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Lunes, 30 de septiembre de 2013

CONTRATAPA

Historias de Nueva York

El último Grand Slam del circuito mundial de tenis, el Abierto de los Estados Unidos, finalizó el 9 de septiembre pasado y dejó muchas curiosidades para destacar.

 Por Adrián De Benedictis

Nueva York transmite opulencia sólo con mencionar su nombre. La ciudad mítica de Estados Unidos se fue transformando a lo largo de la historia en una metrópolis con identidad propia, como si fuera un país independiente dentro de otra gran nación. Con todo ese magnetismo se desarrolla allí el último de los cuatro grandes torneos del circuito mundial de tenis, tanto de la ATP como de la WTA. El US Open volvió a dejar su estela en este 2013 que lentamente se despide, y ofreció muchas curiosidades durante las dos semanas que duró el certamen, en el que terminaron festejando el español Rafael Nadal y la local Serena Williams.

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Cuando el público se acerca al complejo de Flushing Meadows, en el distrito de Queens, hay una estructura imponente que parece intimidar: el estadio Arthur Ashe. De los mejores del mundo para ver tenis, esta mole de cemento está ubicada en el corazón del predio, y su figura deja la sensación de caerse encima de la gente. Sus tribunas tienen tanta inclinación que el vértigo va en aumento si cada persona no se sienta rápido en su butaca. Mantenerse de pie puede desembocar en un mareo peligroso, con todo lo que ello implica. Este estadio cuenta con capacidad para 22.500 espectadores (el más grande del planeta), y para 2016 tendrá un techo retráctil que se podrá desplegar en apenas cinco minutos. Los voluntarios del torneo destacan que en ese lugar “sólo juegan los grandes”, y los boys (chicos) lo hacen en el resto de las otras canchas.

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El movimiento de los seguidores es permanente a lo largo de este parque. Las calles internas exhiben sus stands enormes, que no tienen nada que envidiarles a los locales de la Quinta Avenida. La variedad de productos es asombrosa, y los concursos para ganar algún premio aparecen a cada paso. En el medio de esa marea humana puede encontrarse nada menos que a Svetlana Kuznetsova, la actual 39ª del ranking mundial, que tuvo su mejor ubicación en septiembre de 2007, cuando ocupó el segundo lugar. La rusa se dirige hacia la cancha 17 para afrontar su compromiso de primera ronda, y a nadie se le ocurre detenerla para solicitarle una foto o un autógrafo. De la misma manera que ella asoman otras figuras del circuito, y hay que conocerles bien la cara a los protagonistas, debido a que pueden llegar a circular sin que nadie se dé cuenta de que le están caminando al lado.

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Un grupo de música acompaña la jornada durante todo el día y entona canciones de bandas reconocidas, pero difícilmente alguien se detenga para prestarles atención, y el único objetivo es llegar a otra de las canchas para no perderse un encuentro distinto. El revuelo se genera cuando asoma la figura de Roger Federer. El suizo se desplaza desde la sala de jugadores hacia uno de los más de 20 escenarios que tiene el lugar, para realizar una práctica liviana, y el fervor del público es inmediato. Esta leyenda del tenis tiene un magnetismo especial con los neoyorquinos, que lo idolatran como si hubiera nacido en Estados Unidos. Federer entrena y alrededor suyo hay más gente que los que siguen un partido oficial.

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Para los argentinos, este Grand Slam también asoma como muy particular, sobre todo después del título ganado por Juan Martín del Potro en 2009, luego de una final memorable ante Federer. Y el impacto es más fuerte cuando aparece la placa que tiene grabada a los últimos diez campeones de ambas ramas. El nombre del tandilense se mezcla entre los del suizo (2008) y el español Nadal (2010), para dejar sellado que también se metió en la historia del US Open, de la misma manera que lo hizo Guillermo Vilas en 1977, pero en ese entonces el torneo se jugaba en Forest Hills, un poco más al sur de Flushing Meadows.

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En el caso de que alguien no quiera perderse algunos de los partidos que se juegan en simultáneo, puede ubicarse enfrente del Arthur Ashe, donde una megapantalla de LED dividida en pequeños televisores, proporciona todo lo que ocurre en los distintos escenarios. De esa manera sigue de cerca lo que sucede al mismo tiempo, por ejemplo, en el Ashe, el Louis Armstrong (para 15 mil espectadores) y en el Grandstand (8 mil), los tres estadios más importantes. Las reformas que tendrá el Centro Nacional de Tenis de Nueva York para los próximos años demandará un inversión global de 550 millones de dólares (412 millones de euros). Eso implicaría también poder albergar 10 mil personas más durante los primeros ocho días de competencia.

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El sol va dejando lugar a las estrellas, y la iluminación del complejo vuelve a transformarlo en su totalidad. La visión desde uno de los pisos más altos permite observar cómo todo el lugar queda decorado con canteros de flores, que durante el día se hacen invisibles a los ojos. Las luces también se mezclan con las del City Field, el estadio de los New York Mets, equipo de la Major League Baseball, que fue construido en 2009 del otro lado de la estación de tren Corona Park, a pocas cuadras de ahí. La música ya no se escucha y el único ruido es el del agua que baja de las fuentes desparramadas por esa gran superficie. New York, New York...

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