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Viernes, 16 de enero de 2015

VIOLENCIAS

La puerta abierta a otra vida

El abuso sexual es el maltrato infantil menos visible, la inmensa mayoría de los agresores son varones de la familia, personas que se aprovechan de los lazos de confianza o afecto para saciar sus pulsiones, para manipular a las víctimas en nombre del amor y conseguir su silencio. Pero esa complicidad no deseada con los abusadores puede romperse y, cuando el silencio se acaba, la vida entera cambia. Este año empezó para Rocío Girat, la joven que debió ir a los medios para lograr que encarcelaran a su padre violador, haciendo campaña contra la violencia de género. Paula, la protagonista de esta nota, ya la había visto en la televisión poniendo palabras justas para la violencia que sufrió y aunque ella también había empezado a hablar le dio más impulso todavía, el mismo que ella espera ofrecer a quienes todavía callan a través de su historia. Porque después de denunciar, Paula “sólo (toma) buenas decisiones”.

 Por Sonia Tessa

Paula estaba terminando la secundaria cuando pudo enfrentar a sus padres y contarles que el papá de su mamá había abusado de ella durante diez años. Era tal el peso de la culpa, que lo dijo de otra manera: “Creo que el abuelo está enamorado de mí”. La primera reacción de la madre de Paula fue preguntarle si no había podido negarse. Le llevó algún tiempo saber que no, no había podido. El abuelo, un contador que hoy tiene 86 años, está procesado en la Justicia provincial de Rosario por abuso sexual agravado por el vínculo. Ahora Paula tiene 21, aprobó algunas materias de cuarto año de la facultad, está en pareja, y quiere contar su historia sin develar su identidad. Le da miedo que alguien entre sus compañeros adivine que esa compañera simpática, un poco tímida pero cada vez más sociable, es también la niña abusada. Por eso prefiere evitar las fotos, aun de espaldas. Rocío Girat, en cambio, se vio obligada a dar la cara en todos los medios del país para hacerles entender a los integrantes del Juzgado Criminal Nº 3 de Mar del Plata que sólo podía rehacer su vida si su padre, el suboficial de la Armada Marcelo Girat, iba preso. Durante diez años la había violado. Se hizo justicia, el violador está detenido en la cárcel de Batán. Y el 5 de enero, Rocío desfiló en las escalinatas de Playa Grande como figura de la campaña de Ona Saez, en Mar del Plata Moda Show. Al final, junto a varias celebridades, la chica levantó carteles contra la violencia de género.

Rocío no llegó a advertir la ovación que recibió porque “estaba muy nerviosa” pero está contenta por haber participado. “Lo tomo como una manera de difusión. Si Ona Saez, desde su lugar, hace remeras con frases contra la violencia, si el médico se enfoca en hacer investigación sobre esto, si todos desde nuestro lugar de trabajo vamos poniendo un granito de arena, podemos ayudar a que se tome conciencia”, dice Rocío sobre su nueva fortaleza. “Hace tres años que vengo digiriendo lo que me pasó y mientras tanto me dediqué a vivir, como pude. Ahora estoy mucho más tranquila y descubriéndome, lo que enfocaba mi vida ya no está y no me considero una persona infeliz”, dice con un poder de síntesis admirable.

Paula vio el programa de Mirtha Legrand que tuvo a Rocío de invitada. La joven marplatense tuvo que hacer docencia con la conductora. Por ejemplo, debió corregirla cuando le preguntó si su padre tenía “relaciones” con ella. “Violaciones”, subrayó Rocío. Para Paula fue revelador, al igual que para otras mujeres que pasaron por lo mismo. Así lo contó Iara Carmona, también víctima de violaciones de Carlos Marcelo Cuello, el esposo de su madre, un policía bonaerense absuelto por el Tribunal Oral Nº3 de San Martín en noviembre pasado. Iara fue a los medios, también, empoderada por el antecedente de Rocío Girat. En el caso de Paula, la Justicia la escuchó, y eso también le da margen para mantener su intimidad. “Me acuerdo de que me sirvió mucho cuando leí del caso de Rocío Girat. Justo estaba en un buen momento, así que me impulsó más. Y verla hablar tan entera en el almuerzo con el dinosaurio...”, cuenta Paula por chat. El dinosaurio: Mirtha Legrand. Ella no registra el paralelo con su propia valentía de enfrentar a buena parte de su familia para denunciar el abuso sufrido.

