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Viernes, 6 de febrero de 2015

VISTO Y LEIDO

Sin aliento

En Felices los felices, Yasmina Reza delinea dieciocho personajes que se entrelazan con la velocidad luz del pensamiento. De felicidad, pocas noticias.

 Por Flor Monfort

De felices no tienen nada. O un flash que siempre aparece en el pasado, o en los sueños, o llega con la muerte. La pluma de Reza va tan rápido como la mente y a veces le saca varias cabezas, porque allí donde otrxs narradorxs se desviven por pintar al personaje de los pelos a los dedos, ella se detiene en el pequeño movimiento que delinea con precisión quirúrgica, y de colores y siluetas, nada. Cuerpos que se acomodan a la conversación, como el compañero ocasional de la sala de espera donde una mujer se hace quimioterapia, cuerpos que se vuelven ceniza dejando pesados rastros, como el Padre que deja más penas que vacas cuando abandona el mundo y reúne a muchos de los protagonistas del libro en un funeral desopilante y triste al mismo tiempo. Cuerpos que se reencuentran en el calor de la cama de madrugada para desencontrarse apenas se vuelve a activar la rutina. Reza no aprieta enter nunca, y en esa hiperventilación radica su genialidad y también el cartel de frágil de sus personajes: porque los hace hablar, sentir y moverse al mismo tiempo, como en la misma vida.

¿Pero quiénes son ellxs? En la estructura del libro, meros nombres que hablan en primera persona en no más de seis páginas cada uno. Dos matrimonios hacen base en la historia, y desde cada uno se puede espiar el mismo mundo, sólo que la duplicidad de puntos de vista multiplica la distorsión: Odile y su marido Robert Toscano. ¿Quién puede resistirse a esta primera oración? “Fuimos al supermercado a hacer las compras del fin de semana”, dice él, enumerando el ritual de la pelea y la vuelta a la normalidad con el vértigo de un carrito que se desliza sobre el hielo. Cuando toca el turno de ella, la frialdad vuelve a instalarse, pero esta vez en el espacio doméstico, el ring donde entran en juego los hijxs, los baños, las peleas con amenaza. Más tarde desfila su matrimonio amigo, los Hutner, pareja sólida pero con una grieta que los vuelve tan “normales” como los anteriores: su adorado hijo cree que vive en el cuerpo de la cantante Celine Dion. El humor está a la altura de las circunstancias y así se deshoja cuando el varón de la pareja, Lionel, les cuenta a sus amigos el temible secreto por el cual el matrimonio se replegó cada vez más sobre sí mismo. Las risas explotan y el aullido se instala en quien lee.

A esta altura, Reza (París, 1959) es una especialista en las relaciones humanas, y ella misma da las pistas de su híper especialización, con palabras clave como burgués, amante, cáncer. Preocupaciones de esa clase media francesa que tan bien suele calar en nuestro Buenos Aires híper psicoanalizado que hoy agota esta novela en las librerías. “Bribón, embustero, despiadado. Yo misma no debo estar en mis cabales para haber pretendido que ese hombre me ame. A las mujeres las seducen los hombres monstruosos, porque los hombres monstruosos se presentan enmascarados como en el baile. Aparecen con mandolinas y engalanados. Yo era guapa. Ernest era posesivo y sus celos se me antojaban amor”, dice la madre de Odile, Jeannete Blot, en nombre de toda una generación de mujeres para la cual la norma es apostar a un hombre para toda la vida, sin demasiado oxígeno para pensar en otra cosa, y que con el correr de los años se da cuenta de que perdió el tiempo y que el amor es otra cosa. Una otra cosa que queda rebotando entre las páginas: las parejas que funcionan se tienen que engañar parece mandar el lugar común, y el monólogo de Paola Suares, amante de Luc Condamine, sobre la joven independiente que quiere ser dueña de su destino pero se solidifica en una amante de pronto amargada, es brillante. Y así otras y otros, no queridos, apartadxs, desnudxs y finalmente, solxs.

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Felices los felices
Yasmina Reza
(Anagrama)
 
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