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Lunes, 2 de enero de 2006

CUANDO LA VORACIDAD POR LA VICTORIA IMPONE EL DOPING EN EL DEPORTE

Esta carrera se está perdiendo

Ni siquiera las normas más duras impuestas en los últimos años permiten suponer que el doping es un flagelo en retirada. Especialmente porque los porcentajes de doping en el alto rendimiento no difieren demasiado de los datos que arrojan análisis efectuados a deportistas amateurs. Los problemas de la superprofesionalización del deporte.

 Por Gustavo Veiga

Apenas pasaron ocho días entre una sanción y la otra. Mariano Puerta ingirió unas gotas de Effortil y, por reincidente, le aplicaron ocho años de suspensión el último 21 de diciembre. El estadounidense Tim Montgomery, ex campeón mundial en 100 metros llanos, engañó los controles entre 2001 y 2005 gracias a la hormona del crecimiento (THG), una sustancia indetectable y recibió, tras su apelación, dos años de inhabilitación el martes 13 del mismo mes. El tenis, el atletismo y dos casos tan diferentes como de gran repercusión, señalan un universo inabarcable y complejo: el del doping asociado al deporte de elite o alto rendimiento. Un problema que, en el último año, y sobre todo después de esa bisagra que fueron los Juegos Olímpicos de Atenas –con record de muestras que arrojaron resultado positivo– se ha instalado con fuerza inusitada en el ambiente deportivo.
Qué hacer, cómo abordar este tema y con qué herramientas son preguntas que pueden admitir múltiples respuestas, inútiles algunas y parciales otras. El doping es un asunto tan viejo como los primeros Juegos de la antigua Grecia (pasaron casi 2800 años). Un corredor o luchador de esa época podía ingerir extractos de plantas para mejorar el rendimiento. Hoy, la hormona de Montgomery es denominada “combustible de cohete”, un símbolo de esta era espacial. Y a diferencia de aquellos años antes de Cristo en que los atletas sacrificaban un cerdo en honor a los dioses y si ganaban les condonaban impuestos, hoy sacrifican sus cuerpos y los vencedores cobran fortunas.
Algunos gobiernos, comités olímpicos, federaciones, organizaciones no gubernamentales y especialistas parecen haber tomado nota súbitamente de que el doping merece tomarse en serio. Aunque el conflicto tiene su raíz en la propia esencia del deporte globalizado. El modelo de competidor que domina en cualquier pantalla televisiva o escenario es el que tiene éxito, se supera a riesgo de esquilmar el físico y soporta todas las presiones del entorno. O sea, el que garantiza la facturación de millones de euros o dólares, depende de cuál moneda se elija.
En ese marco, cualquier norma o ley que se aplique o el disuasivo de los más severos castigos –que incluyen penas de por vida– no resolverá el problema de las malas artes a la hora de calzarse los cortos o levantar 300 kilos de hierro fundido. Lo pregona una decisión de la Unesco, que aprobó la Convención Internacional contra el Doping en el Deporte el 20 de octubre del año pasado. “El primer instrumento jurídico internacional que tiene por objeto la erradicación del doping”, dice la declaración que, más adelante, señala cómo “apoyar, diseñar o aplicar programas de educación y formación...”.
El texto también deja expresado que todos los atletas del mundo deberían someterse a idénticas normas, ser examinados de manera regular y sufrir las mismas consecuencias cuando se dopen. Un estado ideal de las cosas que, así enunciado, sería el remedio más eficaz para una realidad ingobernable. Y que evitaría sanciones tan diferentes como las de Puerta y Montgomery, que, al comparárselas, resultan disparatadas. Y sobre todo cuando se comprueba que el velocista era un engranaje más en una “amplia conspiración de doping”, como sostuvo la Corte Arbitral del Deporte (CAS). La misma que le quitó su record mundial de 2002 (9,78 segundos), aún hoy la segunda mejor marca de la historia.
