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Viernes, 19 de septiembre de 2014

La polisemia de mina

NOTA DE TAPA La directora y dramaturga teatral Mariela Asensio vuelve a la carga con Vivan las feas, pieza esencial y abiertamente feminista, que –con humor y lengua punzante– continúa evidenciando las dificultades de las mujeres para sobrevivir con espíritu independiente en la sociedad contemporánea. Minas de 70, de 40 o de 20 hacen detonar sus condenas cotidianas tomando los riesgos que propone Asensio, que también está en escena y, como siempre, a punto de explotar.

 Por Guadalupe Treibel

Una mujer de setenti admite la relación simbiótica con la multiprocesadora y, entre jugos Philips Juicer, promete revancha Kill Bill: agarrar los electrodomésticos y prenderlos fuego a todos, revolear la freidora repleta de aceite caliente por el aire y salpicar. Dice: “Quiero ir más allá de la breve liberación que supone pedir comida en un delivery y que todos sientan en el propio cuerpo un poco de mi padecimiento diario. Eso quiero, chiquita. Tengo sed de venganza”. Una piba de veintipocos ligera de pilchas, habituée de la insalubre costumbre de compartir selfies, adquiere de pronto tono politizado; raudamente se arrepiente, le agarra cuiqui, paranoia, terror; dice: “Hagan click en editar comentario y pongan que opino que todo es hermoso, que todo está bien. No quiero ser una mujer marginada por tener una idea propia. Prefiero estandarizarme pero ocupar un lugar, ¿puede ser?”. La de treinta se indigna; ella misma carga sus propias contradicciones: “Pasaron los años y ahora me vengo a dar cuenta de que ejercité mis neuronas y dejé caer mi culo de una manera exagerada”. En paralelo, una barra con chica-coctelera, daiquiris y jugos frutales, y la directora teatral sobre una bicicleta fija, pedaleando a altísima velocidad, sin parar.

Hete aquí Vivan las feas, obra que –incluso– se toma el tiempo para explicarle a un Ricardo Arjona maniatado que feminismo y machismo no son la misma cosa, al vivo grito de: “Deberías saberlo, Ricardo, llegando vos con tu arte a cientos de hogares de mujeres diversas a las que ponés en riesgo con tus mensajes subliminales. Tus mensajes demoníacos, Ricardo. Si el casete no se hubiera extinguido, tus cintas al escucharse al revés dirían: ‘Te odio, mujer’”. Justicia poética, justicia reivindicatoria y humor filoso puestos al servicio de la causa: hacer patente que ser mujer –a cualquier edad, en cualquier contexto– es todavía caminar por un campo minado. Escrita y dirigida por la siempre coherente, precisa y fulminante Mariela Asensio, la pieza –estrenada en el marco de los 30 años del Rojas– no hace más que evidenciar lo que, a esta altura del partido, es una verdad inapelable: de haber 36 personas justas sobre la faz de la Tierra, M. A. es una de ellas.

Así lo anunciaba Las12 en un artículo de 2010, y cuatro años más tarde, nuevas evidencias cimientan la idea, haciendo patente que pocas como ella han sabido correrse de los estereotipos culturales que tergiversan la identidad femenina para mostrar “el lado B de ser mujer”. Porque ahora es Vivan..., pero antes fueron Mujeres en el baño, Mujeres en el aire, Lisboa, el viaje etílico, Hotel melancólico, Mother, Retazos... Justa y necesaria, entregada a la difícil tarea de evitar la degradación de sus congéneres, la guionista, directora, actriz, bailarina y ¿por qué no? cantante no deshace el andar: lo señaliza con luces de neón, lo musicaliza con canciones de Blondie y, en el ínterin, inventa pasos nuevos en una fiesta donde Arjona, por supuesto, no está invitado.

En Vivan las feas, cuestionás las problemáticas femeninas de tres generaciones mostrando “el lado B de ser mujer”. ¿Cómo encaraste cada universo antes de ponerlos a dialogar?