Rocío debió hacer público el incesto para lograr que su padre fuera a la cárcel. Paula quiere contarlo con la intención de ayudar a descorrer el velo del abuso sexual infantil, en el que ella encuentra nuevos pliegues cada vez que recuerda una frase, alguna arista de la manipulación que vivió durante diez años. “¿Qué cambió en tu vida desde que lo contaste?”, es una de las preguntas de la entrevista. Paula piensa, se queda callada y unos días después responde por mail: “La sensación es que desde ese día tomo buenas decisiones”. Paula recién después de denunciar el abuso pudo enamorarse. Primero, estuvo en pareja dos años con un chico. Se separó. Empezó a preparar, con tiempo, la mudanza para vivir sola. Tiene nuevas amigas, duerme casi siempre sin problemas. Incluso, decidió concluir el tratamiento psicológico que había empezado antes de revelar el secreto. Hace un par de meses, decidió cortarse el pelo bien corto. Ese día estaba contenta con su vida. Aunque es tímida, esa tarde Paula se hizo ver por una compañera que ya había fichado en los pasillos de “la facu”. La chica en cuestión la invitó a salir. Y llevan dos meses de novias. Paula todavía no le contó su historia, aunque ya le dio un indicio. “Es una larga historia”, le respondió cuando le preguntó sobre la familia ampliada. Paula se enoja porque muchas personas relacionan el abuso sufrido con su bisexualidad. No quiere entrar en ese molde. Un estudio de la organización Save the Children, con cifras de Naciones Unidas, sostiene que “una revisión de encuestas epidemiológicas de 21 países, principalmente países de ingreso alto y medio, halló que por lo menos el 7 por ciento de las mujeres (variando hasta 36 por ciento) y el 3 por ciento de los hombres (variando hasta 29 por ciento) afirmaron haber sido víctimas de violencia sexual durante su infancia”, rescata esta organización. El panorama se completa si se tiene en cuenta que –según publicó Unicef Argentina– “el abuso sexual es el maltrato infantil menos denunciado, los agresores suelen ser varones y 8 de cada 10 casos son los padres, esposos o parientes”. Los relatos que aparecen de manera recurrente en cualquier grupo de mujeres dan cuenta de que las lesbianas serían mayoría si hubiera alguna relación entre abuso y preferencia sexual.

Paula no derrama ni una lágrima mientras cuenta su historia. Esta nota comenzó a gestarse mucho antes de octubre, cuando la historia de Rocío salió a la luz. Fueron varios encuentros con Paula, que sigue reflexionando sobre lo vivido. “Antes no podía dormir boca arriba, porque cuando estaba acostada en esa posición en la casa de mi abuelo, él aprovechaba para manosearme”, cuenta. Otra novedad de la nueva vida de Paula son los vestidos y las polleras. “Antes no podía usarlos, me negaba. Y mi abuelo me lo pedía siempre, me decía que así era más fácil que él pudiera tocarme sin que nadie se diera cuenta si entraba de golpe en la habitación.” Ahora afronta el calor rosarino con vestidos cómodos y estampados, escotados, cortos. Más de una vez, Paula dirá que lo peor no eran los hechos –que para nada minimiza– sino lo que su abuelo le decía. De vez en cuando le aparecen imágenes, frases, situaciones que vivió durante diez años, como ráfagas. “La mayor parte del tiempo pienso que ya lo superé, pero muy cada tanto algo vuelve”, describe. No fue fácil para ella entender que ese hombre que tanto quería le estaba haciendo daño. “No me puedo acordar de todo de golpe porque fue mucho tiempo, hubo muchas horas de charla a la madrugada o a cualquier hora. Hay frases que se me escapan, pero me doy cuenta de que en algún lado las tengo.” Ahora puede tomar distancia y entender que su abuelo la dominaba de una manera bien concreta. “Yo era la culpable de lo que pasaba, así me hacía sentir.”

