grandes dramaturgos: más allá de su valor literario y del momento íntimo de la lectura, adquiere otra relevancia y dimensión sobre el escenario. Es ahí donde terminás de comprender la grandeza de un autor de esta calaña. Eso me sorprendió muchísimo porque, aunque me gusta su trabajo, también le peleo algunas cosas...

¿Le discutís su –harto conocido– desprecio, paranoia y, por qué no decirlo, franca misoginia hacia la figura femenina?

–Sí, eso me exaspera un poco. Lo que me causa gracia es que él se ponga en el lugar de víctima cuando, en realidad, es Gustavo, Tecla y Adolfo, todos sus personajes. De todas formas, mi cuestionamiento más grande con el texto era que Tecla no dijese lo que le pasaba interiormente. ¿Por qué no explica la historia desde su punto de vista? ¿Cómo contaría ella, una mujer, la misma historia? No hay un solo instante en toda la obra donde exista ese momento. Siempre la explicación es de los varones, y eso es tomado como lo real, algo muy injusto y que lamentablemente ocurre todo el tiempo.

¿Intentaste reconstruir su punto de vista al momento de encarar el personaje?

–Al tener un proceso tan largo de ensayos (seis meses) pude ir trabajando ciertos aspectos suyos, escribiendo cosas que, aunque no aparecieran, me fueron de utilidad. Y te digo: la historia que yo me cuento no es ni la que cuenta Strindberg, ni sus personajes, ni Augusto. Es la que yo me conté de este personaje, también a partir de mi propia historia, y en eso sí llevo a todas las minas encima. Porque sólo nosotras podemos saber cómo nos sentimos.

Qué intriga esas anotaciones. ¿Futuro monólogo con la verdad de Tecla, quizá?

–(Risas.) Sería hermoso... Aparte, Tecla es autora y, en la historia, tiene dos libros. Libros que me encantaría leer. Por supuesto, después se arrepiente de haberlos escrito. O dice que se arrepiente...

De todas formas, la antipatía de Strindberg excede el género. No por nada suele tildárselo de misántropo, además de misógino...

–Es cierto que tanto sus mujeres como sus hombres son imposibles de defender. Pero, en este caso en particular, siendo la obra con dos personajes masculinos y sólo uno femenino, me resultó difícil no extenderlo al género. Desde el comienzo sentí que llevaba conmigo a todas las mujeres, que tenía que tratar de defendernos y que era una tarea imposible. Finalmente entendí que estaba interpretando a una turra en particular que fue imaginada por un tipo que, en general, nos ve como turras. A pesar de que se me hizo bastante difícil, el ejercicio me expandió, me ayudó a pensar muchas cosas. Por ejemplo, que detrás de todo gran misógino también hay un amor hacia la mujer. Un amor imposible de abarcar desde esa manera tan masculina, incomprensible, incapaz de conmover, pero amor al fin. Ay, ¡no sabés las veces por las que me he trenzado con este hombre! A muchas actrices de Bergman les habrá pasado lo mismo...

Casualmente, en breve te sumarás a Escenas de la vida conyugal en reemplazo de Valeria Bertuccelli. Otra pieza sueca, en esta ocasión de –oh casualidad– Ingmar Bergman, expreso fanático de Strindberg. A punto tal de haber declarado: “Lo he amado, lo he odiado y he lanzado sus libros contra la pared. Lo único que no he podido hacer nunca es deshacerme de él”.

–Precisamente Ricardo (Darín) me preguntaba si iba a poder con todo, y yo: “Claro ¡si justo son Bergman y Strindberg!”. Es como un curso acelerado. Aparte, Bergman –loco, loquísimo– creía ser su reencarnación. Hay un reportaje en sueco con traducción al alemán donde, al parecer, contaba que había vivido en una de las casas de Strindberg sin saberlo. De todas formas, me parece importante aclarar que esta versión de Escenas... es un Bergman en clave de comedia. Debe estar removiéndose un poco en la tumba (risas). ¡No sé cuán contento estará con la idea!

En ambas obras se cuestiona críticamente el matrimonio, sobre el que vos misma te has expresado negativamente. Erica, ¿acaso estás intentando dinamitar la institución del casorio?