–Como en general trabajo con el mismo corte generacional, tenía ganas de indagar en otras edades que, de pronto, no tienen que ver específicamente conmigo: una chica saliendo de la adolescencia, una mujer de tercera edad. Entonces empecé a pensar: si a la mujer de setenta años se la condenó al electrodoméstico, a ser ama de casa, a no poder salir de cierto tedio cotidiano relacionado con lo familiar, ¿cuál es la condena de una piba de 20 que supuestamente es muy libre? Y llegué a la conclusión de que la condena hoy es estar buena, ser útil en términos decorativos. El denominador común siempre es el mismo: seguimos siendo esclavas. El otro día, por ejemplo, veía Guapas y si bien las protagonistas ya no son amas de casa, les va mal en todo: no pueden vincularse con nadie, están obsesionadas con comerse o no una medialuna, viven histéricas... Su supuesta libertad es un engaño. Y el subtexto es claro: aunque ya no estés presa de un marido, los pibes o la casa, igual la vas a pasar pésimo. Lo peor es que probablemente las/os guionistas no hagan pelota a las minas adrede: tienen tan naturalizada esa violencia que les surge naturalmente. Es como dice Susan Faludi en el libro Reacción: “La mujer independiente recibe su castigo”.

Lo preocupante, además, es que muchas mujeres se sienten tan identificadas con ese supuesto retrato de feminidad.

–Mirá, yo empecé a ver el programa –bah, vi dos capítulos– sin tener idea de qué iba, incentivada porque el 70 por ciento de mi entorno femenino me decía que era espectacular. Y para mí, Guapas es como revista Ohlalá, el Utilísima de la modernidad.

Hablando de edades eclécticas, tremendo dream team multigeneracional reuniste en Vivan las feas, con Ana María Castel y Federica Presa a la cabeza, sin dejar de mencionar a Josefina Pittelli y Paola Luttini.

–Siempre al momento de armar elenco, estoy atenta de que sean personas afines, que se sumen a mis propuestas con pasión. Con las temerosas, las dubitativas, no me entiendo. Busco visceralidad, gente imperfecta como yo. Gente que no quiere ser genial. No me interesa la gente resuelta, la que hace todo de taquito. Me gustan las personas que dejan algo propio en aquello que hacen. Las que se exponen. Las que no le tienen miedo al ridículo. Las que asumen riesgos. Entonces, al pensar actrices para Vivan..., sentí que Ana María Castel –tan potente ella, capaz de encarar con igual calidad proyectos bien distintos– era la indicada. Josefina fue alumna mía hace algunos años y siempre me pareció una actriz con mucha fuerza; y como está recién entrada en los veinte, sabía que podía interpretar su rol a la perfección. A Federica la vi por primera vez en el ensayo de una obra de Patricio Ruiz en el Teatro del Pueblo, y me encantó. Por intuición, sin conocerla, la llamé para protagonizar Malditos (todos mis ex) y tuvimos afinidad inmediata, tanto en lo personal como en lo profesional. Se ha vuelto una de mis actrices fetiche, al igual que Raquel Ameri o Dolores Ocampo. Cabe mencionar que, como ya tenía un viaje pautado, no va a estar algunas funciones, y la reemplazará Melina Milone, que laburó conmigo en Mujeres en el baño.

Como actriz, vos tampoco estás ajena a la entrega incondicional. Después de todo, no muchas se animarían a mear de parada sobre un escenario como hiciste en Catch, de José María Muscari.

–Recuerdo que, en aquel entonces, pensaba: “Si fuera un hombre el que mea, nadie se espantaría”. Pero ser mujer y mear era un verdadero problema. Entonces la gente quedaba en shock, incluso se levantaba y se iba. Yo lo disfrutaba especialmente, debo confesar.

Retomando Vivan..., una curiosidad de la puesta es que, después de tantísimo tiempo, actuás en una obra de la que sos autora y directora ¿Algún motivo por el que hayas decidido estar en escena?

–Pienso que si yo no estaba en la obra exponiéndome en carne viva, la obra no tenía su razón de ser. Necesitaba ponerme en primera persona, hacer el esfuerzo. Un esfuerzo que –por otra parte– es literal, porque pedaleo a toda velocidad en una bicicleta fija durante una hora. Narrativamente, aparezco desde la verdad, sin ficción; pero no lo hago desde un lugar lindo, agradable: los demás personajes se la pasan bardeándome todo el rato, exponiendo ideas exacerbadas sobre mi persona. Al estar yo presente, la obra adquiere una peligrosidad o una razón de ser que la resignifica. Si hubiera otra actriz interpretando ese rol, sería otro el discurso planteado. En cambio, estar ahí es asumir una ideología, no desde la superación sino desde mis propias contradicciones. El otro día un amigo me decía “Esto es teatro político”; y yo pensaba que sí, que es cierto, que tiene una visión política. Empecé a tener ganas de meterme en lo que quiero contar. Incluso estoy pensando otra obra para el año que viene donde quizá también actúe.

¿Podés adelantar algo de la pieza que estás pergeñando?

