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Viernes, 3 de octubre de 2014

A Melina la encontraron las mujeres

RESISTENCIAS No fue la policía, fueron dos mujeres que no quisieron hablar con la policía. Prefirieron, en cambio, llevar su desasosiego por lo que habían visto ahí, donde cotidianamente ponen en común con otras mujeres las violencias que ellas mismas padecen, las ganas de intervenir en el barrio frente a la denigración pública que venía sufriendo Melina, ya convertida en un bulto que reconocieron por las zapatillas. En la reunión de la cooperativa textil del Movimiento Evita la estrategia fue comunicarse directamente con el Poder Judicial para que este hallazgo pudiera ser preservado. Fue otro compañero de la agrupación el que se quedó junto al cuerpo las 24 horas que tomó su traslado. Esta red que permitió que no se contaminara la escena, como pasó en otros casos, habla a la vez de cómo impactó en su territorio este femicidio, de una construcción colectiva de toma de conciencia frente a la violencia de género y de la búsqueda de estrategias propias para resistirla.

 Por Roxana Sandá

Desde que Melina Romero desapareció, las mujeres del Movimiento Evita se habían acercado a sus familiares para acompañar en la búsqueda y en el pedido de un trato justo, ya no a las instituciones sino a los medios que desde un primer momento estigmatizaron a la adolescente, construyendo noticias bochornosas en las que se cuestionaron (y se siguen cuestionando) hábitos, formas de vestir, el entorno y hasta las selfies que la chica se sacaba. Era demasiado. La forma de buscarla, entonces, tuvo que ver con salir a la calle para interpelar a una sociedad más atenta a los piercings que a preguntarse por qué una adolescente que fue a bailar para celebrar su cumpleaños no volvió a casa. El debate se trasladó a las reuniones barriales y a las mesas de trabajo de las cooperativas en el territorio donde Melina era local, cerca de la plaza Martín Coronado, a minutos del centro de San Martín y de Chankanab, el boliche donde entre el anochecer del 23 de agosto y la madrugada del 24 fue vista por última vez. Hace diez días, dos de las mujeres que participan de las cooperativas estaban fuera de foco. Cuchicheaban entre ellas, distraídas del resto, ajenas al encuentro semanal que más las entusiasma porque logra arrancarlas de una violencia cotidiana. La referente del Movimiento Evita en esa geografía y coordinadora de los talleres, Ornella Tinnirello, advirtió las inquietudes pero no quiso preguntar hasta que finalizara la reunión. Ni siquiera le dieron tiempo a hacerlo, el cimbronazo fue veloz.

–Estábamos esperando juntarnos con vos para decírtelo –le avisaron las mujeres, en voz baja.

–¿Para decirme qué?

–Encontramos un cuerpo. Creemos que es Melina.

En el camino transa

Los barrios Independencia y La Cárcova, en José León Suárez, son territorios signados por la violencia narco y la connivencia policial. Sólo en 2013 se registró una veintena de muertes violentas, muchas de jóvenxs, como Enzo Ledesma, un chico de 13 años acribillado a balazos por un narcotraficante de La Cárcova, que derivó en una pueblada contra la comisaría 4ª de José León Suárez. Cerca del Independencia, a metros de un brazo del río Reconquista y Camino del Buen Ayre, las carcasas de autos robados, motos y restos de bicicletas se pierden entre lo que se conoce como la laguna y los cañaverales. El predio, perteneciente a la Ceamse, es zona de cirujeo y “camino transa”, denunciado infinidad de veces como circuito del narcotráfico local. “En ese sitio las mujeres vieron el cuerpo de una chica envuelto en algo así como bolsas negras o esas alfombras de goma de los autos. Imaginaron que se trataba de Melina por la descripción de la ropa y las zapatillas, pero no querían hacer la denuncia en la comisaría. Estaban muy angustiadas, hablamos y entendieron que nosotras teníamos que intervenir en lo que había sucedido. Lo más importante es que pudieron contarlo, porque las conozco y sé lo difícil que se les hace presenciar y hablar de realidades violentas, similares a las que viven ellas o sus vecinas.” De golpe, también, algunas hipótesis se desmoronaban: la chica no había sido arrojada al arroyo Morón, como declararon la testigo clave M. y uno de los detenidos, ni su cuerpo estuvo sumergido en el agua por semanas. El hallazgo abre la sospecha de que Melina fuera trasladada hasta los terrenos del Ceamse previamente a la semana del lunes 22 de septiembre, y además de los cuatro detenidos habría dos o tres sospechosos más que participaron del femicidio o trasladaron el cadáver hasta el lugar. Entre esa fecha y la de su desaparición, el 24 de agosto, hay una zona gris que la fiscal de la causa, María Fernanda Billone, se esfuerza en llenar de respuestas. Hoy respira tranquila. Logró caratular el caso como homicidio agravado por violencia de género.

