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Viernes, 26 de septiembre de 2014

ARTE

En busca del cuerpo perdido

“¿Cómo sería mi padre si viviera hoy?” es la pregunta que disparó el trabajo de Mariela Sancari, Moisés, ganador del premio Descubrimientos.

 Por Cristina Civale

La fotógrafa argentina residente en México Mariela Sancari acaba de ganar el prestigioso premio Descubrimientos de PhotoEspaña 014 entre más de 140 fotógrafxs. Lo hizo con su serie Moisés, donde buscó encontrar la figura de su padre muerto por mano propia cuando ella tenía catorce años.

La fotografía y la tanatología se tocan en esta serie soberbia y muy aclamada por su valentía y originalidad: buscar el rostro imaginario del padre tal cual sería hoy, una tarea casi imposible.

Esto conversó con Las12 sobre su trabajo y sus implicancias.

¿Qué es lo que sabés exactamente de la muerte de tu padre? ¿Cuál era el tabú para que no te contaran cómo murió?

–Fue un suicidio y nosotras teníamos 14 años. De por sí, la adolescencia es una etapa difícil. Recuerdo que todo parecía irreal y que las dos, mi hermana y yo, no hablamos nada sobre lo que había pasado, nos refugiamos en las amigas y nuestra vida en el cole. Sabíamos que mi papá estaba sufriendo una depresión muy fuerte, pero no sabíamos mucho más. Y un suicidio siempre es un tema complicado: confronta a toda la familia, es tabú y genera culpa y vergüenza.

¿Qué fue lo que se te ocultó de su muerte?

–El problema no fue la poca información que tuvimos acerca de su muerte. Lo que detonó el proyecto y este síndrome que tenemos mi hermana y yo y que les pasa también a muchos hijos de desaparecidos, por ejemplo, fue no ver su cuerpo muerto. Yo creo que la información sobre cómo pasó todo ayuda, sobre todo a través de los años y en mi caso, porque mi trabajo artístico tiene que ver con mi historia personal.

¿De qué manera?

–Vivo en México hace casi 18 años y aquí aprendí a lidiar con este tema de una manera muy distinta. México, como herencia prehispánica, tiene infinidad de rituales de celebración de la muerte y aunque, obviamente, es un asunto doloroso en cualquier familia, se lo vive de otra manera. Creo que vivir acá hace tanto y ver y aprender cómo son los mexicanos me ha ayudado muchísimo en mi propio proceso de duelo. Estoy convencida de que si siguiera viviendo en Argentina, no habría podido hacer este proyecto, de hecho, sería una persona completamente distinta.

¿Cómo fue la convocatoria de los fotografiados?

–Puse anuncios en el periódico en Buenos Aires, pegué los carteles en las calles de mi barrio, Barracas, y daba esos mismos carteles en la mano, como flyers, a los señores que pasaban por la plaza, invitándolos a formar parte del proyecto.

¿Cuántos hombres de presentaron y qué criterios usaste para elegirlos?

–Se presentaron 30 hombres. De hecho, podría haber seguido fotografiando muchos más, pero tampoco se trataba de tener una colección de retratos. Enseguida seleccioné los señores con los que el trabajo fluía mejor y preferí verme varias veces con ellos. También porque a la mitad del proyecto, más o menos, decidí que no sería simplemente una tipología de retratos y que me incluiría en las imágenes con ellos, lo que dio un vuelco al trabajo. Al principio ponía muchas características físicas, similares a las de mi padre, como requisito para la selección: ojos claros, alto, con bigote, delgado..., pero conforme el proyecto fue avanzando me di cuenta de que mi papá podría haber envejecido de maneras completamente impredecibles, así que decidí sólo mantener una condición, el color de los ojos, además de la edad, obviamente, que era innegociable porque si no el proyecto no tenía sentido.

¿Cómo se te ocurre la idea?

