las12

Viernes, 24 de julio de 2015

MUSICA

Cumbia nena

Maira Jalil se reinventó como Tita Print. Sentía que su nombre estaba manchado por la Justicia. Ella denunció que su hija, ahora de seis años, fue abusada sexualmente por su progenitor. Pero obligaban a la niña a seguir con las visitas hasta que ella decidió frenarlas, cueste lo que cueste, y la procesaron por impedimento de contacto. Tita es una de las muchas mamás que se nombran como protectoras, aunque eligió un propio camino para luchar a través de la felicidad y no enfermarse de tristeza. Lidera su propio grupo de cumbia, toca el keytar y acaba de lanzar su primer disco Encuéntrate.

Aunque tengo montones de amores tengo tu perra locura mordiéndome los talones –canta Tita Print. Canta y agita las manos. Canta y las piernas marchan. Canta y las caderas empujan el aire que desaira a los costados. Canta y repite amor, amor, amor. Canta y el canto al amor, al cuerpo, a la música hace de ella su voz aullando por no desvanecer ante los arrebatos. Canta y reprocha. Canta y no llora. Canta y toca el keytar, mitad piano, mitad guitarra, colgado como un instrumento gigante y poderoso sobre su cuerpo pequeño y aguerrido. Canta y se reinventa hasta el nombre. Canta y no entrega ni la palabra amor. Ni el cuerpo. Canta y el amor se agita desde sus manos en alto. El pelo ondulado se le amontona al costado. Los shorts la calzan sin engatuzarla. El Gauchito Gil la protege, desde su propia fe, en la camisa que le cuida las espaldas. La parranda se hace lugar entre las palabras que aúllan la irreverencia de la alegría desafiante como el cuerpo que se aquieta para cadererar de nuevo, con más ímpetu que nunca, cuando el sonido recomienza. La cumbia –nena– no permite rendirse.

–Deja de llorar, levanta, ponte a bailar que todos los corazones van guardando sufrimiento, hay que encontrar la forma de poder ser feliz para poder revivir –canta y el cuerpo se mueve por la pasión de la inercia cumbiera con repiqueteos que saltan el cuerpo desdomado de la sedación de la inercia. Nada permanece quieto cuando la cumbia enciende la esperanza de la piel despabilada de la pasividad del miedo. Las manos arriba y arriba, arriba, arriba, como un eco de huellas dactilares que huyen de la tinta pringosa de la Justicia deshilvanada en burocracia.

Maira Jalil tiene 36 años. A los 33 años enterró su propio nombre ahogado en los expedientes judiciales que la incriminan por el delito de impedimento de contacto y que ella defiende como una Robin Hood que no reparte panes en el bosque sino resguardos donde la ley es el miedo. Su hija R. tiene seis años. Maira Jalil denunció que fue abusada por su progenitor. Pero la Justicia la obligaba a seguir revinculándonse con su papá. Hasta que un día Maira decidió poner el cuerpo ella y no su hija. Con las fojas anudadas sobre su cuello decidió no sólo poner el cuerpo por su hija en tribunales, también ponerlo en el escenario. Así optó por rebautizarse Tita Print y hacer cumbia como forma de lucha para ser feliz. La pelea contra la violencia de género y el abuso sexual es cuerpo a cuerpo. Pero no desde cuerpos vencidos. Con las manos arriba, el dolor impregnado en la rabia y el desconsuelo sepultado por la furia reconvertida en alegría, Tita Print presenta su primer disco Encuéntrate. Tita toca el keytar que, en Argentina, es conocido por ser el instrumento emblema de Pablo Lescano, ex líder de Damas Gratis. Ser dama no le salió gratis a Tita. Y por eso le sube el precio a la posibilidad de tomar las riendas y ponerle el pecho a la música. “Es un elemento de lucha, para plantarse firme. En la cumbia en general las mujeres solamente cantan, y el controlador es algo de varones. Así que yo dije: voy a tomar el control”, explica.