–Voy a participar de los 40 años del Celcit con una nueva creación que se llamará Nadie quiere ser nadie e indagará en la clase media. Voy a construir la dramaturgia a partir de entrevistas reales a gente muy distinta, de diferentes edades y profesiones. La premisa es: “Qué imaginaste para tu vida y cómo es tu vida hoy”. Por lo que he podido observar, la vida de la mayoría de las personas no se parece en nada a lo que imaginó para sí misma. Mi hipótesis para jugar este mundo es que nadie tiene la vida que quiere tener.

Volviendo a Vivan..., además del body propio para ejercitar, te presentás en escena con gafas de sol y auriculares. ¿Escuchás a las demás actrices en su derrotero?

–Escucho bastante, sí. Ver no veo, pero escuchar me aporta la adrenalina necesaria para poder ejecutar la acción.

Una hilarante acción que ejecutan en conjunto es la de encadenar a un Ricardo Arjona maniquí y cantarle descaradamente las cuarenta...

–Siempre pensé: “Qué bueno sería hacer una obra donde Arjona actuase y pudiéramos hacer con él lo que quisiéramos”. Me pareció divertido incorporarlo como personaje, entendiéndolo como símbolo nefasto que se reproduce mundialmente con mucho éxito. También sacamos de contexto su canción sobre la menstruación, “De vez en mes”, para mostrar el horror que es...

Repasemos: “De vez en mes con tu acuarela, pintas jirones de ciruelas que van a dar hasta el colchón”. O si no: “De vez en mes un detergente, se roba el arte intermitente de tu vientre y su creación”...

–¡Nadie puede escuchar ese tema y suponer que es lindísimo! Te doy un ejemplo: cuando voy por la calle caminando con mi hijo Rocco y pasamos por un puesto de diarios, no me parece normal que tenga a la vista a una mina en cuatro mostrando el culo en la tapa de revista Hombre. No está bien. Pero está tan naturalizado que nadie asume lo terrorífico que, en realidad, es. En cambio, si esa misma revista está en el jardín de infantes, ¿qué padre no se indignaría? Por eso, sacar ciertos productos de su ámbito natural –sea Arjona, la cumbia, el reggaetón o Tinelli– te permite rever aquello que está instalado y no se cuestiona. Te permite ver; finalmente ver. En otro orden de cosas, siempre me sorprendo con esto: Malditos (todos mis ex) empieza con un desnudo y mucha gente opina que no está justificado, le parece innecesario. Y yo pienso: “Qué hijos de puta, después ven Showmatch... ¡y se ríen!”. Qué desfase, ¿no? Porque te puede no gustar la obra, pero ¿espantarte por ver a alguien desnudo? La famosa doble moral...

En varias ocasiones, Vivan las feas hace referencia al libro Teoría King Kong, de la polémica escritora y directora francesa Virginie Despentes, abiertamente feminista. ¿Qué te interesa de sus planteos?

–Leí ese libro y me volví loca; tiene mucho punk rock. Y de verdad creo que es un texto necesario, que tendría que leer el mundo entero. Me parece tan pero tan claro, contundente, directo, efectivo... Me genera una inmensa satisfacción encontrarme con alguien que expresa algo que yo quería decir y no sabía cómo. Entonces se me ocurrió que la mejor manera de decirlo era incluyéndolo en la obra. En lo personal, me encanta la gente que logra traducirse a sí misma, traducir sus ideas de manera tan personal, sin máscaras; así, de una.

Entre sus logros, la obra evidencia cómo a las mujeres que se animan a cuestionar el estado (misógino) de las cosas, suele descalificárselas llamándolas “neuróticas”.

–Pasa todo el tiempo. A veces una plantea situaciones y la tratan de paranoica; y yo, ¡con los ovarios de moño! Incluso las personas que más me quieren, me joden por mi feminismo. Por eso muchas veces me pregunto cómo encarar estos temas al momento de transmitirlos, para que sean fértiles, para que no generen rechazo en el otro. No porque me importe generar rechazo –de hecho, no me importa– sino porque quiero llegarles a las personas. El otro día, en una función, un tipo se largó a llorar hacia el final de la obra; y mi sentimiento fue “misión cumplida”. Que un hombre pueda sentir empatía al punto de las lágrimas, emocionarse por un padecimiento femenino que desconoce, es lo máximo. Porque lo terrible es que quienes rechazan el feminismo, lo hacen por desconocimiento, por no tener idea de qué se trata. Ojo, también está el querer agradar a las masas, cuidarse el orto, evitar la mirada desaprobadora del otro. Es el doble estándar, el no quedarse afuera, el preferir no tener una idea propia pero estar adentro. Y yo digo, ¿adentro de qué? Cuando, sinceramente y de corazón, entendí que no me interesaba lo que pensaban los demás, me sentí librepensante. Entendí que podía decir lo que quería. Y me di cuenta de que diciendo lo que quería no me iba tan mal, y que no diciendo lo quería tampoco me iba tan bien.

