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Lunes, 19 de noviembre de 2007

CONTRATAPA

Román, un chico de barrio

En su casa de Don Torcuato, casi pegada a la villa en la que creció, Riquelme se olvida del fútbol, de los elogios y de las críticas, y recibe a sus amigos para disfrutar de lo que más le gusta además de jugar al fútbol: comer asados con ellos. La intimidad del ídolo de la Selección Argentina.

 Por Alejandra Ruffo

No mira a los ojos cuando habla. En ningún momento. Juan Román Riquelme cuenta anécdotas, se entusiasma, se enoja, pero no levanta la mirada. Y se ríe poco, casi nada. Sólo cuando se siente entre los suyos las sonrisas empiezan a surgir, y se ve al chico de potrero que nunca dejó de ser.

Pasar una tarde en la casa de Román fue simplemente una cadena de casualidades. Un amigo de su infancia que se crió con él en la villa, mientras hace trabajos de albañilería, comenta que lo conoce y propone el encuentro. La desconfianza, las dudas, pero finalmente la decisión de creer en esa historia y aceptar la invitación de visitar la casa de Riquelme.

La casa es en Don Torcuato, en un barrio privado separado sólo por una vía de la villa, el lugar donde el jugador de la Selección aprendió a conocer a la pelota. Nunca quiso irse de ese barrio, por eso con sólo asomarse a una ventana puede ver lo que fue su mundo cuando nadie sabía quién era.

En el camino a Don Torcuato, su amigo me cuenta anécdotas, me habla de la infancia de Román, de la vida en la villa. Yo en realidad estoy muy nerviosa, todavía sin saber si en realidad voy a la casa de Riquelme o dónde puedo llegar a terminar... Hasta que llegamos al barrio y nos recibe la madre de mi acompañante, el verdadero contacto, que lo conoce a Román desde que era un chico. Nos pide que la sigamos y nos lleva a la casa del ídolo: el corazón late fuerte, la historia era verdad. “Román está durmiendo la siesta, tenemos que venir en un rato”, se disculpa la mujer y me invita a esperar en su casilla. Asustada por prejuicios tontos, acepto la invitación y espero.

Entre chicos que corren detrás de una pelota vieja, caminamos por los pasillos angostos hasta llegar a la casa. La anfitriona nos ofrece sentarnos en un patio muy chico y comienza con su labor de todas las tardes: cocinar panes a carbón sobre chapas. Los vecinos van llegando y esperan por ese pan que será su merienda, mientras los perros olfatean el piso buscando alguna miga. El sol va cayendo, el olor a pan caliente nos abre el apetito y la ansiedad es cada vez mayor. Cuando ya me empiezo a preguntar si realmente todo eso se irá a concretar, suena un teléfono y escucho lo que esperaba: “Román dijo que podemos ir”.

De nuevo cruzar la vía, de nuevo en la puerta del barrio y, esta vez, el portón abierto. La primera casa a la vista, con un leve tono amarillo, muy amplia y de dos pisos, es el lugar que tanto esperé conocer. En una entrada lateral, vestido de jeans y zapatillas, Juan Román Riquelme nos abre la puerta y nos saluda, con algo de timidez. No me mira, ni a mí, ni a quienes me acompañan. Ni lo va a hacer en el resto del encuentro. Atravesamos el parque, costeamos una piscina y pasamos a un quincho, donde hay un amigo que parece el verdadero anfitrión: es quien trae las sillas, quien ceba mate, quien nos saca fotos y quien rompe el hielo. La tarde en la casilla se calienta aún más por los nervios, pero el clima se va atenuando con el pasar de los minutos.

Sentados a una mesa larga, entre mate y mate, Román se empieza a soltar: habla de la Selección, de Boca, de fútbol. Habla, pero también patea una pelota: realmente, la tiene atada a los pies. También menciona a sus enemigos más temidos: los periodistas. Todo el tiempo mira el televisor y hace un comentario de cada personaje que aparece, repite cosas que escucha y, sobre todo, las críticas de los periodistas deportivos. Está informado, las conoce con puntos y comas. Sabe lo que dicen de él y le molesta. No sabe, porque no me animo a decirle, que está hablando con una futura periodista.

Después de más de una hora de charla empiezan a llegar más visitas, son “los amigos del barrio”, que entran y salen del ambiente como si estuvieran en su casa. Sus caras le cambian la expresión a Román, que ahora se divierte y bromea, dice que no le importan ni la fama ni la noche, que lo que más disfruta es comer un asado con ellos. También llega su hermano Cristian y se desinhibe del todo: “Este es el secuestrado”, dice riendo. La humildad se respira. En ningún momento de las horas que dura la visita demuestra incomodidad por la intromisión. Evidentemente, las puertas de su casa están abiertas.

Entre los suyos, Román es otra persona. El personaje preocupado por las críticas queda atrás y aparece la esencia: un chico de barrio, de 29 años, que lo que más quiere es jugar a la pelota, sin flashes y sin periodistas; en el potrero y con sus amigos.

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