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Viernes, 24 de abril de 2015

PANTALLA PLANA

Ser Padre hoy

El cura lindo y bonachón y la bomba sexy camuflada en una monjita que viene a alegrar el convento replican la fórmula del único amor prohibido que les queda a las novelas tradicionales.

Por M. Y.

El romance entre la religiosa (o religioso) y el laico es una fuente inagotable de fantasías en todas sus variantes, el que más satisface la sed de histeria, y quizás una de las pocas formas que hoy puede tomar el tema del amor prohibido. Las diferencias étnicas, las rivalidades entre familias y hasta la desigualdad de clase difícilmente se vean como barreras efectivas para la atracción entre dos personas, pero la devoción a Dios es la línea que divide claramente las cosas: de este lado, el romance y el sexo. Del otro, las extrañas vidas de hombres y mujeres que relegan aquello que para el resto es muchas veces la razón misma de la existencia. La televisión argentina tuvo grandes ejemplos al respecto, y quizás el más célebre sea aquella Extraña dama que tuvo a su bebé en un convento antes de convertirse en Sor Piedad, un drama que se contaba en la inmortal cortina de Valeria Lynch. Padre Coraje, más reciente pero también de época, tuvo a Nancy Dupláa como la chica de familia bien que se enamoraba de un cura, pero como Facundo Arana era un ladrón que se hacía pasar por religioso, la moral estaba salvada, mientras que el fetichismo funcionaba, como funciona siempre, en el disfraz.

Es que el mundo podrá avanzar hacia el respeto por todas las sexualidades y parafilias habidas y por haber, pero en la fantasía las manzanas prohibidas siguen siendo las más coloradas y jugosas. Y con Esperanza mía se encarnan en la atracción entre el padre Tomás (Mariano Martínez) y Esperanza (Lali Espósito), una chica que se hace pasar por novicia para refugiarse en un convento. La mamá de Esperanza (la que la crió) murió en el primer capítulo, pero le dejó a la hija información clave que demuestra cómo contamina la fábrica donde trabajaba. Perseguida por matones que la quieren limpiar, la chica llega hasta el convento de Santa Rosa donde la recibe la madre superiora (Ana María Picchio), que era amiga de su madre. Ahí viven la mamá biológica de Esperanza (Gabriela Toscano) y un conjunto de monjitas graciosas, chantas pero simpáticas, que tienen un coro y recorren la ciudad en una combi Volkswagen. Todo el conjunto resulta atemporal, y viene más de una mezcla entre La novicia rebelde y el clima festivo de Cambio de hábito (aquella del coro de monjas en el que se camuflaba Whoopi Goldberg) que de algo que una pueda identificar con Buenos Aires en la actualidad.

Pero ese tono de comedia es el fondo perfecto para que se luzca Lali Espósito, bajita, gritona y algo varonera, a la que hasta ahora le tocó perseguir al delicado padre Tomás, de modales suaves y bondad un poco ñoña. El erotismo mínimo que se permite entre ellxs –por el horario de la tira y el público teen de Lali Espósito– tiene que ver, por supuesto, con la posibilidad de que ella lo haga caer en tentación, porque un varón consagrado a la Iglesia es una especie de virgen y el tipo de lindura de Mariano Martínez es tan afeminado como suelen ser los ídolos adolescentes. Con su cuerpo de chica que está dejando de ser una nena y esos labios demasiado carnosos, ella es la que persigue, y ya se atrevió a decirle al padre, borracha; “Usted me gusta, mucho, mucho, mucho”, entrecerrando los ojos y haciendo que ese “mucho” sonara a lo mucho que le gustaría coger con él. Por supuesto que el padre se negó, pero a la noche en su cama se tuvo que pasar la mano por los ojos para borrarse vaya a saber qué imagen de la chica. Las bases para la calentura de todos y todas están echadas, aunque el tono general de Esperanza mía es bonachón y se sabe que no tendrá niveles de intensidad como ese momento infinitamente erótico del cine argentino en que Camila O’Gorman (Susú Pecoraro), ya pasada de excitación por el padre Ladislao (Imanol Arias), subía hasta el campanario para buscarlo y cuando él, a punto de darse por vencido, le preguntaba “¿Qué voy a hacer contigo?”, le contestaba casi en clave porno. “Lo que usted quiera”, exactamente antes del beso.

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