¿Cuál fue el momento en que dijiste: “Hago y digo lo que se me da la gana”?

–Aunque son ideas que nunca me fueron ajenas, recién durante la época de Mujeres en el baño asumí mi feminismo. Hasta ese entonces, todavía estaba más atravesada por la intuición que por la ideología. Antes no le ponía un nombre; con esa obra me hice cargo.

De todas formas, esa intuición te acompañó desde los inicios de tu carrera. Siendo muy joven, creaste el Grupo El Estaño, con Valeria Alonso, e hiciste tus primeras dos obras, una de ellas concebida para un certamen sobre violencia sexual hacia la mujer que organizaba el Centro de Encuentros Cultura y Mujer.

–Eramos dos pendejas de 18 y 19 años, y nos mandamos con una obra muy volada, medio loca, teatro de imagen, nada convencional, sobre la relación de una chica con su padre. Nos presentamos de atrevidas y nos fue muy bien, ¡no lo podíamos creer! Terminamos llevándonos el premio del público y uno de los premios del jurado. Todavía me acuerdo y me sorprendo. Después vino Ultimas cosas, la primera obra que escribí en solitario, y luego Inacabado, a la que quiero mucho porque con ella aprendí lo que en verdad significaba hacer teatro independiente. De hecho, muchos recursos que utilicé entonces aún me acompañan. Estuvo mucho tiempo en cartel; cuatro o cinco años la sostuvimos.

Entonces llegó el 2004 y estrenaste Hotel Melancólico...

–Hotel Melancólico fue una bisagra por muchos factores: comencé a tener un poco más de visibilidad, me hicieron mi primera nota, salió mi primera crítica, participamos del Festival Internacional de Buenos Aires, entre otras cosas. Circunstancias que me abrieron el camino. Casualmente está programada para Carrusel de las Artes, un ciclo de formación de espectadores; así que es muy probable que el año próximo la repongamos en ese contexto.

Además de ofrecer momentos memorables como la mujer perro de Leticia Torres o la lectura de un terrible, ¡terrible! test Cosmopolitan, Hotel... incluía una escena desopilante, difícil de olvidar: la de una chica dándose a la difícil tarea de usar el baño compartido de la pensión y no fracasar en el intento. Abrías esa esfera privada que, más tarde, terminarías de mostrar en Mujeres en el baño. ¿Fue un preaviso de lo que vendría?

–Sí, y te digo más: pienso que cuando hice Hotel Melancólico, estaba intentando hacer Mujeres... En toda obra está presente lo que vendrá más adelante; en ese caso, empezar a probar el universo del baño.

Con Mujeres... lograste lo que –a priori– parecía imposible: instalar en calle Corrientes una obra que hablaba abiertamente de la menstruación y ofrecía instrucciones para masturbarse.

–Tiré toda la carne al asador. Me dije: “Voy a hablar de lo que se me canta, no me importa nada”. Sentía que me estaba jugando algo muy personal en lo que estaba contando y en cómo lo estaba contando. Y sabía que podía irme muy bien o podía ser un desastre. Y, en efecto, pasó eso: funcionó por amor y por espanto. El público la adoraba o la odiaba; pero igual iba a verla.

¿Es cierto que la escribiste en un locutorio?

–Sí, porque no tenía computadora. Vivía sola en un departamento frente a Parque Lezama y me iba todos los días al locutorio de la vuelta a escribir. Me sentaba ahí unas cuantas horas, en pleno quilombo, algo que hoy no puedo ni imaginar. No sé cómo hacía para abstraerme... Pero, bueno, una se adapta a las circunstancias. El tema es hacerse el momento, porque todo siempre atenta para que una no escriba –la realidad, lo cotidiano–; entonces terminás haciéndolo a los tumbos, en medio del caos. Ahora que soy madre, lo tengo a Rocco saltándome en la cabeza, Cartoon Network a todo volumen. Y como puedo, escribo. La cosa idealizada de estar frente a un ventanal en estado contemplativo no sé quien la hace. O más bien, ¡quién la puede hacer!

