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Viernes, 20 de febrero de 2015

MúSICA

Ellas también suben

Cada año, en Semana Santa, ochenta bandas de sikuris con tres mil músicos y otros tantos peregrinos suben 18 kilómetros por los cerros, desde Tilcara hasta el Santuario del Abra de Punta Corral, en Jujuy. La Banda Virgen de Guadalupe es una de las cinco formadas íntegramente por mujeres que se internan tres días en la montaña siguiendo esta peregrinación sincrética. Una entrevista con ellas en la cima, a poco más de un mes de volver a cargar los bombos al hombro.

 Por Julián Varsavsky

Sobre el filo de la montaña una hilera interminable de hombres músicos avanza en procesión hasta desaparecer, uno tras otro, dentro de una nube. Tocan bombos, platillos, redoblantes y sikus, ese aerófono andino casi milenario. Desde atrás de un cerro aparece otra fila con medio centenar de ejecutantes que bajan hacia lo profundo del valle, haciendo vibrar la tierra con un estampido: es la banda de sikuris Virgen de Guadalupe, con sus sesenta mujeres emponchadas protegiéndose del sol con vistosos sombreros multicolor.

La celebración de la Semana Santa en Tilcara comienza el Domingo de Ramos con las bandas entonando las primeras melodías frente a la iglesia. A media tarde la procesión parte hacia lo alto del cerro. La subida es dura y todxs van cargados con pesadas mochilas donde están la carpa, la bolsa de dormir, la comida y la bebida. Además los músicos llevan el instrumento que tocarán durante tres fatigosos días en los que apenas dormirán.

Las integrantes de la Banda Virgen de Guadalupe avanzan con el mismo brío que las bandas masculinas y visten unas sugerentes calzas blancas bajo el poncho, que no son indiferentes a los ojos de los peregrinos, quienes hacen comentarios por lo bajo.

La procesión es un canto a la diversidad: kollas “rubios” con flequillo emo y anteojos negros, sikus fabricados con caños de PVC, pantalones anchísimos con estampas de calaveras, mochilas Patagonia, zapatillas con cámara de aire, ushutas modelo inca, borceguíes, zapatos de charol, polainas de lana de llama, cordones flogger –uno naranja y otro verde flúo–, un sobretodo tejido a mano con barracán, ponchos de todo tipo y color uniformando bandas, una campera Ferrari y otra de Los Tigres del Norte, boinas rojas, camufladas y rosadas con pompón, cascos mineros con linterna, chulos peruanos, rebeldes bufandas palestinas, aguayos con la guagüita en la espalda y gorras de béisbol.

A medianoche la banda llega a la planicie del Abra de Punta Corral, en medio de una oscuridad absoluta. El santuario tiene un perímetro cuadrangular de una hectárea delimitado por una pirca de piedra y barro. En su interior están la iglesia, centenares de carpas y unas precarias casitas de adobe. En una de ellas dormirán las mujeres devotas de la Virgen de Guadalupe.

Antes de instalarse, la banda ingresa a la modesta iglesia de adobe, avanzando de rodillas en doble fila unos 15 metros hasta el altar. Van con la carga en la espalda y tocando con todas sus fuerzas, mientras otras bandas hacen cola para entrar.

De madrugada

A las 5.30 de la mañana siguiente las bandas comienzan a tocar otra vez, haciéndole frente a un viento helado que raja la piel. Y parten hacia la cima del Cerro de la Cruz, que roza los 4000 metros. Al mediodía las bandas regresan al santuario y las chicas están exultantes y enérgicas, con pocos signos de cansancio.

A las 4 de la tarde todos participan de la Misa de los Sikuris al aire libre, donde el cura dice cosas de cura desde un tablado. Las bandas, impacientes, tocan encima de su voz monacal. El padre reclama un poco de silencio y los músicos paran un rato. Pero es una misa rara, con todos de pie y las bandas desesperadas por volver a tocar.

El ambiente es el de una fiesta pagana a punto de explotar, hasta que el cura improvisa un cierre y levanta un sikus hacia la multitud como si fuera un trofeo. Las bandas lo interpretan como una señal de liberación y se desatan con fuerza compitiendo entre sí. Las chicas se abren espacio en el caos sonoro a la par de los hombres, a pesar de ser minoría absoluta.

Hasta muy tarde en la noche las bandas siguen activas y Gladys Ramos –vicepresidenta y capitana de la banda– se hace un tiempo para conversar.

–Nosotras surgimos porque en la ciudad de Humahuaca muchas chicas queríamos integrarnos a la banda de sikuris creada por mi mamá hace años, pero los varones eran muy mezquinos y no nos dejaban entrar –cuenta Gladys, sentada en el suelo de tierra de un rancho de adobe, sobre un mullido cuero de oveja con su lana. Esta banda femenina se creó en 2003 y hoy son unas 45 mujeres, con edades de 6 a 50 años.

Doña Eva –la madre de Gladys– fundó dos bandas: la de hombres –dirigida por su otro hijo– y la de mujeres. Gladys cuenta que de chica su madre subía con sus doce hijos a la peregrinación, un rito que repitió durante 65 años. Al más chico de sus hijos lo traía colgado en la espalda, otros a pie y más de uno subió dentro de su vientre.