–Se me ocurrió alguna vez mirando a algún señor en la calle, como tantas otras, pensando cómo sería mi papá hoy y cómo lo extrañaba. Siempre me intrigó cómo envejecían los hombres y cualquier gesto que veía, como caminar lento y pisar con cuidado o mirar las cosas con dificultad me hacía pensar en mi papá y cómo habría sido él: si lo acompañaría agarrados del brazo, si usaría lentes para leer, si caminaría con bastón.

¿No temiste que no se presentara nadie?

–Muchas veces pensé que no se presentaría nadie. Y muchas otras, ya estando en Buenos Aires trabajando, deseé que no se presentara nadie. Ya enfrentada al proyecto y a la confrontación real con estos señores, sus presencias, sus humores, sus olores, su personalidad, la experiencia rebasó mis expectativas y se convirtió en un viaje que no preví y me obligó a replantearme y entender mi posición frente al trabajo.

¿Cómo fue el proceso de trabajo concreto en la creación de la serie Moisés?

–En 2013 recibí una beca para realizar una residencia artística de tres meses en Buenos Aires. Era la primera vez, después de 17 años de vivir en México, que regresaba a mi ciudad a trabajar, y no de vacaciones o a visitar a la familia y por un período tan largo. El proyecto Moisés tuvo mucho de performático y en ese sentido, las imágenes son una parte del registro de lo que experimenté. Instalé un estudio callejero muy precario en la plaza Colombia, en el barrio de mi infancia, Barracas. Establecí un par de reglas sencillas para trabajar: iríamos todos los días de 11 a 14. La mecánica funcionaba así: los señores respondían al anuncio y después de platicar brevemente de qué se trataba el proyecto, y acordar el pago correspondiente, concertábamos una cita en mi estudio callejero en Barracas. Una vez en la sesión, fotografié a todos los señores de la misma manera, en las mismas posiciones y con el mismo fondo. Al final de la sesión, con algunos de ellos y dependiendo de la “química” que hubiéramos tenido para trabajar, les pedía hacer unas fotos más, con diferentes actitudes y algunas de ellas con elementos que yo traía y había seleccionado previamente. Más adelante en el proceso, después de varias semanas de trabajo, sentí la necesidad de incluirme en las fotos. De pronto, la propuesta formal de hacer una tipología de retratos me resultaba distante y poco “comprometida”, así que decidí realizar algunas acciones entre los señores y yo y documentar lo que fuera sucediendo. Fue en este momento donde el proyecto tomó un giro que yo no había planeado y que creo que aportó profundidad a la experiencia.

Me impresionó la ropa, que muchas veces se repite: ¿qué es esa vestimenta?

–Ese saco de lana, junto con una bata de dormir, son las dos únicas prendas de ropa que conservamos de mi padre. En este caso, decidí usar el saco de lana como símbolo. Les pedía a algunos señores que se lo pusieran y era una especie de acto performático, de llenar los zapatos de mi padre.

¿Viste a tu padre en cada uno de esos hombres?

–Podría decir que sí, en todos, y también en ninguno. En todos porque me enfrenté a la vejez, al deterioro, al paso de los años y todo lo de real que viene con eso. Fue una confrontación con la idealización de la figura paterna, desde muchos ángulos. Y en ninguno porque no hubo un solo momento que dijera: así podría haber sido mi padre. Y aún así, esta búsqueda apaciguó mi necesidad, mi fantasía. Lo encontré de otra manera.

¿Implicó algún tipo de alivio, duelo cerrado, hacer esta serie?

–Sí. Otra vez de maneras insospechadas. El arte, su poder catártico y sanador, no opera linealmente. Entonces te diría que sí, que fue un alivio.

¿En qué cambió tu vida Moisés, en lo personal y en el área profesional?

–Profesionalmente ha tenido mucho éxito la serie y eso es muy gratificante, sobre todo cuando trabajás temas autorreferenciales, porque siempre está la sombra de la duda: ¿alguien se identificará? Personalmente, como decía antes, la búsqueda sirvió como bálsamo.

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