Billone es una de las fiscales del Poder Judicial de San Martín que intentan ampliar la perspectiva de género en la Justicia. Son conocidas sus discusiones con pares que se niegan a interpretar la ley desde un lugar que no sea patriarcal. Estableció sin dudar que la muerte de Melina fue un crimen agravado por violencia de género, “algo que está costando mucho instalar dentro del Poder Judicial”, afirma una fuente de investigación. “Este no es un crimen más, lamentablemente representa un caso testigo, porque permite interpretar algunas cuestiones de las leyes que muchas veces jueces y fiscales se niegan a ver. Estas situaciones no son puntos de llegada, sino de partida.”

A fines de agosto, cuando se conoció el caso, las mujeres del Evita comenzaron a fastidiarse. Cómo puede ser que hablen así de esta piba, se decían unas a otras. “Por supuesto que lo que más nos molestó fue el femicidio y la violencia”, advierte Ornella. Aunque no especularon demasiado con lo que pasó, “sentimos que era como de manual: un femicidio que estaban cubriendo y que, como muchas veces, la policía no encontraba a la víctima”. Por eso también la conmoción generalizada. Las cosas se salían del manual. Otras mujeres humildes y víctimas de violencia habían encontrado a Melina. No la policía.

Tras la revelación, el lunes 22 de septiembre a la noche, Ornella y otros militantes del Evita fueron hasta la zona del arroyo pero no pudieron ubicar el lugar, de difícil acceso por la vegetación y por el camino que había que inventarse con cierta imaginación. Volvieron al lugar a la mañana siguiente y esta vez sí vieron las bolsas que contenían un cadáver. En su carácter de responsable del Frente de Mujeres, Ornella habló con Leonardo Rebolino, de la Campaña Nacional contra la Violencia Institucional de esa agrupación. Llamaron a la jueza de Garantías del Joven de San Martín, María Eugenia Arbeletche, y al fiscal de menores Mateo Guidone. Desde ese momento, uno de los militantes, testigo de la causa, se quedó en el lugar junto con personal judicial las 24 horas siguientes, para preservarlo. Fuentes cercanas a las fiscalías dicen que Guidone y Billone estaban felices. Habían llegado antes que la Bonaerense y los medios. “Quedó mucha desconfianza desde los procedimientos en el caso de Candela Sol Rodríguez, la nena que en 2011 secuestraron, asesinaron y arrojaron en una bolsa de residuos a un descampado de Hurlingham, fueron escandalosos.” Los peritos de la policía tuvieron que levantar pruebas y perimetrar entre periodistas, funcionarios públicos, voluntarios y curiosos pisoteando el terreno donde la madre de Candela se ahogaba en llanto, todo esto transmitido en una especie de reality en cadena nacional que alteró definitivamente la escena del hallazgo y causó la pérdida de pruebas valiosas para el esclarecimiento del caso.

