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Viernes, 22 de febrero de 2002

ARQUETIPAS

La fashion victim snob

 Por Sandra Russo

Entrevió su futuro al pasar, cuando por casualidad cayó en sus manos una frase de la Coco Chanel más epigramática (“no hay mujeres feas, sólo mujeres vagas”), y comprendió el término epifanía. En adelante, se esforzaría, removería cielo, tierra, tiendas, galerías de arte y revistas, trabajaría duro para convertirse en una fashion victim hecha y derecha. Porque hay que enfrentarlo: no cualquier hija de vecina está capacitada para serlo. No todas tenemos esa voluntad tan férrea, ni esos radares siempre dispuestos a rastrear recorridos, aspectos o lecturas que correspondan al momento. Las lucecitas del glamour snob que de lejos parecen fascinantes, de cerca, bueno, dejan ver largas horas de labor para anticiparse a, ser más original que, estar más informada antes de. Es que lo suyo no es, estrictamente, hacer lo mismo que todo el mundo, ni tampoco ir a contracorriente, sino saber cuándo y cómo hacerlo antes de que todos se enteren cómo es la mano. Gracias a ese tráfico secreto de información (obtenida, en gran parte, de Internet y el fashion TV), sabía que el diseño gráfico se convertiría en la profesión top cuando todos se anotaban en Comunicación; llevaba remera de Bellota (una de “Las Chicas Superpoderosas”) y cartera de peluche con figuritas en pleno auge de “Sailor Moon”; empezó a leer historietas japonesas cuando sus amigas sólo hablaban de Martin Amis. Aportó un par de obras (un envase de yogur trabajado con papel maché, un dibujo de cuando era niña enmarcado por ella misma) a la galería de sus amores, Belleza y Felicidad, aunque también amaga con exponer algo en Ruth Benzacar (“Ruth”, a secas, s.v.p.), sólo porque está a la salida de Diseñadores del Bajo, y puede vigilar sus obras mientras hace que lee Ramona en el bar de Diseñadores del Bajo. Siempre tiene un ratito para tomar el té en La Ideal, ver una película de reposición o colarse en estrenos de obras evidentemente malas para después contarlo, entre mohínes supuestamente inocentes y minimalistas, en una fiesta electrónica a la vera del río. Y eso por enumerar sólo algunas actividades puertas afuera. No quieran ver lo que cuesta mantener el perfil de entrecasa, con pantuflas de conejo de peluche y un té de hibiscus.

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