En la banda Virgen de Guadalupe hay madres que tocan con sus hijas, hermanas, primas y vecinas. Y lo mismo sucede en la banda del hermano de Gladys. A veces, cuando se lo solicitan las mujeres, los hombres las ayudan a cargar los enormes bombos sobre la espalda. También suelen estar atentos por saber dónde está la banda femenina durante la subida y si han llegado bien. La bajada la hacen juntos tocando las mismas melodías.

Carlos es hermano de Gladys y presidente de las dos bandas. “Como los hombres siempre quieren acaparar todo, sería muy difícil una presidenta mujer. El sirve tanto para los varones como para nosotras.” La división del trabajo por género está presente en la logística: los hombres buscan leña y las mujeres cocinan.

La participación de las mujeres en las bandas de varones va en aumento. Antes sólo llevaban el estandarte y la “varita”, además de ocuparse de la comida y el botiquín. Luego comenzaron a verse algunas pocas tocando instrumentos secundarios, como los platillos y el redoblante. Y ahora ya hay algunas que dentro de bandas masculinas tocan el sikus, siempre de a par con otra mujer (las bandas tocan de a pares de instrumentistas en fila).

La banda Virgen de Guadalupe se junta a ensayar apenas tres semanas antes de la celebración. Entre ellas se enseñan a tocar quenas, zampoñas y bombos, siguiendo una tradición familiar. Porque en la Quebrada de Humahuaca la música se aprende de manera natural, en ámbitos familiares y sociales: casi todos son músicos pero muy pocos profesionales.

La dualidad simbólica

–Cada integrante de nuestra banda lleva la cuadriculada bandera wiphala para demostrar que tenemos arraigados nuestros orígenes y no nos olvidamos de cuál es nuestra cultura. Así nos identificamos diciendo que todavía tenemos algo de los pueblos originarios –dice Gladys Ramos.

–¿Algo? –le pregunto.

–Sí, porque hemos perdido muchas cosas, como la forma de vestirnos; hay gente a la que le da vergüenza ponerse un poncho, la pollera de barracán o andar con trenzas. Hemos perdido parte de nuestra identidad, y la forma de demostrar que aún preservamos algo de nuestros ancestros es portando la wiphala –asegura Gladys con su tono siempre reposado.

La banda de los varones lleva también la bandera del Vaticano. Consultada sobre esa aparente incongruencia, Gladys explica que además llevan la bandera de México por la Virgen de Guadalupe y la Argentina: “La bandera papal es porque nos han criado con esa religión católica, pero en realidad hay mucha mezcla de culturas. Los sikus son algo cultural, no religioso. Nosotros fuimos criados mitad católicos y mitad aborígenes, llevamos la bandera papal por respeto a la Iglesia. Yo, por ejemplo, no festejo el 12 de Octubre. Pero como a mis papás y abuelos los criaron con esa cultura ya mezclada, usamos esto. Pero en general tiramos un poquito más para nuestra cultura que para la Iglesia. Nosotros estamos ligados a la Virgen o la Pachamama. Si nos hubieran criado y enseñado con lo que era nuestra verdadera cultura, capaz que ahora ésta sería solamente una fiesta como las que se hacían antes de la conquista”.

El miércoles de Semana Santa a las 5 de la mañana se hace en Punta Corral la misa de despedida –aun en plena noche, al aire libre, entre la bruma– y la procesión parte del santuario hacia Tilcara con la Virgen a cuestas.

Luego de cinco inspiradas horas, las dos bandas lideradas por hermano y hermana terminan su recorrido bajo la lluvia. Por un angosto sendero con un arroyito en el centro llegan a Tilcara embarrados hasta las pantorrillas y con los cuerpos exudando alcohol. Hombres y mujeres están exhaustos por igual y eufóricos. Y otra banda que lleva la imagen de la Virgen al frente les entrega la estatuilla a unos hombres vestidos de soldados romanos.

Según el antropólogo Axel Nielsen, es en este pase de manos de la Virgen cuando la institución católica recupera simbólicamente el control de la fiesta, que montaña arriba funcionaba bajo una lógica distinta, más aborigen, donde se encienden fuegos, se bebe en exceso y se baila casi sin parar durante tres días, especialmente en la noche cuando no hay misa.

Punta Corral sería, según la visión del antropólogo, uno de los tantos santuarios de altura hacia donde peregrinaban las culturas andinas, que fue reapropiado por la Iglesia para superponer su religión. El resultado es un curioso sincretismo en el que, por momentos, prima lo católico y en otros una festividad ligada a la Pachamama.

En tiempos precoloniales, probablemente sólo los hombres podían conformar bandas de sikuris y subir a esos “apus” energéticos como el de Punta Corral, sobre el que hoy estaría la iglesia. Siglos después las cosas comenzaron a cambiar: cinco bandas de sikuris femeninas –sobre ochenta– suben al cerro en pie de igualdad.

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