Somos todas

En los primeros días de la desaparición de Melina, las mujeres del Evita de Tres de Febrero, donde viven los padres de la adolescente, Ana María y Rubén, se acercaron para acompañarlos en las movilizaciones pidiendo la aparición con vida. “Estábamos paradas en el conflicto sin metáforas, por una convicción política e ideológica”, subraya Ornella. En paralelo se realizaron “acciones reivindicativas”, como actividades de visibilización o volanteadas, “sobre todo en repudio al manejo mediático del caso”. En la esquina de la peatonal de San Martín repartieron volantes que decían “Basta de criminalizar a las pibas”, “Basta de violencia hacia las mujeres” y “Aparición con vida de Melina”. Esa arenga “planteaba que en la Argentina mueren cada 35 horas mujeres en manos de la violencia sexista, que es necesario que toda la sociedad tome esta discusión y que cuando encendemos la televisión discutamos con nuestra familia la violencia de género y las desigualdades que se dan en relación con los géneros. Que cortemos con el no te metás: los problemas que viven las mujeres en las casas y en las calles no son individuales de las mujeres, son problemas públicos y debemos intervenir”.

–Las que encontraron a Melina decidieron meterse.

–Fue una llamada fuerte al terminemos con el no te metás. La dimensión de lo que hicieron al no callarse es enorme: son compañeras a las que durante toda su vida les impusieron no “andar en nada” y que nadie tenía que meterse con las violencias que ellas padecían, porque eran problemas íntimos de pareja. Creo que las experiencias compartidas en las discusiones de género de los encuentros y talleres, y el trabajo que venimos realizando entre todas fue lo que transformó subjetivamente a estas compañeras, que pudieron hablar. No es casual que ellas encontraran a Melina. Otras personas deben haber pasado por ahí, estoy segura, y prefirieron callar.

La campaña contra la violencia hacia las mujeres “Somos Todas” fue lanzada en mayo de este año para “implementar dispositivos territoriales a fin de que las organizaciones comunitarias y de mujeres puedan generar espacios de prevención y asistencia ante situaciones de violencia de género”. Las mujeres que intervinieron en el hallazgo del cuerpo de Melina participan en diferentes comisiones donde se discuten estrategias comunitarias para acceder a la interrupción voluntaria del embarazo y a una inclusión educativa que incentive la igualdad de oportunidades entre mujeres y varones. La coordinadora de la campaña, Daiana Anadon, explica que “es una propuesta de organización popular con un desarrollo importante en los barrios. Cada una tiene poder de hacer, pero juntas se convierten en una fuerza colectiva que puede impactar en la transformación social”.

En la cooperativa textil de San Martín, mujeres de entre 25 y 40 años realizan prendas de diseño con la idea de dar discusión sobre los talles y la creatividad en el trabajo, con una visión de autonomía que involucra otros debates más personales. La trata, la salud sexual y reproductiva, la violencia, géneros y diversidades se codean con otros pareceres: que el taller textil no es sinónimo de trabajo esclavo, o pura labor de producción y comercialización masiva. “En este espacio se discuten los derechos de las mujeres y cómo producir esa ropa que nos queremos poner –dice Ornella–, en un cruce muy rico de los talleres de violencia; de hecho, muchas llegan a la cooperativa a partir de haber sufrido esas situaciones. No es un grupo de amigas con ganas de iniciar un emprendimiento. Son mujeres con un montón de carencias que decidieron armar esta cooperativa con nosotras.” La Tinnirello, como le dicen algunxs, cree que los movimientos de mujeres son los que pueden dar una vuelta de tuerca en las discusiones grupales sobre los géneros. “Gracias a eso se van modificando las subjetividades, y se vio claramente con lo de Melina Romero. Fuimos concientizándonos entre todas del manejo mediático, no permitimos que nos influenciara ese caudal de información, y construimos juntas un discurso de lo que iba sucediendo.” Asomaron tantas discusiones como descubrimientos: en los días posteriores a la conmoción de dar con el cuerpo de la adolescente, muchas se encontraron concientizando a otras compañeras sobre la restitución de derechos que todavía faltan.