La historia de Paula

Durante diez años, entre sus 7 y sus 17, Paula sabía que ir a la casa de su abuelo era sinónimo de “soportar” algo que no le gustaba. El papá de su mamá era posesivo con su nieta, le decía que lo que pasaba era “entre ellos”, que se “iba a pegar un tiro” si ella “no le daba bola”. Aprovechaba que la esposa dormía en la planta alta, para tocarla, besarla, hacerse tocar en la planta baja de su casa, en el macrocentro de la ciudad. El hombre cerraba el círculo acusándola de provocarlo. Paula habla pausado, se toma tiempo para elegir cada palabra.

Pudo hablar cuando estaba terminando la secundaria, en julio de 2010. Primero confió en la psicóloga que trabajaba en su escuela. El primer paso lo dio una noche de julio de 2010. Una de las rutinas era que Paula se quedaba al menos una vez por semana a dormir en lo de su abuelo. Si la chica no iba, empezaban los reclamos. Esa noche durmió allí. “Fue la última vez que me tocó. Me acuerdo de que me fui a dormir y me sentía muy mal, como todas esas veces, y pensé en mandarle un mensajito a la coordinadora de los talleres de adolescencia de la escuela”, cuenta Paula sobre esa noche bisagra en la que no pudo callar más. Estaba a punto de ir a Bariloche en su viaje de estudios y por entonces era extremadamente retraída. “No era la primera vez que me pasaba de... pensar en decirle a alguien. Me dije que no, que era medio tarde para mandar un mensaje. Pero me di cuenta de que ya muchas veces lo había pateado para adelante y que si esperaba hasta el día siguiente, no iba a decir nada otra vez. Ahí lo mandé”, expresa con la distancia de los cuatro años transcurridos. El texto del SMS es elocuente: “Te tengo que contar un ultrasecreto si me prometés que no le decís a nadie”. La profesional la escuchó, y le hizo comprender que se trataba de algo grave, que no podía seguir en silencio.

La idea de delito apareció de la mano de un amigo. Paula primero le contó a esta psicóloga y luego fue confiando en algunos amigos muy cercanos, antes de decirles a los padres. Fue su mejor amigo quien dijo la palabra mágica. “Cuando le conté a Pablo, se puso como loco, y mencionó que hiciera la denuncia. Ahí caí en la cuenta de que era algo que no sólo estaba mal, sino que era ilegal”, dice Paula. Todavía se viste hippie, pero cada vez oculta menos su cuerpo. El reproche por los kilos de más era recurrente de parte de su abuelo, que la conminaba a adelgazar. También es un tema que preocupa a su mamá. Hace dietas, como cualquier joven, pero su look es bien informal. Nada de ropa de marca ni de pantalones ajustados.

Lo más difícil fue decírselo a sus padres, los dos docentes de colegios secundarios. En los meses previos a contarles, volvió a la casa de sus abuelos para algún festejo. Incluso, pasó con ellos el Día de la Madre. El 25 de octubre, Paula tomó coraje. Todavía prevalecía la culpa por sentir que no podía corresponder a los sentimientos del anciano, una idea que tardó meses en irse. La mamá no toleró seguir escuchándola en ese momento. La adolescente terminó de contarle al papá, en un bar, que tras la charla tomó un calmante. Al volver a su casa, Paula pudo hablar con la madre, que fue tomando dimensión de lo que pasaba. La revelación les permitió entender recién entonces por qué la chica se cortaba la cara ella misma con cuchillos, vivía angustiada y no podía dormir.

