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Viernes, 29 de agosto de 2014

RESCATES

Luciérnaga curiosa

Berthe Morisot
1841-1895

 Por Marisa Avigliano

David Markson (el inspirado coleccionista de datos en Esto no es una novela) cuenta que Berthe era bisnieta de Fragonard (el pintor del rococó francés) y que se casó con el hermano menor de Manet. Lazos de familia con estirpe masculina para explicar la pasión de una mujer que no reniega de genealogías pero que se explica muy bien sola, basta con ver algunos de sus cuadros. Todavía se escucha –sobre todo en algunas historias del arte en las que Berthe Morisot no aparece– el eco vetusto de las risas de un siglo que se burlaba del arte femenino. Sin embargo cuando el mil ochocientos se desvanecía, una revolución visual encendió los lienzos que, a manera de prólogo, ya habían iluminado los impresionistas. Aquella función de luciérnagas fue durante la primavera de 1874, cuando en el estudio fotográfico de Nadar dos mujeres: Berthe Morisot y Mary Cassatt (discípula devota de los grabados japoneses ukiyo-e) expusieron sus pinturas junto a las de Monet, Degas, Cézanne y Renoir.

Berthe la francesa, nacida un 14 de enero en Bourges, la hija de cuna de oro que profesionalizó su arte (antes de cumplir los veinte años y amparada en la venia de sus padres estudió con Corot y Daubigny), pintó el silencio de su clase a partir del difuso intimismo familiar (retrataba a su hermana –que también pintaba– y a todos los parientes que se acercaran al salón). Bienestar económico y calma al servicio de sus pinceladas. Un sillón cómodo, un ancho espejo de pie, un abanico a medio abrir, una mandolina o un cepillo de pelo alcanzaron para completar la nomenclatura burguesa del aislamiento cotidiano. Pero esa sutil ingravidez con prendedor de elegancia perpetua despuntó encierros y enredos psicológicos. Resistencia de afonías en mujeres retratadas sin rostro definido, bordes imprecisos para una geometría de aliento. Una ciénaga perfumada, de otra laya pero ciénaga al fin. En la penumbra de una tradición, las pinturas de Berthe atrapan el resplandor fugaz de la luz sin hacer de la luz lo que la luz no es. En El puerto de Lorient –uno de sus cuadros más conocidos– el paisaje no está subordinado a la silueta femenina, ambos comparten con la misma fluidez el prisma de algún detalle. Dos celestes azules –agua y cielo– disputan protagonismo. Gana el agua que serena y sin movimiento alguno refleja los ánimos de un cielo cambiante; a un costado, sentada sobre la escollera, una mujer joven apenas despeja la lentitud de las palabras que no dijo recluida en dudosas líneas que la dibujan y estigmatizan. Lleva sombrilla y preocupaciones sordas.

Berthe murió el 2 de marzo de 1895 en París, tras una neumonía. Hoy, cuando terminó el siglo que le seguía al XIX y vino otro, las mujeres siguen pintando y exponiendo –Lee Krasner sobrellevando a Pollock apenas es un ejemplo–, pero sus obras aún se cotizan hasta diez veces menos que las de los hombres (en perdidas ocasiones Goncharova y Bourgeois consiguen algunos podios y Frida Kahlo gana si su contrincante es Diego Rivera). Cuando la londinense Christie’s vendió un cuadro de Berthe por 11 millones de dólares (todo un record), un rato antes había entregado un Monet por casi 72. Berthe Morisot, la pintora de puertas adentro, provoca respuestas lúcidas –centelleantes– a preguntas impresionistas, mientras su aureola, igual que el humo en Capri, sube la ladera empinada y la cruza con destino de anticipación.

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