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Viernes, 11 de febrero de 2005

POLVO DE ESTRELLAS

Inconmovible madurez

Por S.V.

“Quienes trabajaron conmigo siempre han crecido”, afirmó humildemente nuestra Clotilde Acosta, más conocida por el vulgo como Nacha Guevara. Y habrá que creerle nomás a la muchacha de refrescados 64 abrilitos, porque en lo que va de la partida tal parece que cualquiera a su alrededor brota, florece y hasta se marchita, pero lo que es ella, que pase el tiempo todo lo que quiera, porque le da igual. Algunas nacen así: tocadas por la varita que regala una “edad biológica muy por debajo” de lo que afirma el documento (“mi organismo es el de una persona de 40 años”, contó hace poco), porque hay –sépanlo, parlanchin@s envidios@s– gente que no vive pendiente de su aspecto personal y a la que sólo le importa el trabajo “del adentro hacia afuera”. Allá va ella, entonces, dispuesta a demostrarle a cualquiera con ganas de pagar un par de morlacos (40 pesos para las 16 primeras filas, 35 más atrás, nos informan nuestras fuentes que cotizan en unos módicos 0,50 centavos el segundo de epidermis al aire) cuánto trabajo interior puede montarse y mostrarse sobre un par de tacones turquesa para después encontrar en un diario estridentes declaraciones de amor de un jovencito apenas quince años mayor. De nuestra casi-directora-del-Fondo-Nacional-de-las-Artes, por caso, prácticamente nadie ha alabado en los últimos días las dotes actorales, pero si hay algo innegable es que al menos ha arrancado inflamadas loas a la pluma de un prestigiosísimo crítico, que puesto a comentar la obra en la que participa la señora (por si no se enteraron, hay todo un elenco alrededor) no pudo menos que exclamar: ella, “en el esplendor de su madurez, desafía a cualquier desnudista profesional y más joven”. (Como lo leen: ¡flor de madurez!) Elemental, Watson, ¿a qué podría dedicarse una actriz-cantante-conductora si no es a desafiar a las jovencitas y a la ley de gravedad?

Y eso que Nachi no se preparó para el desnudo porque no le gusta que cualquiera le ande mirando las partes (lo ha dicho), pero se ve que, cuando una es artista, la conciencia de que todo se lo debe a su público le sale por cada poro del cuerpo (tenga la edad biológica que tenga). “Como éste es un país un tanto onanista –había pronosticado en entrevistas previas al estreno–, le van a poner mucho acento a eso. No se puede hacer nada al respecto.” Sabias palabras. Claro que, por si las moscas, por si alguien no se enteraba de que una escena de la obra la iba a encontrar como la ciencia la puso en el mundo, hay que tener la audacia de ir un paso más allá. “Sugerir”, debe haber pensado alguna de las mentes brillantes encargadas de la promoción. Darle al soberano el pasto que su onanismo (tan poco elegante, han visto) merece. Así que a título de qué atenerse al misterio de la mirada y al imperio de la sugestión, como pacatamente eligieron hacer Kathleen Turner en el poster de la puesta londinense (ver foto) o –la increíble– Lorraine “Melfi” Bracco en una rentrée norteamericana (también en la foto). Es que cuando se tiene dignidad y sensibilidad para el texto, chicas, chicos, no hay nada que hacerle. Total, con lo que le dan al onanismo por estos pagos...

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