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Viernes, 7 de diciembre de 2007

INUTILíSIMO

Un perfecto día de campo

De ninguna manera se deben relajar en el campo ciertas normas de la etiqueta, sobre todo si la reunión tiene un carácter más bien serio o solemne por el tipo de celebración que se realiza. Ahora bien, si se trata de un evento de orden casual, en un clima de mayor confianza, hay un permiso implícito para cierto grado de distensión, pero desde luego, “sin proceder discrecionalmente, ni mucho menos quebrantando ninguna de las reglas establecidas para el buen orden y lucimiento de la fiesta”, según reza el Manual de urbanidad y buenas maneras de Manuel Antonio Garreño (en la edición corregida y aumentada de Garnier Hermanos, París, 1927).

Es que “entre las gentes de buena educación, la libertad que brinda el campo se circunscribe siempre a los límites de la moderación y el decoro”. Y si bien puede ser aceptable un toque de flexibilidad y soltura “para armonizar con la amenidad del campo (sic) y gozar mejor de los encantos que en él nos ofrece la naturaleza”, jamás ha de borrarse la etiqueta básica que debe reinar en todas las situaciones de la vida, “siguiendo las leyes inalterables de la delicadeza y la decencia”.

El riesgo en el tema del campo, amables lectoras, es que con el pretexto de la ropa sport y la informalidad, como dice don Antonio Manuel, se abuse de la libertad y se deje de lado la prudencia, la dignidad y el decoro. Para empezar, “se suele creer equivocadamente que el paseo por el campo autoriza a poner poco esmero en el vestido: grave error en el que no incurrirían jamás las personas bien educadas”. Por otra parte, esa tendencia a romper la etiqueta en este paisaje lleva a algunas personas a creerse que pueden moverse a su antojo y capricho, sin medir intereses ajenos: “Entonces malogran o acibaran actividades en común por manifestar no querer tomar parte en ellas, o hacerlo con displicencia, cuando lo correcto es ser complaciente y, si hace falta, sacrificar nuestros gustos y aun nuestra comodidad para que no decaiga ni el espíritu ni la alegría”.

Párrafo aparte merecen las obligaciones ineludibles de los caballeros, “quienes deben poner especial esmero en atender y servir a las señoras, y en hacerles agradables todos los momentos que pasan en su compañía, adhiriendo de muy buena voluntad a sus gustos, aunque para ellos hayan de privarse de entretenimiento más masculinos”. Por todo lo dicho, resulta aconsejable que dejen ustedes al alcance de los susodichos caballeros estas líneas del Manual citado que refrescarán la memoria de los más distraídos: “Es por tanto incivil y ajeno a la fina galantería que los caballeros se separen de las señoras con el objeto de entregar al juego de naipes, o a cualesquiera otras distracciones en las que ellas no tomen parte, o que abandonen la reunión para ir a sitios adonde no puedan conducirlas”.

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