–¡Totalmente! Y con dinamita poderosa... (Risas.) El matrimonio es una institución del siglo XIX que le ha hecho muchísimo daño a la humanidad. Y aunque lo que digo no es novedad, realmente lo siento. Además de entenderla como algo completamente obsoleto, pienso que fue un espacio que retrasó inmensamente a las mujeres, y todavía lo hace, en tanto es considerado el lugar de amparo para aquel que desea tener hijos. Por supuesto que es bárbaro poder compartir la experiencia de tener un hijo o una hija con el hombre o la pareja evolucionada, pero eso no requiere del matrimonio. En todo caso, es una elección personal asociada a lo íntimo. Por eso también me interesó el tema del casamiento con fiesta superconvencional de Relatos salvajes. De todas formas, siempre dije que nunca me iba a casar... ¡y no paro de hacerlo! Después de que pase este momento, voy a tener a sentarme a pensar qué significan estas casualidades (risas).

¿Es cierto que la propuesta de Damián Szifron llegó en un momento salvador? ¿Siete minutos después de que se cayera una propuesta laboral?

–Sí, y durante esos siete minutos se me paralizó la mitad del cuerpo de la angustia que sentía y sólo pensaba: “¿Para qué tanto esfuerzo?”. Fue un baldazo de agua fría. Pero, entonces, sonó el teléfono y era Damián. Me atravesó una felicidad... Salí del estupor.

¿Y por qué tanta zozobra? El caído, ¿era un proyecto prometedor?

–Pasa que me vienen ofreciendo hacer televisión hace un montón y, aunque tengo ganas, me cuesta muchísimo encontrar algo que esté en sintonía con lo que quiero decir en este momento. Y el tiempo pasa, y empiezo a pensar que se van a olvidar de mí, que después de tantos “no” no me van a seguir llamando. Bueno, 23 pares lo hice sin dudar, no necesité leer nada. Porque, para mí, hacer televisión es un compromiso enorme; no puedo olvidarme de que soy comunicadora ni quedarme únicamente con el rol que me ofrecen. Me resulta imposible pensar: “Ay, me ofrecieron una parapléjica y pienso que la puedo hacer genial” sin preguntarme cuál es el contexto, cuál es el tenor del personaje, qué se quiere decir con eso. Aunque, ojo, a veces en la tele se dicen cosas contrarias de las que una piensa, y eso puede ser interesantísimo.

Como tu María Elena Fuseneco en Casados con hijos...

–¡Claro! Cuando me embarqué, no sabía qué podía ocurrir pero, luego, hablando con los autores, me relajó saber que estábamos en sintonía. Confié además en otros factores: en la versión original que me encantaba, en la historia personal de quien había interpretado mi personaje (Amanda Bearse, una de las primeras actrices en salir del closet, que luego se involucró autoralmente en su rol), entre otros temas. Y ahí sigue, retransmitiéndose, ¡otra bomba antimatrimonial!

En una entrevista decías que, al principio, temías que Guillermo Francella te pusiera en tanga...

–(Risas.) Pensé que iba a ser Mónica Guido... ¡Con muchísima suerte! La tanga no me queda tan bien como a ella. Igual, estoy siendo injusta, pobre Guillermo. Siendo parte del equipo de casting, él fue uno de los que me eligieron. Igual, dudo de que le moleste lo que digo porque, en el fondo, seguro que sí me quería ver entangada.

En otra nota mencionabas que rechazaste muchas propuestas que te acercaron desde entonces porque el cuento de “hombre mayor que sale con piba veinte años más joven” era una constante.

