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Viernes, 4 de enero de 2008

LA VENTA EN LOS OJOS

Te queremos, Juan

 Por Luciana Peker

La mesa era amarilla y estaba blanca cuando se entraba por la cocina. Si algo había —tenía que haber— en una casa donde se comía eran mesas. La mesa amarilla se volvía blanca, cubierta de ñoquis que bajaban por el tobogán del tenedor de Tita y la vida, cuando había mesa, cuando había ñoquis, era un abismo sin miedos porque el remanso se amansaba con sabores. Hay pocas cosas tan clásicas, tan fuertes, tan tranquilizadoras, como los olores de las comidas de la abuela. Tan descifrable como un eslogan publicitario. En la nueva publicidad de Hellmann’s que convoca: “Viví la comida de verdad” hay, por supuesto, una abuela. Se llama Beatriz, tiene el pelo blanco y disfruta con una mesa con invitados y sus nietos ayudando en su cocina. Hay, también, una madre de un hijo y una hija pequeños. Se llama Cecilia y para ella la comida es improvisación y paciencia: ni que lo digan con dos niñitos peleando por el mismo bocado, pidiendo agua a los gritos, cerrándole la boca a la espinaca y clavándose las estacas del tenedor por el último trocito de frutilla.

Aunque lo mejor de la propaganda de Hellman’s es que está Juan. Tiene puesta una camisita, como si viniera de trabajar y apenas se desabrochó unos botones, como si hubiera estado toda el viaje en subte pensando en qué le hacía falta para condimentar y ahora sintiera, con su morrón rojo en una mano y su morrón amarillo en la otra, que tiene en sus manos un buen plan. No es de esos muchachos con espalda o pecho grandes como armarios que prometen guardar entre sus llaves todas las penas o debilidades que se le fueran a llorar o a flaquear al hombro.

Lo mejor de lo mejor es que Juan tiene una sonrisa preciosa, de esas que alivian toda la estela de roces de Navidad, Año Nuevo y Reyes juntos; de esas con las que no importa si el mozo tarda; si hay que volver a empezar o si en el videoclub dieron la temporada dos o la temporada tres que ya vimos tres veces. Juan tiene algo más: para él está bueno ir al supermercado. Para él está bueno estar tres horas cocinando. Y, lo mejor de lo mejor, le está preparando la cena —la propaganda dice una cena a la luz de las velas, bueno, tampoco es necesario tanta receta de Rampolla Alessandra— a Ana, su novia. Bueno, tampoco es imprescindible que la simplicidad se llame Juan y Ana.

Pero sí es bueno, como los ñoquis de la abuela, que los muchísimos Juanes que cocinan, que buscan el ají rojo, la mostaza con miel, que cortan las batatas —pucha que son duras y ricas las batatas— y prueban cómo quedan con cáscara, que se atreven a pedir hongos o a preguntarle a su mamá cómo hacía la tortilla, que miran El Gourmet y de 1 a 100, alguna vez filetean un pescado como Narda, que no sólo sean, estén, endulcen o salpimenten la vida cotidiana sino que también se muestren en las propagandas. Es bueno —-riquísimo— que los Juanes sean modelo, espejo, reflejo de una vida compartida entre varones y mujeres en donde la cocina ya no es trono de encierro, sino ritual de amoríos compartidos. Y compartir es toda una apuesta.

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