El dolor en la piel

Una semana después de la incursión al borde del arroyo donde los restos de Melina se enmarañaron con yuyos y metales oxidados, los compañeros y compañeras comenzaron a sentir una inquietud “que venía de las tripas”. Les coincidió el malestar en una charla donde necesitaban escucharse y ser escuchados. Ornella pudo hablar hace poco. El jueves pasado, una lluvia torrencial que replicaba la del martes 23, cuando el hallazgo tomó carácter oficial, le quebró el aguante. Lloró ante otras mujeres de la Mesa Provincial. La responsable, Mariel Fernández, escuchó sin interrumpir que las pesadillas nocturnas no soltaban a su compañera de militancia. No hacía falta agregar nada. Ornella nunca conoció a Melina, “pero en algún lugar me sentí ligada a ella. Mi cerebro se había ido a lugares que una no sabe muy bien dónde estaban y se me despertó toda la información que tengo guardada ahí, en recovecos. Pude llorar y encontrarme como mujer en esta situación. Te movilizan un montón de cosas porque también tuve 17 años y porque hoy tengo compañeras de 17 años que vuelven a sus casas a seguir viviendo esos calvarios”.

Cuando en la Mesa Provincial comenzaron a abordar la problemática de la violencia, encontraron que se debían el desafío de buscar estrategias de ayuda para aquellas mujeres vulneradas en el corazón de sus derechos. Los barrios exhibían estructuras sociales deshechas, relaciones interpersonales que se habían roto en pedazos. La clave sólo podía estar en el empoderamiento de las mujeres desde un abordaje colectivo para liberarse y dejar de ser sobrevivientes de la violencia cotidiana. “Son procesos largos y de mucha valentía asistir a las actividades y después poder hablar, resolver y sostener lo que van haciendo. Ellas mismas construyen sus estrategias.” Los talleres de violencia fueron creando esas herramientas liberadoras y de construcción política, con una impronta de género que se posó en todas las palabras. “La injusticia empezó a dolerles en la piel”, recuerda Ornella. “Pero dejaron de mostrarse fuertes para comenzar a fortalecerse entre todas y descubrieron que podían darles soluciones reales a problemas históricos. Muchas llegan con pequeñas trincheras de luchas feministas; otras están en situaciones graves de vulnerabilidad, con riesgo de vida, y ahí surge el desafío de sacarlas del infierno sin exponerlas a un riesgo mayor. Vamos hilando fino en las estrategias territoriales para que sean más efectivas, pero no protegemos a las mujeres desde un lugar paternalista, porque entendemos que el patriarcado no es lo que te protege, sino lo que te oprime.”

Por ahora, la desaparición y muerte de Melina Romero es un compendio de preguntas sin responder. Quiénes fueron los responsables de su cautiverio, quiénes los autores del femicidio; en qué vehículo fue trasladada la adolescente y quién lo conducía; en qué casas estuvo, dónde permaneció el cuerpo hasta que lo arrojaron en el basural de la Ceamse; quiénes la llevaron hasta ese lugar. Cuando iniciaron la Campaña contra la Violencia Institucional del Evita en los barrios se propusieron acciones y capacitación frente a los conflictos para orientar denuncias con argumento en las comisarías o saltear la burocracia judicial. Tragedias como la de Melina deshacen cualquier estrategia pero impulsan, desde un dolor que no prescribe, a fortalecimientos de largo aliento. “Vamos formando el aprendizaje. Pudimos denunciar connivencias policiales con el narcotráfico y con las mafias organizadas establecidas en los territorios y que no son de los vecinos: son de la policía utilizando a los vecinos.”

–El panorama no es alentador y sin embargo cada vez más mujeres hablan con voz propia.

–La verdad te hace libre. Que a Melina no la haya encontrado la policía sino las mujeres tiene que ver con la organización, con la sensibilidad de género y con la acción directa sobre los conflictos cuando nos empoderamos. No puedo pensarlo de otra manera. Todo lo que ocurrió fue gracias a la organización popular de las mujeres como punta de lanza de estos problemas. Pusieron verdad donde no la había.

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