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Lunes, 16 de mayo de 2016

CONTRATAPA › A PROPóSITO DEL ESTRENO DE LA PELíCULA QUE PROBLEMATIZA EL COMPONENTE AUTODESTRUCTIVO DEL FANATISMO

Hijos nuestros

El film, dirigido por Juan Fernández Gebauer y Nicolás Suárez, y protagonizado por Carlos Portaluppi, Ana Katz y Valentín Greco, describe la carrera de un ex futbolista en la década del 80, que tuvo su plenitud en un paso fugaz por San Lorenzo.

 Por Adrián De Benedictis

Hugo Pelosi fue un futbolista que tuvo su momento cumbre en San Lorenzo, en la década del 80, cuando llegó a jugar siete partidos en la Primera División. En ese pequeño ciclo pudo convertir un gol, de cabeza, en alguna de las canchas donde el club deambuló antes de construir el estadio del Bajo Flores, luego de la desaparición del Gasómetro de Avenida La Plata. Esa fue toda su trayectoria en la institución por la cual transmite una pasión inigualable. Una lesión grave en el tobillo le impidió seguir en el profesionalismo, aunque su falta de compromiso en el momento del esfuerzo y el sacrificio, hubieran atentado contra cualquier intención de transitar una carrera digna.

Con el tiempo, Pelosi se dio cuenta que esa postura lo terminó perjudicando, y por ese motivo intenta que los jóvenes que se inician en el fútbol, exhiban el sacrificio que a él le faltó. Como las cifras que se manejaban en esa época no eran las de ahora, Pelosi no logró juntar mucho dinero, y la vida lo encuentra conduciendo un taxi. Mientras circula, no deja de pasar nunca por el barrio de Boedo, la parte de la Ciudad donde se siente más cómodo.

La pizzería ubicada en la esquina de Avenida La Plata y Avelino Díaz, justo enfrente del supermercado Carrefour, es el lugar elegido para compartir con otros taxistas. Y por supuesto, cuando San Lorenzo tiene algún compromiso al que no pueden asistir, sobre todo en el exterior, esa pizzería se transforma en el escenario ideal para seguir los partidos.

Julián es el hijo de Silvia, enloquecido del fútbol e hincha de Vélez, al cual Pelosi conoció en uno de sus viajes. El joven se olvidó el documento en el auto y Hugo logró ubicarlo para devolvérselo. Julián juega en un club de barrio, “La Fuente”, de la zona de Villa Mitre, con el número cinco en la espalda pero tranquilamente podría lucir la “10”. Esa camiseta que distingue a los jugadores distintos de los comunes.

“A pesar de que seas hincha de ese club de mierda, te voy a conseguir una prueba en San Lorenzo”, le comentó Pelosi al chico, con edad de pre-novena. Julián abrió grandes los ojos cuando lo escuchó, y no sabía si insultarlo o agradecerle. “Te pensás que tengo miedo”, lo desafió.

Al ex futbolista le habían quedado muchos conocidos en la entidad, y cada vez que aparecía por ahí era saludado por todos, desde la gente de seguridad hasta los utileros. Pelosi fue a conseguirle esa evaluación al pibe en un taller mecánico. El dueño era un ex compañero que también conducía a esa categoría en San Lorenzo. El diálogo fue así:

–Lolo, tengo un pibe que la rompe, lo tenés que probar, anda muy bien.

–Escuchame Hugo, en los ‘80 San Lorenzo era un Fiat 600, y ahora es una Ferrari, no es para cualquiera. Hasta el Papa es de San Lorenzo.

–Dejáte de joder, dale una oportunidad.

–Mmm... bueno mirá, el sábado, a las 11, hacemos una práctica. Traélo ahí.

–Muy bien, gracias Lolo.

Cuando Pelosi le comunicó a Silvia que le había conseguido la prueba a Julián no hubo inconveniente. Lo que la dejó preocupada era el día, el mismo que el chico tenía que tomar la confirmación. Hugo se ofreció a poner el auto para salir rápido de la iglesia y llegar a tiempo al entrenamiento. Y después de una ceremonia muy particular, donde se terminó celebrando “ser cuervo de pendejo”, y de “matar a una gallina y un bostero”, con Silvia a cargo de la guitarra, los tres salieron rápidamente hacia la cancha auxiliar de San Lorenzo.

Con los botines que le había regalado Hugo para la ocasión, Julián empezó el partido de práctica en el banco de suplentes, y cuando parecía que no iba a participar, Lolo lo hizo ingresar como volante, pero con libertad para pasar al ataque. La primera pelota que agarró dejó a tres en el camino y remató apenas por arriba del arco. El pronóstico venía favorable.

Sin embargo, en todas las acciones siguientes, Julián no pudo prevalecer ante sus marcadores, y cuando lo hizo, le entregó la pelota a un contrario. Del otro lado del alambrado, Hugo miraba todo con atención, y comenzó a retroceder en el tiempo lentamente, hasta verse reflejado en Julián. Desganado y fastidioso, al chico no le salía nada de lo que intentaba. Cuando Lolo marcó el final, había quedado claro que el partido no había sido el mejor para él.

El técnico le habló a un costado y lo despidió. Pelosi se dio cuenta de la situación, y corrió a Lolo hasta acorralarlo en la utilería. Sin decir una palabra, le dio un trompazo que hizo que Lolo cayera arriba de una gran cantidad de botines. El dolor del ahora taxista era por la impotencia que le provocaba volver a ver una imagen que él mismo había sufrido. Cuando ya estaban en el auto, Pelosi se descargó con el pibe también. “Cuando tenés una oportunidad hay que poner huevo”, le lanzó. Julián no tenía ganas ni de contestar.

La bronca de Pelosi era tan grande que Silvia y Julián terminaron abajo del auto. El siguió solo. Sin rumbo. Pero se dio cuenta de algo. Su vida también necesitaba un sacrificio extremo para ser modificada. Lo mismo que le había pedido a Julián.

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Los protagonistas de la película.
 
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