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Viernes, 14 de noviembre de 2014

TRATA

Después del rescate

El largo camino para la concreción de un sueño: un refugio en Misiones que aloja a víctimas de la trata con fines de explotación sexual. Claudia Lascano y Beatriz Tesei, de la Coalición Alto a la Trata, junto con un sacerdote jesuita lograron ponerlo en funcionamiento en una de las regiones más castigadas por este delito, bajo la coordinación del Programa Las Víctimas contra las Violencias, creado por iniciativa del presidente Néstor Kirchner en 2006.

 Por Eva Giberti

Las expositoras habían empezado mucho antes a trabajar en el tema: en el año 2004 se preparaba la Coalición de la ONG Alto a la Trata y a la Explotación Sexual de niños y niñas que organizaban Claudia Lascano como educadora popular y Beatriz Tesei como abogada. Iniciaron la persecución de los rufianes que transportaban a las muchachas desde Paraguay rumbo al Sur argentino; lo hacían en colectivos, como si fueran parientes, sin documentación alguna, habitualmente con autorización de los padres que creían el cuento de “trabajo de empleada doméstica en Buenos Aires” o “para cuidar a niños cuyos padres trabajaban fuera de la casa” que era –y continúa siendo– el argumento que estos delincuentes utilizan para engañar a la casi siempre ingenua credulidad del campesinado que no puede sostener a sus hijxs.

Claudia, educadora popular misionera, reconoció el delito y solicitó rápidamente la colaboración de Gendarmería. Como si una señora se acercase a un policía y le dijera: “Venga a ayudarme a detener a varios sospechosos”. Ella subía a los micros que Gendarmería detenía como rutina y solicitaba documentos diciendo que ella era “alguien” de la Nación, un invento absoluto ya que no tenía cargo oficial alguno, pero los rufianes sabían que estaban en falta. Después de discutir, descendían del micro y quedaban detenidos; el problema se presentaba con las adolescentes a las que había que resguardar. Este fue el comienzo, la preocupación por estas víctimas que eran rescatadas. Posteriormente se ocuparon de las que encontraban en los prostíbulos porque la comunidad comenzó a solicitarles ayuda ante la desaparición de alguna adolescente.

Esto sucedía cuando en el país la trata de personas era parte del silencio oficial y de los compromisos políticos de jueces, fuerzas de seguridad y gobernantes.

La inquietud

de un joven cura

En la conferencia que el joven sacerdote escuchaba no se narraban estas historias, sino se abarcaba el tema trata. Intentó conectarse con las expositoras. Se encontró con una negativa total. Las llamaba por teléfono y no lo atendían porque la experiencia que tenían con los religiosos era muy negativa. Por fin Beatriz convenció a Claudia, quien aceptó la entrevista con una condición: que fuese en un bar para que no hubiese sospecha de que la Coalición negociaba con representantes religiosos.

La conversación fue iniciada por Claudia. Le dijo al joven cura: “¿Vos querés participar del trabajo en trata? Mirá que vas a tener que alternar con prostitutas, con putas, y que si hay que hacer algún aborto no se puede retroceder. Te lo aviso para que sepas dónde querés meterte”. Continuó describiéndole el cuadro muy alejado de la idea de víctimas con la que la Coalición intervenía. El joven cura tendría que insertarse en un submundo no habitual. Jesuita por elección, tenía claro que la trata era un tema de misión. Aclaró que su participación empezaría por aprender, comprender y colaborar para que las víctimas tuvieran un refugio. Lo demás quedaba a cargo de la gente de la Coalición.

Durante años los miembros de la Coalición habían buscado casas en alquiler para cobijar a las víctimas de trata y a las niñas víctimas de explotación sexual comercial. Habían recibido donaciones, ofertas, pero no eran suficientes. Cierta noche el joven cura llamó a Claudia durante la madrugada y le pidió: “Vengan, en la esquina de la parroquia hay explotación sexual de niñas”. Así resultaron detenidos aquellos rufianes y clientes en pleno proceso de explotación sexual de las niñas de doce años. Es preciso conocer las estrategias para intervenir en estas situaciones: aparecer en el momento exacto con los testigos necesarios. Pero, otra vez el problema: cómo avanzar con estas niñas a las que es muy complejo rescatar porque no imaginan ser víctimas: ellas están “trabajando”. La necesidad de refugio para algunas, las que admitían quedarse sin intentar huir, ¿dónde alojarlas?

Un refugio continuaba siendo la clave para incorporar a las víctimas de trata que Claudia lograba rescatar ahora con un apoyo oficial y las fuerzas de seguridad, no obstante repleto de limitaciones. No había ley federal que permitiese a los jueces sentenciar y detener a los rufianes y estos mínimos equipos profesionales –se había incorporado una psiquiatra– trabajaban sin red, haciendo malabarismos y arriesgándose personalmente. El auto de Claudia apareció chocado varias veces y es mejor no preguntarle a ella por qué repentinamente le asalta un antiguo dolor en el hombro derecho, definitivamente lesionado, producto de un enfrentamiento con un rufián para arrancarle a una víctima de entre las manos.

El joven cura comenzó a interesar a sus superiores de la Orden de los Jesuitas para que conocieran el terreno, la calidad del problema y la experiencia de quienes formaban la Coalición. Algunos de sus miembros, profesionales y empresarios, no sólo impulsaban la construcción de un refugio, intervenían en su diseño y proyecto, pero todavía faltaba... Trabajadoras sociales, psicóloga y psiquiatra trabajaban ad honorem hacía años.