Mujeres en el baño devino primera parte de una trilogía que continuaste con Mujeres en el aire y que terminarás próximamente. ¿Desde su origen fue pensada como parte de una tríada?

–No. Pasa que, cuando empecé a escribirla, me di cuenta de que quería hablar de un montón de cosas y abarcar todo hubiera sido un desastre. Entonces se me ocurrió organizar una trilogía, dividir en tres universos: el primero, la mujer en relación con la intimidad, con su cuerpo y las relaciones; el segundo, la mujer pública en sociedad y el mito de la belleza; el tercero –que todavía no hice– iba a hablar de la trata, pero decidí ampliarlo hacia el cuerpo femenino como botín, la mujer como mercancía. No lo imagino como relato teatral sino como evento, una gran performance donde se suceden distintas situaciones en diferentes espacios. La organización de butaca-espectador no dialoga con lo que quiero contar; necesito que el público forme parte, que no haya un límite claro entre la escena y la gente.

Además de Vivan las feas, sigue en cartel otra obra de tu autoría, la exitosa Malditos (todos mis ex) que escribiste en sociedad con Reynaldo Sietecase ¿Qué te motivó a compartir la pluma?

–Como tenía ganas de hablar de las relaciones entre hombres y mujeres, me pareció que estaba bueno sumar a un hombre a la escritura, que la figura masculina estuviese representada por un varón. Pensé en Reynaldo porque me gusta mucho su poesía, su costado literario. Y se armó lo que imaginaba: un cruce de mundos.

¿Discutían los puntos de vista?

–En la obra misma. La confrontación o el desencuentro que aparecen en escena son tan genuinos como el hecho de que, muchas veces, un hombre y una mujer ven el mismo hecho de forma diferente. Fue un desafío lindo de asumir.

Como Lisboa, un viaje etílico en su momento, Malditos... vuelve sobre el desamor, la imposibilidad de relacionarse. ¿Es un tópico que te convoca?

–Para mí, esas dos obras son súper primas hermanas; similitud en la estética, el lenguaje, mitad del elenco compartido... Así y todo, en todas mis obras hay un trasfondo vinculado con las relaciones. Es un asunto que aparece, aparece, aparece; pero que se está agotando. Con esta obra asumo la recurrencia, me refiero al tema directamente y cierro una etapa. Por supuesto, eso no significa que nunca más vaya a hablar del desamor o los vínculos amorosos, pero de momento es capítulo cerrado. Con Malditos... caducó esa búsqueda.

Al parecer, tu día tiene suficientes horas para que también te destaques en otro arte: el culinario. ¿Querés compartir algún hit de A la cocina con Mariela, tu blog de recetas?

–Como yo no como carne y Rocco, mi hijo, no consume lácteos, la cocina es una zona de creación constante. Comparto, entonces, mi torta multifruta vegana, un clásico personal: cortás en cuadraditos pequeños una manzana y una pera, los ponés en un bol. Agregás 1 taza de azúcar orgánica, 1 y 1/2 de harina, 1 cucharadita de bicarbonato de sodio, 1 taza de té de aceite de girasol, un chorrito de esencia de vainilla. Pisás una banana y la agregás (además de aportar sabor, funciona como sustituto del huevo para ligar). Espolvoreás con cardamomo. Ponés en el molde previamente enmantecado, llevás al horno precalentado, cocinás 20 minutos, y listo.

Conociendo tu energía, entusiasmo y perseverancia, imagino que estarás con nuevos proyectos entre manos. ¿Algo que quieras compartir?

–En noviembre, en el marco del Festival Internacional de dramaturgia América + Europa que organiza Matías Umpierrez, estreno La Ciudad, una obra del inglés Martin Crimp, con la actuación de Pablo Seijo, Dolores Ocampo y Laura López Moyano. La haré en El Tinglado. Es un texto con mucha personalidad en su narración; poética y cotidiana a la vez, oscilante entre lo real y lo imaginario. Cuestiona la noción actual de compromiso, la evolución hacia una sociedad superficial. Luego, el año próximo dirigiré en México Dejavú, memoria de un olvido, de mi autoría; un policial que no rompe la cuarta pared, más convencional que mis trabajos anteriores. La historia transcurre tres años después de la desaparición de una chica; nadie sabe qué pasó con ella, la investigación se cerró y, de repente, sus amigos reciben un llamado suyo en el que pide ayuda. Da la dirección de una casa de campo y ellos parten en su búsqueda. Leí bastante Patricia Highstmith y Agatha Christie para embarcarme; también policiales argentinos.

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