Ella lidera una banda compuesta por nueve músicos que hacen sonar la trompeta, el trombón, las congas, el timbal, el güiro, dos guitarras, el bajo eléctrico y también a la fuerza rapera de Moskito. La cumbia se puede volver salsa, reggae, reaggeton o hip-hop. Pero nunca dejar aplastarse en la silla.

“Ante el dolor muchas veces te paralizás y yo pude usarlo de motor para armar mi banda y grabar un disco. No es ni siquiera que no estoy triste en el cotidiano porque lo que me pasa es muy grave y lo que le pasa a mi hija más y lo veo en profundidad. Pero no me pasa a mí porque tengo mala suerte. El abuso sexual está silenciado, las mamás que denunciamos estamos silenciadas y en esa desesperación las mamás se enferman. Y enfermarse a veces es que no tenés más vida. En cambio, ya el ritmo de la cumbia invita a seguir caminando, no a sentarse y llorar”, desafía Tita Print a una lucha activa, con las piernas y manos arriba.

¿Cómo decidiste que tu lucha contra el abuso sexual fuera a través de la cumbia?

–Las mamás nos aterrorizamos viendo cómo a otras mamás (como Andrea Vásquez) les sacaron a sus hijos. Las mamás se enferman porque es una situación tremenda. Es vivir todo el tiempo con el terror de que tu hijo sea abusado. Esta situación se cobra la vida de nuestros hijos y nuestra vida. Yo no quiero mirar para atrás y darme cuenta de que si logré que mi hija no fuera revictimizada en un abuso sexual, igualmente, nos arruinaron la vida y no fuimos felices. Hay mamás de mi edad que tienen cáncer. Mi discurso cuando toco es “luchemos, pero que no nos roben la alegría”. Luchar está bueno, pero hay que encontrar la manera, también, de ser feliz. A las mamás nos pasa algo que pone en riesgo lo que más queremos y tenemos el común denominador de que queremos a nuestros hijos y que nuestros hijos nos contaron lo que vivieron. Es un valor ser valientes y enfrentar la situación.

¿Cómo hiciste para llegar a decidirte por esta forma de lucha feliz?

–Sublimé. Estuve deprimida, entristecida, pensaba que la vida no valía más la pena. Y pasé por situaciones de angustia súper profundas. No es que no me entran balas.

¿Cómo saliste?

–Con la música. Por suerte yo tengo ese lenguaje y esa posibilidad de expresión y pude transformar el dolor. En una de las letras canto: “El bravo mar de mis emociones revuelve el odio y el odio se convierte en mil canciones”. Yo pude por suerte. Una cuando se deprime no quiere hacer nada. O no comés o te ponés gorda como una foca.

¿Y qué te dio la energía de la cumbia?

–Yo soy de familia cumbiera porque mi familia es del Bajo Flores, donde se escucha mucho la cumbia norteña. Toda mi vida escuché mucha cumbia norteña pero, después, la vida me llevó –en la adolescencia– a ser rockera. Hice la carrera en la Escuela de Música Popular de Avellaneda y toqué mucho música latinoamericana. Hice coros y toqué el acordeón en el disco de Axel y toqué el piano y canté en Las Blacanblus. Pero la cumbia es algo que me acompaña muy genuinamente desde que nací y cuando decidí arrancar con mi proyecto solista de Tita Print me di cuenta de que tenía que preservar una parte mía y que tenía que agarrar todo lo bueno y positivo que tengo. Necesito rescatar la garra para atravesar las tristezas bailando.

¿Por qué te cambiaste el nombre?

–En el juzgado mi nombre era usado para decir barbaridades. Mi nombre ya no era mi nombre. Las cartas documento con mi nombre me daban rechazo. El nombre de una empieza a tener otros usos. Sentí que tenía que proteger mi esencia y guardar en Tita Print el tesoro de mis cosas más valiosas.

¿Por qué elegiste Tita Print?

–A mí me venían diciendo Tita y Print es por imprimir a Tita. Imprimir esa parte de mí que es valiente, positiva, que lucha y baila. Así nació Tita Print. Y la cumbia era lo más genuino que había aprendido de la cuna y además tiene esa magia de transitar la tristeza bailando. Ya el ritmo invita a seguir caminando, no a sentarse y llorar.

