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Viernes, 18 de enero de 2008

LA VENTA EN LOS OJOS

Temporada de caza... ¡Qué antigüedad!

 Por Luciana Peker

”Sacale el mail hasta a las gaviotas”, dice la publicidad de Speedy para que la gente saque banda ancha a esos precios de un pancho y una coca. El chiste es que un trío de amigos va a la playa a levantar, a recaudar correos electrónicos. Y la comparación con la gaviota no es al vuelo. Otro chiste adjudicado a los ritos masculinos de verano es el levante zoológico.

“Muchachos, sabemos a qué vinimos”, dice un cabecilla del grupete en función DT. “Facha, la caripela”, le ordena al pseudo lindo —trabadito de gimnasio— que escucha con los brazos cruzados; “tapón, vos la parla”, le dice al que consigue papelitos hundido en una estatua horizontal de arena. “Colo, eh, hacé lo que puedas, colo”, marca el entrenador de cazadores de mails reiterando el cliché de pelirrojos perdedores: al colo las chicas le dicen que no, incluso aunque pida por favor con las dos manos rezando, o quiera conquistar a una coneja del tren de la alegría que es, en realidad, un muchacho con capucha y peluchonas orejas.

La postal del verano se aggiorna en el uso de tecnología. Ya no se pide el teléfono, sino el mail. Por eso, la compañía de Internet del grupo Telefónica apela a abastecerse de direcciones electrónicas —como los osos tendrían que conseguir miel— para pasar el invierno chateando. ¿Cuánto cambiaron los tiempos? La estampa de las olas y el viento con arroba hubiera sido imposible antes de cruzar el 00 del siglo XXI. Sin embargo, la recreación erótica del verano sigue congelada en la dimensión del muchacho cazador y la muchacha cazada, que niega o entrega, pero que no busca ni desea. Hay —en la tanda— una idea inmovilizada del deseo como motor vital masculino más allá de un encuentro sexual.

En cambio, no sólo en esta promo de Spee-dy, también en el imaginario social y publicitario, las chicas ocupan el mismo lugar que ocuparon sus madres y abuelas: sirenas, con sus dos piernas atadas para ir a encarar y sus manos inmovilizadas para llamar o mailear. Sirenas sin más deseo ni posibilidad que aceptar o negar. La realidad —vista, oída y leída— es que las chicas también –cada vez más– encaran, piden, buscan, piden, proponen y potencian. Pero no se las muestra. Ellas —su deseo— están en orsai.

No se trata de incentivar que las mujeres salgan a pescar correos, sino, en todo caso, de deslindar al deseo femenino de ese mote de que una mujer que pide o demuestra o desea es una playerita. Que dio el mal paso.

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