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Lunes, 26 de junio de 2006

CONTRATAPA

La pelota se mancha

 Por Juan Jose Panno
Desde Nuremberg

Pelotas chicas, pelotas grandes, ¡qué pelotas tiene el Museo Nacional Germánico! Pelotas de telgopor, de arcilla, de madera balsa, de papel maché, pelotas enteras, partidas, pintadas, coloreadas pelotas artísticas que hicieron los estudiantes secundarios de Nuremberg y que forman parte de la llamada Ballskulpture, una muestra que se abrió junto con el Mundial y que se prolongará hasta después del final. En una galería en ele de casi cincuenta metros de largo las pelotas comparten el espacio con antiguos grabados y puertas en relieve, de bronce. El contraste es una de las sorpresas que ofrece un lugar de paredes blancas, amplio y luminoso que invita a la recorrida.

El Museo Nacional late en el corazón de Nuremberg, en la ciudad vieja. La entrada está en la llamada “calle de los derechos humanos”. A lo largo de cien metros se levantan 27 gruesas columnas de unos 7 metros de alto, una placa rectangular en una la pared y dos redondas en el piso, cada una de las cuales representa uno de los derechos universales. Un arco en la entrada sirve de presentación: “Derechos del hombre, París 10/12/48”. Las columnas y las placas están escritas en varios idiomas, incluido el quechua-aimara. El artículo 30 está grabado en una baldosa redonda de un metro de diámetro en alemán y en español. Se lee dando vueltas: “La interpretación de la presente declaración nunca deberá tener por objeto la supresión de los derechos y las libertades enumerados en ella”.

En el acceso, como en casi todos los museos del mundo le dan al visitante un plano-guía, pero se puede empezar por las salas de pintura moderna, por la de esculturas o por la de elementos de la vida cotidiana. Esa es la que está más a mano, la que más seduce. En las vitrinas hay postales, estampillas, minicamisetas de fútbol de distintos clubes, juegos de mesa, radios de capilla, afiches de viejas películas, una especie de mercado de pulgas. Separados por dos biombos negros, en el medio de la sala, cuelgan de unos tabiques de madera varios cuadros con fotos de campos de concentración y crematorios. Otro plano diferente de la memoria colectiva.

En las salas contiguas hay crucifijos de madera de todos los tamaños, vitreaux de todos los colores y estatuillas de bronce con animales de todas las formas. Desde este último salón, se accede a la pelota ilustrada, la muestra de los estudiantes secundarios. Son 90 en total. Obvias y sencillas algunas, creativas, ingeniosas otras...

Una que tiene en su interior un muñeco enganchado a la válvula por un simbólico cordón umbilical.

Una que representa la panza de un enorme muñeco de saco y corbata.

Una, cortada al medio con una de las partes sostenidas por cuatro muñecas que lleva como título “lo que todos los hombres buscan”.

Una de la que salen una mano y un pie con el título “los tres elementos esenciales”.

Una con simbólicas abejitas verdes y amarillas (alemanas unas, brasileñas otras) disputando una supuesta final.

Una que juega con las palabras: Ball-ack, con decenas de fotos del ídolo Michael Ballack.

Una de telgopor blanco de la que sale en la parte superior una mano sosteniendo dinero de distintos países y un irónico texto en español “Viva la FIFA”. Esa es la de crítica más directa, la que menos gracia le debe haber causado a Franz Beckenbauer cuando visitó la muestra hace unos días.

Las pelotas doblan, o en realidad lo que dobla es el pasillo y desemboca en la sala de los instrumentos: pianos de toda clase, violines, violas, violonchelos, saxos, flautas, oboes y un fuelle con el cartelito que explica por las dudas el nombre: “bandonion”. Tiene un nombre grabado: Alfred Arnold. ¿No será un hijo no reconocido del Gordo Troilo?...

La visita se puede completar con una sala, en la que conviven para mantener la línea de los contrastes cuadros surrealistas e hiperrealistascon ejemplares de libros de Thomas Mann y la partitura original de una ópera de Richard Wagner y otras joyitas.

A la salida, en un pasillo se disponen como piezas de ajedrez sobre un tablero algunas celebridades de lo que llaman “juego del pensamiento”. Hay varios muñequitos de madera con nombres grabados en su base: Beethoven, Brecht, Einstein, Gunter Grass, Marlene Dietrich, Bach, Nina Hagen. Hasta Angela Merkel juega para darle un toque de actualidad.

Si Argentina sale campeón del mundo no estaría mal que lo pongan a Johann Roman Riquelmen.

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