Los abusos muchas veces hostigan a las mujeres y niñas en la posibilidad de disfrutar el cuerpo. ¿La cumbia implica la rebelión de no dejarse arrebatar la sensualidad?

–Yo, en general, toco con zapatillas y con una camisa. No es que estoy en top. Yo planteo una belleza desde el empoderamiento y con un instrumento (keytar) que sólo tocan los hombres porque es un instrumento re poronga. Yo fui la villa 11-14 a tocar y las nenitas no podían creer que fuera una mujer la que estuviera tocando ese instrumento. Me siento una mujer bella que a veces me quiero arreglar y, a veces, estoy en jogging y a veces en lentejuelas, pero quiero trasmitir la belleza del empoderamiento. Igual el tema del abuso no tiene nada que ver con la feminidad. Trato de que no me condicione ni condicionar a mi hija por esta situación.

¿Es difícil meterte con la cumbia que es un ambiente machista?

–La cumbia sola no, la música y la sociedad son machistas y en la cumbia se ve reflejado, pero está bueno el desafío y mover. Yo siento que no nos queda otra que luchar. Por suerte.

¿Qué les puede aportar Tita Print a las madres protectoras que deciden denunciar el abuso de sus hijas e hijos?

–No queremos hacer grupos de autoayuda para regocijarnos en que otra está peor. La unión tiene que ser porque estamos luchando por algo que es re noble y nos tenemos que poder regalar ser felices.

Madres protectoras silenciadas y perseguidas

Tita Print le pone la voz y el cuerpo a un problema que está, por ahora, en un callejón sin salida a la vista para la Justicia: las niñas pequeñas que, en este momento, le cuentan a su mamá que son abusadas por sus progenitores y no sufrieron al punto del acceso carnal o poder demostrar lesiones físicas. No hay una muestra genética para comprobar el abuso sin peros de la parte acusada. La prueba es la palabra de la niña o el niño. La palabra está en acción porque las niñas son enseñadas por la escuela y sus madres a cuidarse de que nadie las toque en sus zonas íntimas. Y, además, porque hay madres dispuestas a escuchar a una hija con síntomas o con palabras explícitas sobre un abuso. Pero la palabra es puesta en jaque por la sospecha –explícita o implícita– del Síndrome de Alienación Parental (SAP), que quiere decir, en criollo, que ante las denuncias lo primero que se sospecha es que la mamá le llenó la cabeza a su hija para que denuncie a su papá. La Justicia, entonces, responde con la nariz fruncida ante la madre denunciante, con la revictimización de las pequeñas víctimas y no sólo con la impunidad penal sino con la amenaza latente –o concreta– de que la niña tiene que volver a ver o a encontrarse con quien ya contó que la abusaba. ¿Qué hacen las madres? ¿Qué deberían hacer? ¿Hacer caso a la Justicia que no les cree a sus hijas? ¿Confiar más en un tribunal que en la palabra de sus niñas? ¿Dejar ver a sus hijas con la persona a la que le tienen miedo? Tita Print dejó que R. volviera a ver a su progenitor hasta que sintió que la nena que volvía no era la misma que la que se iba. Pero el precio de su decisión es alto. Ahora está procesada por impedimento de contacto.

El representante legal de R. es el abogado Juan Pablo Gallego, el que llevó a cabo el proceso que encarceló al cura Julio César Grassi por abuso de dos chicos y autor del libro Niñez maltratada y violencia de género, y él enmarca: “El caso de la niña R. muestra un verdadero laberinto judicial, en cuyo marco lo único que no se hace es oír a la niña, como lo venimos exigiendo, incluso acompañados de un notario. La respuesta del juzgado civil es que no la van a recibir a la niña y que lo que deciden es vincularla contra su voluntad con su progenitor y su abuela paterna. Es un claro avasallamiento a los derechos de la niña, con violación del artículo 12 de la Convención de Derechos del Niño. Las cosas no terminan allí. Silenciada la menor, y pese a que existe una investigación penal por posible abuso sexual de la niña, se criminaliza a su mamá y se la pretende elevar a juicio oral por Impedimento de Contacto (ley 24.270) pese a que su conducta, lejos ha estado de ser obstructiva, sino dirigida a cumplir su obligación legal de proteger a la niña. El juicio oral por impedimento de contacto es impulsado por el Juzgado Correccional Nº 13 de la Justicia Nacional. Paralelamente, el juez Diego Iparaguirre, titular del Juzgado Nacional Civil Nº 7, que debiera tutelar a la menor, ignora las denuncias de violencia y los relatos de la niña que indican a su padre en situaciones abusivas e impulsa una revinculación forzosa a todas luces contraria al interés superior de la niña. En las condiciones descriptas, la niña está en un estado de grave indefensión ante el desconocimiento palmario de sus derechos”.