El miedo de hablar con sus padres era, básicamente, “hacerles mal a ellos”. Cuando pudieron entender lo que ocurría, recibió apoyo. “Me plantearon entre los dos que iban a hacer lo que yo quisiera, que no estaba obligada a nada, que si yo quería hacíamos la denuncia y si no, no”, cuenta la joven. La hicieron, en la Comisaría de la Mujer. En los informes de la médica forense Alicia Cadierno, aclaró que “no se advierten en la joven signos evidentes de alteraciones morbosas o deficitarias de sus facultades mentales ni de personalidad con particular tendencia a fabulación o mitomanía”. Las pruebas tan contundentes –declaraciones de la psicóloga en la que confió por primera vez y la profesional que la trataba, chats en los que el abuelo la celaba como una pareja fueron algunas– impidieron que se pusiera en duda su palabra. Paula se pregunta qué hubiera pasado de no ser así. “Empezás a dudar de vos misma, en algún momento yo lo hice. Más que nada porque es más fácil decir ‘a mí no me pasó, estaré loca, me lo habré inventado’ que asumirlo y hacer algo para revertirlo”, piensa en otras chicas que sufren además el descrédito de quienes deben ampararlas desde las instituciones.

Al principio, Paula se decidió a hablar sólo cuando supo que, al ser mayor de 70 años, su abuelo no iría a la cárcel. El informe de la psicóloga del Centro de Asistencia a la Víctima de Violencia Familiar y Sexual, Natalia Fantina, lo consignó con referencia a frases concretas. “La víctima relata de situaciones de abuso durante diez años por parte de su abuelo que no fueron explicitadas en ningún momento por haber sido naturalizadas (‘me parecía algo normal’, comenta) y luego por operar en la menor importantes sentimientos de culpa (‘no quería hacer sentir mal a mi mamá’, ‘él me convencía, me hacía sentir culpa, me decía que si yo no le daba bola se iba a pegar un tiro’).” La profesional consideró que “evidentemente Paula tiene una posición ambivalente respecto de su abuelo (‘siempre lo quise como abuelo, lo consideraba un buen abuelo, pero ahora que me he permitido pensar mejor las cosas me parece que es un hijo de puta’). Así y todo se sintió muy aliviada al enterarse de que una persona mayor no puede estar detenida fuera de su hogar, animándose entonces a radicar la denuncia”.

No es lo mismo que siente Paula ahora. Desde entonces, pudo repensar lo vivido. Hoy le pide a la Justicia que el anciano “no vuelva a salir a la calle”. Y evita pasar cerca de la casa donde ocurrieron los abusos, incluso en colectivo. “Me ha pasado de verlo en la calle y eso me hizo muy mal.” La primera vez que lo vio, Paula estaba con un amigo que llevaba su guitarra. “Mi amigo me tapó con la guitarra y mi abuelo no me vio.” La segunda vez, ella lo divisó en la peatonal céntrica de Rosario, de espaldas. “Salí corriendo, corrí durante tres o cuatro cuadras. Creo que ahí tampoco me vio. Por las dudas, no miré para atrás”, relata. Hubo una tercera vez. “Subí a un colectivo, y ahí sí me vio. Yo subí, él estaba sentado en los primeros asientos y antes de marcar la tarjeta, le pedí al chofer que pare, me bajé corriendo y le hice fuck you”, cuenta Paula sobre su reacción. “Corrí mucho, y ahí sí, me vio, y me hizo un gesto por la ventanilla.” Paula lo decodificó como un “qué lástima que te bajaste”. “Esa fue su mirada”, dijo. Era su miedo materializado.

En la causa judicial, su abuelo declaró “con una carga de misoginia que resultó contraproducente”, contó la abogada de Paula. El hijo del acusado –hermano de la mamá de la denunciante– planteó que la chica mentía porque tenía un trauma, por ser hija de dos personas que no están casadas legalmente. Para Paula, esas palabras fueron un golpe. En Tribunales, la declaración del tío resultó un arma de doble filo para el acusado.

