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Lunes, 29 de diciembre de 2003

FúTBOL

La única verdad es la realidad (que hay que modificar)

De regreso a Madrid, tras su paso por Racing que empezó con una enorme esperanza y terminó en frustración, el entrenador Angel Cappa respondió a un pedido de Líbero y escribió, con la frialdad que permiten el tiempo y la distancia, esta profunda nota de reflexión sobre la actualidad del fútbol argentino. El texto abre espacios para la discusión y el análisis, por lo que esta sección consultará a otros personajes del fútbol nacional.

Por Angel Cappa

Desquiciado por las urgencias económicas que lo apremian, desmantelado por la permanente huida de sus jugadores en busca de un destino mejor, destruido porque los clubes, en su mayoría, no tienen más que deudas poco menos que impagables, desconceptualizado a raíz de la corriente de opinión predominante cada vez más alejada del juego, y dominado por intereses empresariales sin escrúpulos, el fútbol argentino sobrevive inexplicablemente. Tal vez lo sostenga su brillante historia, por la transmisión genética de sus valores más perdurables, o quizás le siga dando vida la continua aparición de nuevos jugadores que siguen desafiando con su talento virgen la chatura de la propuesta “oficial”. Lo cierto es que la realidad del fútbol argentino es triste y, hasta cierto punto, desalentadora.
El entorno, casi completamente envilecido, ha logrado trasladar a la cancha la cultura de la inmediatez o, para decirlo de otra manera, los tiempos del negocio rapaz y avaro que maneja el fútbol argentino a su antojo, se han impuesto a los tiempos del fútbol. No se respetan procesos ni etapas. Todo tiene que ser ya y el presente es tan efímero que ni el éxito ni el fracaso tienen significado alguno. El poder económico-mediático es, en definitiva, el que decide lo bueno y lo malo casi con la misma omnipotencia e impunidad que la divinidad.
Todos sabemos que el dinero no conoce ética alguna, pero he visto cosas en estos últimos seis meses que jamás hubiera imaginado. Por ejemplo, promocionar descaradamente en un programa de televisión a entrenadores para un determinado club estando aún otro entrenador en el cargo. Y lo que es peor, en presencia del promocionado, enfocado en primeros planos como cualquier otro artículo comercial. Diarios que reproducen, minuto a minuto, los insultos de parte de la hinchada (de dudosa espontaneidad por otra parte) al técnico o jugadores de un equipo que perdió dos partidos seguidos. Energúmenos que insultan y amenazan a los técnicos constantemente detrás de los bancos, destacados por televisión al punto de interferir en la transmisión del partido.
El negocio necesita vender ahora mismo y si el debutante no es crack al segundo partido, no sirve. No hay serenidad ni paciencia posibles para esperar que los equipos se armen y si alguno se atreve a reclamarlo, es un fracasado o un estúpido. Por eso casi todos aceptan que si se pierden tres partidos seguidos, no hay más margen para el técnico. Así se juega, a toda velocidad en todos los lugares de la cancha y así se choca, con toda intensidad. Casi todos los partidos son imprecisos pero rápidos y casi sin talento alguno, salvo escasísimas excepciones.
“La única verdad es la realidad”, repiten parafraseando a Perón para justificar este absurdo. Una realidad que hay que modificar, como agregaba la militancia de izquierda en aquel entonces. Una realidad, en rigor, que algunos aprovechan desde lo económico y muchos no quieren ver, para no hablar de los cómplices por conveniencia. Que ni siquiera los triunfos internacionales de Boca consiguen ocultar.
Lo primero que, a mi juicio, necesita el fútbol argentino, es democracia. El poder no puede –o, mejor dicho, no debe– estar en tan pocas manos. Democracia para tomar decisiones entre todos que mejoren el nivel del juego y ayuden a paliar las crisis de los clubes. Es decir, para repartir equitativamente el todavía importante caudal de dinero que sigue produciendo el fútbol y del que se adueña el poder económico-mediático del que hablo, que todos conocemos.
Además, el fútbol argentino debe volver a las fuentes y, esto sí, con carácter de urgencia. Rescatar los conceptos que nos pertenecen y que la globalización y la tilinguería vernácula nos está arrebatando. Y necesita tiempo para reconstruir la grandeza que ahora mismo está siendo pisoteada por los intereses económicos que arrasan con todo. Los mismos que son capaces de destruir el planeta con tal de “salvar la economía”, como dijo Bush para no firmar el tratado de Kioto.

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