Tita Print estuvo en pareja sólo diez meses con el padre de su hija. Se separó porque fue víctima de violencia. “Era adicto a la cocaína y al alcohol. No sabía que se drogaba. Me quise quedar para ayudarlo y fue lo peor que pude hacer. Fue una convivencia que estuvo sumergida en la violencia de género. Me la hizo pasar tremendamente mal”, relata. “Yo decidí separarme y ya separados él tenía un régimen de visitas en un pelotero. El venía con toda la nariz ensangrentada y se quería llevar a R. Ahí, cuando mi hija estaba en peligro y no daba para más, es que yo hago la denuncia. El tenía que estar, por orden judicial, acompañado por su mamá en las visitas. R. viene de las visitas a los dos años, casi tres, y ella relata que él la echaba a la abuela. Un sábado vuelve del encuentro. Se pone en el marco de la puerta, se hace una bolita. Yo vivía con mi mamá, todavía, y le decimos: “¿Qué te pasa?” y nos contesta: “No te puedo decir, es un secreto”. Ahora uno más uno es dos, pero, en ese momento una no piensa, yo creía que si era adicto y se mejoraba estaba bueno que la viera. Al rato se tapa la boca con las manos y empieza a decir como en susurros “putita, putita, putita” como compulsivamente. Le pregunto: “¿Qué estas haciendo?” y me contesta: “Un secreto”. “¿Quien te dijo ese secreto?”, le pregunto. Y me dice: “Papá”. Al otro día la baño y le digo “Nadie te tiene que tocar salvo que la abuela o mamá te estamos bañando”. Ella se enoja y me dice: “Papá si y yo me tengo que tocar hondo, hondo, hondo”. Hice la denuncia en la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) y me dan un mes de prohibición de acercamiento. Si vos tenés una denuncia de violencia piensan que es mentira el abuso. Está instalado en la Justicia el prejuicio de que las mujeres somos capaces de hacer denuncias por despecho. Cuando hacés la denuncia por abuso sos tratada como una mentirosa y la mayoría de las denuncias por abuso son ciertas. Es un prejuicio muy profundo que tiene que ver con los reclamos de Ni Una Menos sobre cómo somos miradas las mujeres a la hora de ir a declarar con una mirada completamente machista y misógina”, define Tita Print.

¿Cómo fue cuando la obligan a revincularse con el progenitor denunciado?

–Me dijeron “¿Qué quiere que les digamos, que el padre murió?”. Te corren. Vos decís que la lastimó. Y en el juzgado te dicen “Para eso está la asistente social” y la asistente social te dice: “Yo no soy un superhéroe, hay un margen de error”. Y la que garpa es la nena. Mi hija venía diciendo: “Papá me dice que del secreto me tengo que olvidar”. Se hacía pis y ni registraba nada mirando al infinito, babeando. Me di cuenta de que se estaba enloqueciendo. Yo siempre quise que mi hija tuviera a su papá. Pero ver sufrir así a una hija y tener que mandarla de carne de cañón y verla volver rota no era tolerable. Tuve que elegir si defender a mi hija de verdad o no. Si no lo ve el juez es su tema. Pero yo no puedo hacer como que no lo veo.

Compartir: 

Twitter
 

Imagen: Constanza Niscovolos
 
LAS12
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2018 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.