–Sí, y lo peor es que me intentaban convencer diciendo: “¿De qué te preocupás? Si vos estás divina”, como si ése fuera el problema. Yo no compito, y por supuesto que no tengo nada personal con las chicas, que son bárbaras. Pero, ¿qué quiere decir eso? Es peligroso, y no es real. ¿Acaso ningún hombre se enamora de minas de su edad? ¿Qué pasa? Me parece cruel seguir perpetuando ese mensaje, al igual que el mensaje de juventud eterna. Porque los mismos que te dicen que “estás divina” después elogian las extensiones y el botox, no el rostro vivido y marcado por la experiencia, que es algo tan hermoso. Ojo, tampoco critico a quienes se operan, porque imagino que la decisión de someterse al dolor y las agujas esconde una gran tristeza y una gran inseguridad. Yo apunto a los ojos que miran y juzgan. Creo que tendríamos que estar más abiertos a otro tipo de belleza, más natural, porque después es la imagen que las mujeres nos devolvemos a nosotras mismas. Creo también que deberíamos empezar diciéndonos lo lindas que somos, lo bien que nos quedan las arruguitas, lo espléndido de los cuerpos normales. Porque son preciosas las chicas, pero también sufren. Fijate que tengo una hija de 13 años, la belleza más grande del mundo, y está preocupada por tener pancita. 13 años y, una vez al mes, me dice que quiere hacer dieta. Porque recibe la imagen horrible con la que bombardea la sociedad, y está insegura. Porque siempre es: tetas hasta el cuello, culo parado, gesto chupapija. Porque no existen otras imágenes como la ternura, la dulzura. Y las mujeres, ¿tenemos tantas ganas de chupar pija? Sinceramente yo no conozco a ninguna mujer así. La imagen, siempre al servicio de lo que los hombres desean. O de lo que se supone que deben desear. Nunca al servicio de las mujeres.

¿Creés que, en parte, ese sentimiento de cofradía con el género femenino sea el que te haga privilegiar –como has declarado– películas dirigidas por mujeres?

–Mi novio siempre me dice: “Porque es mujer decís que sí enseguida”. Y, en cierto punto, tiene razón. Porque soy consciente de las dificultades para hacer carrera en el medio siendo mina. Lo vivo así, lo siento así. Entonces, que una mujer me acerque un guión o dirija es una emoción inmensa. Mirá, hace poco estuve en Nueva York y fui de paseo al Met, al Guggenheim, al MoMA. ¿Sabés cuántas obras de autoras femeninas vi en el MoMA? Una de Frida Kahlo, otra de Leonora Carrington, y pará de contar. Entonces, si bien estamos en un momento distinto, hay que mirar la historia. ¿Cuántas mujeres llegaron? ¿Cuántos documentos escritos por mujeres existen? No tenemos registro gráfico ni literario propio; siempre estamos atravesadas por la mirada del varón porque era el que sabía escribir. Y hablamos de hace no tanto, de la época de Tecla. Entonces, no sabemos cómo fue la historia de las mujeres, sólo la podemos percibir, intuir. Tenemos los refritos del boca en boca. Entonces, sí, me llega el guión de una chica, y me acuerdo de todo esto. Y recordando, le pregunto sobre su familia, indago en su ascendencia femenina, y lo que la mayoría me responde tiene que ver con la historia que quiere contar.

¿Historias de mujeres fuertes?

–Bueno, en general, todas las mujeres somos fuertes. Cualquier vida da cuenta de ello, incluso la mía. Mi abuela, maestra docente primaria; mi otra abuela, que llegó hasta segundo grado. No sé exactamente de dónde viene mi veta artística, pero sospecho que en algún lugar de su recóndito deseo estaban las ganas de mis abuelas de interpretar algo. Pero, ¿cómo iban a fantasear entonces con salir de sus casas? En especial siendo muy pobres, familias de inmigrantes en las dos ramas. Hace poquito nos enteramos de que tenemos sangre guaraní, de mi tatarabuela –que era la querida de un coronel entrerriano, su criada–. Cuando la mujer española del tipo muere, él le da el apellido a todos los hijos que tuvo con sus empleadas. Por suerte, hablando con mi abuela, pudimos ir reconstruyendo parte de la historia, tergiversada por el tiempo y porque le daba vergüenza.

Hablando de directoras mujeres, el 11 de septiembre estrena El cerrajero, film de Natalia Smirnoff (Rompecabezas), que protagonizás junto a Esteban Lamothe. Tras haberse presentado en el Festival Sundance, la película –que navega amablemente las aguas del realismo mágico– ya ha recibido buenísimas devoluciones de medios como Vanity Fair, Indiewire, Hollywood Reporter. Respecto de lo argumentativo, llama felizmente la atención el tratamiento que se le da al aborto, tema que se aborda sin tono condenatorio...

–Me encantó participar de El cerrajero. En especial, por su punto de vista tan generoso, que intenta entender –desde la mirada femenina– qué le pasa a un hombre frente a un determinado momento como el de la paternidad, qué siente respecto de algo que no le pasa por el cuerpo y que nosotras, como mujeres, estamos tan acostumbradas a pensar, conversar, sentir.

Según he leído, estás armando un próximo proyecto en sociedad con Smirnoff ¿Es así?

