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Viernes, 17 de septiembre de 2004

INUTILíSIMO

¡Con los deditos, no!

Si en general el correcto manejo de los cubiertos sirve para evidenciar la calidad de la educación del/la comensal, la verdadera prueba de refinamiento y savoir faire se rinde cuando de postre se sirve fruta fresca y hay que mondarla comme il faut. Olvidemos, entonces, en estas ocasiones, las naranjas sostenidas con una mano y peladas en espiral, las bananas con la cáscara colgando y devoradas a dentelladas, las semillas y la piel de las uvas escupidas sobre el plato... Jacobita Echániz, en su Libro de etiqueta de Rosalinda (Editorial Bell, 1951) nos salva gentilmente de semejantes papelones...
“Para mondar la fruta hay cubiertos especiales, pequeños y con borde de serrucho, pero habitualmente se usan cuchillos de postre bien afilados”, nos ilustra doña Jacobita. “Hay casi un sistema para cada fruta, pero todos reposan sobre el mismo principio: las partes ya mondadas no deben tocarse con los dedos.” A fin de no incurrir en lamentables gaffes, conviene practicar cotidianamente en la intimidad, “de modo de no demostrar falta de habilidad cuando hay que desenvolverse en sociedad”.
Comencemos, pues, por las naranjas y el sencillo método para despojarlas de su piel antes de ingerirlas: “Se pinchan en el medio con el tenedor de manera de poderles cortar dos tapas, una arriba y otra abajo, marcando, por así decirlo, los dos polos. Una de las tapas se vuelve a pinchar con el tenedor en su sitio para ayudar a sostener en alto la naranja, mientras que con el cuchillo se corta la cáscara en parejas tiras paralelas que van de un polo al otro, haciendo ademán de serruchar. Una vez pelada la fruta, con ayuda de tenedor y cuchillo se van seccionando pedazos de pulpa, de modo que finalmente quede sólo el corazón con las pepitas, formando una columna”.
Más fáciles todavía resultan las mandarinas, gracias a que su cáscara se despega con solo “hacer cuatro ranuras, marcando como los pétalos de una flor”. Las bananas, tan manoseadas habitualmente, “se separan de su cobertura cortando primero los dos extremos y luego haciendo una incisión todo a lo largo”. En cambio, las uvas “presentan todo un problema de etiqueta”: hay quien las pela con cuchillo, lo que, según la señora Echániz, es de pésimo gusto. Pero, claro, si no se puede tragar el hollejo “hay que elegir entre pelar las uvas con los dedos –lo que sería absurdo– o no comerlas. Echar orujos y semillas de la boca al plato sólo se puede hacer en la mayor intimidad”. Y pensar que Mae West, que nunca leyó el Libro de etiqueta de Rosalinda, le decía a su criada negra en uno de sus films: “Pélame una uva, Beulah”.

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