Eso no quiere decir que el sostenido incremento de positivos en el tenis sea un detalle menor. En 2003 hubo dos casos, en el 2004 siete y en 2005 la cifra llegó a diez. Otros datos corroboran que la situación es inquietante, más allá de la frontera que se escoja al azar. En Francia, por ejemplo, su Consejo de Prevención y Lucha contra el Doping reveló que en 2004 casi el 5 por ciento de los estudios realizadosa deportistas profesionales detectaron que habían ingerido sustancias prohibidas.
En la Argentina, durante 2003, el índice subió hasta casi el 7 por ciento, incluido el fisicoculturismo, una actividad en la que suelen descubrirse valores altos. Aunque el promedio de todas las disciplinas, según el doctor Carlos D’Angelo, coordinador del área de Prevención y Control del Doping de la Secretaría de Deporte, hoy rondaría un porcentaje sensiblemente menor (ver aparte). Y en el fútbol, que en los últimos 30 años tuvo 43 casos positivos, el médico atribuye la estadística tan baja a que la AFA viene desarrollando controles sistemáticos y de muy buena calidad. Una muestra de las que se toman en sus campeonatos profesionales cuesta 180 pesos, un precio que está alejado de los valores internacionales, por lo general más elevados.
Ahora bien, los porcentajes del doping en el alto rendimiento no difieren demasiado de los datos que arrojan ciertos análisis efectuados a cualquier deportista amateur. Según un estudio de la Comisión Europea correspondiente a 2002, cerca del 6 por ciento de las personas que concurrían a gimnasios –en varios países del continente– admitió haber tomado preparados o medicamentos para mejorar su estado físico. Otra investigación de la Universidad de Quebec, en Canadá, también difundió el mismo año que un 26 por ciento de los jóvenes interrogados había ingerido sustancias prohibidas por el Comité Olímpico Internacional.
Podrían mencionarse los esteroides anabolizantes, las hormonas, los betabloqueantes, los diuréticos o agentes enmascaradores, los narcóticos como el Fentanyl y la más inocente de todas, la efedrina. Pero la marihuana, la droga social más detectada en los controles de la Agencia Mundial Antidoping (WADA) y en los que se realizan en el laboratorio del Cenard, disparó sus índices más que ningún otro preparado químico o componente natural.
El porcentaje que surge de los 33 laboratorios supervisados por la Agencia Mundial Antidoping de todo el mundo era entre un 6 y 7 por ciento en el 2000. En los controles a deportistas, esa cifra se eleva hoy a un 18 por ciento. La cocaína aparece menos y en la Argentina se correspondió más con la realidad de los años ’90. Cualquiera fuera la droga de que se trate, está muy claro que será imposible erradicar un problema emparentado con el contexto social que contiene al deporte y la búsqueda de un perfil de atleta semejante al hombre biónico.
“Sería ingenuo pensar que es fácil acabar con ello, especialmente cuando cada vez hay más y más partidos en el calendario”, afirmó el secretario general de la Unión Europea de Fútbol (UEFA), Lars-Christer Olson en octubre de 2004. Dos meses antes, se habían desarrollado los últimos Juegos Olímpicos en Atenas, donde el mejor atleta griego, Kostas Kenteris (campeón olímpico y mundial de los 200 metros), quedó fuera de la competencia después de un extraño accidente en motocicleta y antes de ser sometido a un control antidoping sorpresivo. Y en junio del mismo año, al ciclista australiano Mark French, ex campeón mundial de pista, lo suspendió de por vida el Comité Olímpico de su país, en un caso en el que intervino hasta el propio gobierno.
¿Qué significan entonces los ocho años de suspensión a Puerta en el planeta deportivo? Una triste historia más que, por haber afectado a un deportista argentino, se antoja una pesadilla eterna. Sin embargo, el tenista, de acuerdo a con qué reglamento se evalúen las gotas que tomó, fue castigado en exceso o la sacó barata. En cualquiera de los dos casos, sería aconsejable que su historia nos entregue una señal. Una señal de que muchas cosas deberían cambiar para que el deporte no se deshumanice más.

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El alto rendimiento impone exigencias que desembocan en el doping, pero también el amateurismo.
 
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