–Sí, empezamos a pergeñar un nuevo monstruo que se llamará La desconocida, y es una exploración acerca de la felicidad. Queríamos hablar de una mujer que se muda a Maschwitz y vive extasiada con la naturaleza, rodeada de una belleza que la ralentiza y, a la vez, la hace más sensible. Le va muy bien, pero ¿después qué pasa? Tiene muchas aristas interesantes. Porque en sitios donde la naturaleza está tan presente, la sensibilidad se te expande; estás cerca de lo que muere y vuelve a vivir, de los ciclos, de la noche implacable y el día implacable. En la ciudad, en cambio, las personas están como los pollos: constantemente iluminados, sin darse cuenta del paso de estación. Con Nati arrancamos escribiendo juntas pero, después de Cannes, no pude retomar; por suerte ella continúa, continuamos.

¿Solés escribir?

–Soy de escribir, no así de mostrar.

¿Podemos ilusionarnos con alguna pieza futura de tu autoría?

–A decir verdad, no escribo en formato teatral; me salen cuentos, cosas cortas. No intenté nada dramático, salvo esto con Nati que tiene una estructura de peli. Más que nada, es mi manera de manifestar el amor por la palabra. Además me parece una buena combinación, porque la actriz está muy expuesta, es puro cuerpo, y escribir me permite estar metida, en patas, sintiendo mucha paz, jugando con la vibración y la música de las palabras.

Si no es una obra, ¿podemos pensar en un libro de cuentos?

–De hacerlo lo publicaría con pseudónimo. Igual, yo te aviso y, de no gustarte, te paso el correo del pseudónimo, así le escribís (risas).

Hablando de cuentos cortos, volvamos a Relatos salvajes, un exitazo que no para de romper records en público y sumar elogios de la crítica. Tu personaje, una novia despechada, se pasea buena parte del corto en un vestido de novia ensangrentado. ¿Alguna referencia a la Lucia Di Lammermoor, de Donizetti?

–Ay, qué hermosa ópera, bella Lucía. La verdad que no había pensado la asociación, pero tenés razón. En realidad, lo que hice con Relatos... fue ponerme a disposición de Damián. Aunque siempre trabajo con inspiraciones personales, esta vez decidí ahorrarme el esfuerzo porque él prefiere la hoja en blanco. Hasta tenía pautadas entrevistas con chicas judías que estaban por casarse (me encanta la parte de investigación), pero finalmente preferí correr para el lado que él quería y evitarnos las discusiones.

Tu personaje, una flamante esposa en su fiesta de bodas, se entera de que el maridito le ha sido infiel y arma tremenda batahola. ¿No hay cierto placer en representar una venganza?

–Sí. Igual, respecto de los celos, no me sentí muy acorde.

Bueno, acorde a Shakespeare los celos son el monstruo de ojos verdes que se burla del pan que lo alimenta. O, en tu caso, el monstruo color blanco merengue...

–Pero Shakespeare también era un hombre... Aunque no hice un estudio de campo sobre el tema, no estoy convencida de que la mujer viva esa situación de esa manera. Creo que la venganza y el resentimiento tienen que ver con la mirada masculina. Yo no sé si una mujer se vengaría de esa forma por eso. De todas formas, me encantó la historia y esa cualidad que tiene de reencontrarse después del momento salvaje, habiendo dado una vuelta. Cuando leí el guión de la película sentí un respiro, pensé “¡Qué suerte que alguien hable de esto!”. Algo tan vinculado con la actualidad. El mismo título ya es un reconocimiento del momento. Porque siempre está el interrogante de cómo hace la gente para resistir, para aguantar, para no estallar. Desde lo más chiquito, ¿eh? Como hacer una cola por las dudas, sin saber exactamente con qué finalidad. Y ni hablar si sos mina... Alguien te pisa en la calle ¡y es una la que pide disculpas!

Dirigida por Augusto Fernándes, actuada por Erica Rivas, Darío Dukah y Federico Luppi, Ojo por Ojo estrena hoy viernes 29/8 a las 21 hs. en el teatro Margarita Xirgu, Chacabuco 875. Funciones: viernes 21 hs., sábado 21 hs. y domingos 20 hs. Entradas desde $ 170 por Plateanet o en boletería.

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Imagen: vale fiorini
 
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