El refugio

de Misiones

Mientras, y en contacto con Claudia, en el Ministerio del Interior de la Nación preparábamos el proyecto para la ley contra la trata que atravesó distintos avatares antes de llegar a su sanción, en el año 2008. No era la legislación que nosotras habíamos propuesto, pero ése es otro tema. Por fin se modificó correctamente en el año 2012.

El entonces ministro del Interior decidió lanzar un Programa Nacional contra la Trata de Personas y eligió Misiones para hacerlo. En el Programa Las Víctimas contra las Violencias habíamos creado la Oficina de Rescate y Acompañamiento para las personas damnificadas por el delito de trata. Se trabajó con las fuerzas de seguridad de la provincia para enseñarles que no se trataba de prostitutas sino de víctimas. Complejo aprendizaje para los hombres de las fuerzas de seguridad.

Quienes comenzamos a trabajar en trata con la ley recién aprobada, en Buenos Aires, teníamos el mismo problema: ¿adónde llevar y alojar transitoriamente a las mujeres rescatadas? Una congregación religiosa puso a disposición del Programa las Víctimas contra las Violencias una de sus casas, para compartirla con las monjas. No era eso lo que se precisaba. Hasta que se alquiló la casa refugio en Buenos Aires.

Mientras tanto, ¿cómo se las arreglaban en Misiones? Durante el año 2011, el joven cura viajó a Holanda para entrevistarse con quienes podían aportar una donación lo suficientemente importante como para construir una casa refugio en Misiones de acuerdo con las necesidades de estas víctimas, que no deben mantenerse encerradas como estuvieron por años, ni custodiadas por carceleras. Durante sus estadías en el refugio comenzaría el proceso de rescate psicológico que los equipos de la Coalición conocían muy bien por los años que llevaban trabajando con mujeres rescatadas por el personal policial junto con Claudia y Beatriz, que también se encargaban del dificilísimo diálogo con los jueces.

Seguramente él describió con claridad y pasión el tema de la trata de personas: regresó con una donación de la Fundación Bemberg y así se compró el terreno y se empezó a diseñar el refugio tal como se había soñado. La empresa constructora Eterhaus, que ya se había entrenado en diseñar proyectos (gracias a los hermanos Juan Ignacio y Carlos Martos, arquitecto e ingeniero agrónomo que jamás cobraron por su trabajo), ahora podía empezar a construir. Claudia les describió durante horas las características de los lugares donde las tienen encerradas para la explotación. Recordó sus diálogos con las víctimas. Sobre todo aquellas cosas que se repetían, por ejemplo, los inodoros dentro de los cuartos, las ventanas pequeñas y con rejas, no tener lugar donde guardar la ropa, no poder circular al aire libre, tomar un mate o un tereré a la sombra por la tarde. Así empezaron las primeras paredes del Refugio Mburucuyá para las Víctimas de trata y víctimas de explotación sexual.

Contra el encierro

¿Cómo iba a aparecer en la zona esta nueva construcción habitada por personas desconocidas? Había que hacer trabajo comunitario con los vecinos del barrio, localizado en una zona campestre. Contarles para qué se estaba construyendo este refugio y explicarles quiénes ocuparían esa casa. Fue necesario sensibilizar acerca de la posición de víctimas de trata.

El director del refugio, el doctor Luis Nelli, psicólogo, tuvo a su cargo la regulación de las obras juntamente con quienes diseñaban los planos y medían las áreas del terreno, ya que los componentes psicológicos que sería necesario contemplar como contrafigura del encierro padecido por las víctimas constituían la clave de esta construcción.

El terreno fue trazado en forma de mesetas para darle distintos niveles, desde la planta de entrada, la zona de los canteros con sus primeros brotes; el siguiente nivel, las casas, los cubos donde están los baños y los espacios verdes, jardines y zonas abiertas bajo los árboles frondosos. Los artefactos de luz (incluidas dos farolas de jardín) y todos los ambientes tienen sus ventiladores de techo que también donó la empresa.

El conjunto está preparado para que el paisaje verde impregne la mirada. No hay una sola reja y las casas han sido construidas en forma separada para que cada una de ellas la habiten cuatro personas. Un total de ocho mujeres. Sin necesidad de estrujarse los cuerpos en promiscuidades espaciales. Los caminos de cemento conectan los espacios de manera que se recorten sobre la tierra y el césped que acompaña la fronda de árboles que compone el paisaje. Una habitación especial por si la madre o un familiar de una víctima necesita estar acompañada durante un tiempo. Otra habitación y baño destinados a consultorio, cercano al ingreso y al lado de la sala para reuniones. La profesora de computación, los psicólogos, la trabajadora social, la profesora de gimnasia disponen de sus horarios para el trabajo con las mujeres alojadas. Concurrirán a la escuela que se encuentra dentro del vecindario.

En la puerta del refugio tres enredaderas de mburucuyá comienzan a trepar por los pilares de madera que sostienen la pérgola de ingreso, pequeña galería para la sombra que anuncia la entrada a la casa central.

Ha sido pensado y diseñado por quienes han convivido durante una década con víctimas de trata y conocen los andariveles de horror y terrores por los que estas mujeres han transitado. También saben cuándo es posible esperar recuperación y cuándo la destrucción de esa persona no le deja espacio físico y psicológico para rescatarse a sí misma.

La batalla ideológica se libró en las características del refugio. Se pudo eludir el habitual alquiler de caserones para crear una estructura pensada en la reinserción de las víctimas en la comunidad.

Este refugio, que es la concreción de un sueño, está muy lejos de posibles idealizaciones. En él se va a trabajar con mujeres que han sido dañadas fieramente y que no siempre quieren o pueden salir de su estado de destrucción.

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