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Jueves, 30 de abril de 2015

VISTO Y LEíDO

De perlas y cicatrices

Un territorio exótico y diverso, en ebullición y constante cambio, retrata María Pia López en su último libro, Miss Once.

 Por Malena Rey

Borges decía que el Sur empezaba del otro lado de Rivadavia, pero de un tiempo a esta parte, la avenida más larga se volvió, más que línea divisoria, la columna vertebral de un barrio que crece, deforme, hacia sus márgenes, como tragándoselos. El barrio de Once, su flora, su fauna y su pasado son los protagonistas exclusivos de la cuarta novela de María Pia López, llamada justamente Miss Once, en la que, a través de tres bloques de textos, que lo mismo pueden leerse seguidos o salteados, se estructuran las líneas narrativas en torno a un territorio tan atiborrado como inabarcable, tan codificado como inquieto y fascinante. Una de las entradas de la novela es la llamada “Once”; una serie en la que priman los datos históricos, demográficos y curiosos, los cimientos sobre los que se construye lo que conocemos hoy por Once. La segunda serie es la llamada “De casa al trabajo”, y ahí están las impresiones barriales de la “escritora” o de “la funcionaria”, una suerte de apuntes que hablan del tránsito de quien recorre sus calles con los ojos abiertos y registra sus permanentes recurrencias y variaciones. Y la tercera serie, la llamada “Historias”, es la dedicada a los personajes; la que se mete ya no con la calle sino con el reverso íntimo de sus habitantes, los interiores de sus casas, los infinitos comercios. Un puñado de relatos narrados con algo más de distancia sobre hombres y mujeres que el barrio termina de definir con pinceladas. ¿Pero quién es Miss Once? Una travesti que –como fantasma, quizás– atraviesa la novela, para en las esquinas, se convierte en motivo de algunos mitos.

Con un pie en la ficción y otro en la secuencia histórica y mediática que fue marcando las “zonas” de Once con connotaciones poco felices, en la novela están presentes la tragedia del tren Sarmiento, el atentado a la AMIA, Cromañón, pero también la mixtura de lenguas y de nacionalidades, el comercio callejero, la prostitución en cada esquina, las escuelas-shopping. Un territorio complejo, de contrastes exuberantes. En este sentido es muy valioso que Miss Once se haga eco, en el plano de la ficción, de la violencia de género, el femicidio, la homofobia y el aborto. Es quizás a través de estos temas que estallan los límites del barrio, y la novela se universaliza. En Miss Once el sexo no es pasión ni amor sino sordidez, embarazo no deseado; es el cadáver de una prostituta descartado en la otra punta de la ciudad, es velorio entre amigas y cómplices temerosas. El aborto es duda, es culpa, es práctica ilegal que se mide con la palabra de Dios, y que deja un gusto amargo. La de López, como acierta Daniel Link en la contratapa, es una novela callejera, hecha de derivas, cuerpos, voces, roces; y sus calles son oscuras, peligrosas, inciertas, de allí que narrarlas implique asumir los riesgos del caso.

Hay tres palabras que tal vez condensen la forma en que el libro se acerca y aleja de su objeto. La primera es “Babel”: Once como un espacio de confusión y desorden, “territorio enmascarado”, “renuente a las fronteras”. Otra palabra clave, que aparece una y otra vez, es “Aleph”: “aleph de las lenguas”, “mi aleph, mi alefito”, dice López, y tiene el sentido borgeano de la revelación simultánea, pero también del reducto secreto que despliega sus hallazgos y secretos solo para quien sea capaz de asimilarlos. Y la tercera palabra es “palimpsesto”, y la idea de las huellas del pasado sobre las que se construye lo nuevo, la fuerza de las marcas indelebles, inevitables y dolorosas sobre las cuales solo queda narrar: “El Once palimpsesto, altar para las víctimas, cementerio bajo las plazas, templos que estallan, pestes que diezman, huérfanos que quedan, boliches que se queman, conventillos en catástrofe, anuncios de cuarteles que se toman y bombas de fósforo que duelen, trenes que no frenan. Once, galería sin redención”, se dice en la novela, transmutando la realidad en narración.

Miss Once (Paradiso), 142 páginas.

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