Convocada a participar de la entrevista, S., la mamá de Paula se negó. Nunca más vio a su padre y prefiere no hablar del tema públicamente. En la Justicia, la mamá sí declaró. El frío lenguaje del sumariante le resta sensibilidad al relato, pero permite entender lo que vivió. Apenas supieron lo ocurrido, los papás de Paula quisieron una entrevista con la psicóloga. “La psicóloga nos recomendó que evitáramos la exposición, porque Paula venía con mucha angustia y padecimiento a raíz de esta situación de abuso y además, nos explicó lo terrible que es para un niño ser objeto de goce para un adulto, y más en quien uno confía, como es el abuelo”, relató en Tribunales la mamá de Paula.

Justamente, aquello de “pegarse un tiro”, fue un indicio fuerte para S. Su papá había usado esa expresión en otras situaciones. Siempre supieron que era mujeriego pero ésas son cosas que las familias también naturalizan. “Paula es muy dulce y cariñosa, muy inteligente y tiene mucho juicio crítico, es vaga para estudiar, ahora entiendo que tenía en la cabeza temas más importantes para pensar”, dijo la mamá ante la jueza. Cuando ella quería hablar con su hija sobre las angustias que sufría, sobre las autoagresiones –pensaba que se trataba de una resistencia a crecer– Paula le pedía tiempo. Hoy Paula siente que no puede hablar del tema con su mamá, porque “siempre terminamos levantando la voz”.

J., el papá, habló en Tribunales de “una sensación de dolor y rabia” y admitió que al principio “no sabía cómo reaccionar”. “Es una chica inteligente, esto le quita un pedazo de su infancia, tiene un amplio sentido del humor”, describió J. a su hija. “Nos costó muchísimo, en un primer momento, mi mujer le recriminó (a Paula) por qué no nos dijo antes, pero yo creo que nos dijo cuando pudo, fue imposible para ella contarnos antes”, dijo J. En la primera charla, Paula le dejó claro que había “detalles” que jamás podría decirle a su padre. Ahora, el hombre revisa lo ocurrido. “Luego de lo sucedido, uno se pone a pensar en algunos detalles que pudieron ser indicios de lo sucedido pero era imposible darse cuenta, es como hablar con el diario del lunes”, declaró.

Mientras tanto, Paula recuerda que, cuando tenía siete años, su abuelo le preguntaba qué era coger, y “cosas así”. “Se refería a nosotros como pareja, y digamos que siempre estaba el tema sexual dando vueltas”, rememora. ¿Por qué se decidió a encarar una entrevista? Paula es clara: “Mi objetivo es que a alguien le sirva para transformar todo esto. Yo sé que todo suma, así sí podría sentir que transformo todo esto que me pasó en algo completamente distinto”.

Lo que sabe ahora, que atravesó tantas barreras, es que “en mi caso, era claro que yo tenía una relación inusual con mi abuelo. Por supuesto que no se veía nada explícito, pero aparte de quedarme a dormir en la casa una vez por semana, él me llamaba casi todos los días. Chateaba conmigo, si mi vieja iba a su casa y yo no, él preguntaba por qué. Me reclamaba todo el tiempo. Aparte, me llevaba siempre a todos lados, mucho más que a mi primo, por ejemplo. Y a eso se suma mi malestar, que me llevó a cortarme la cara con un cuchillo. No digo que esté clarísimo, pero por ahí hay que estar atento a juntar esos cabos sueltos”, describe la joven. Siente que sus palabras pueden servir de alerta a otras personas para advertir signos que van más allá de las palabras.

Paula encontró contención en su familia y amigos, una abogada que la acompañó y una fiscal –Cristina Herrera– que tomó su causa con convicción. El agresor está procesado por abuso sexual agravado por el vínculo por la jueza Roxana Bernardelli en primera instancia y el procesamiento fue confirmado por una Cámara de Apelaciones, aunque continúa libre bajo fianza. La causa se encuentra en sentencia, una etapa que puede demorar años; la denuncia se presentó cuando en la provincia seguía vigente el moroso sistema escrito. Paula no le cuenta a cualquiera su historia. A veces, siente la necesidad de hacerlo, cuando entra en confianza. Ahora quiere pasar a otra instancia: elegir ella misma cuándo abrir la puerta de su intimidad.

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