libros

Domingo, 16 de mayo de 2004

RESEñA

¡Mamushka!

LA MUJER RUSA
Rodolfo Rabanal

Adriana Hidalgo editora
Buenos Aires, 2004
318 págs.

POR MARTIN DE AMBROSIO

¿Cómo contar una historia de amores fugaces, olvidos minuciosos y memorias inconstantes, y lograr escapar de toda banalidad y además desplegar esa historia en otras diversas historias que parecen en definitiva una sutil variante de la misma? Rodolfo Rabanal da la respuesta en su sexta novela (con anterioridad había publicado El apartado en 1982, El pasajero en 1984, El factor sentimental en 1990, La vida brillante en 1993 y Encuentro en Marruecos en 1996). ¿Y cómo es que lo logra? Pues haciendo que esa mujer rusa del título se convierta en tres mujeres rusas.
Mujer rusa número 1: Liudmila Gorenko. Participó en la guerra de Yugoslavia como médica. Conoce el horror y la muerte en serie. Como escapada, huye de Europa y recala en un difuso balneario de la costa uruguaya llamado Ciudad Blanca. Se encuentra con un impreciso redactor de noticias científicas que, harto de todo y con un pasado que prefiere no recordar, opta por vivir alejado del mundanal ruido de Buenos Aires. Se aman desaforadamente durante 17 únicos días. Luego ella, como tenía planeado, continúa su viaje.
Mujer rusa número 2: Solange Benson. Es una niña que naufraga frente a las costas uruguayas y no le queda más remedio que hacerse criar por un extraño cónsul inglés (cuyo exilio también había sido producido por una tragedia similar). Luego de un tiempo, se casa con su padrastro, pero el romance edénico termina cuando ella huye a Londres; allí la espera otro hombre. Nunca más se ven.
Mujer rusa número 3: Anna Ajmátova. La notable poeta tuvo un encuentro de sólo una noche, larga y módica, en San Petersburgo con el joven Isaiah Berlin. Se enamoran, pero no pueden volver a verse. Él tiene que volver a su país y ella queda presa de la rigidez comunista.
La novela, contada en primera persona por el amante de la mujer rusa número 1, desenvuelve como en una mamushka las otras historias de estas mujeres del gran país del Oriente europeo. Todas las historias están cargadas del mismo sentimiento trágico del amor: el amor es algo que no dura más que en la memoria. Si persiste –lo siento mucho, parece decirse– no es amor sino otra cosa (una convención burguesa que Rabanal no osa nombrar).
Por otra parte, el artificio narrativo elegido por el autor convierte al narrador en un extraño ser que también huye, que apenas si recuerda algo de su pasado al que busca oblicuamente en las vidas de otros. La amante rusa, que aparece luego de varias páginas de triste filosofía, convierte en raros brillos las oscuras reflexiones. Por un instante, deja de estar atormentado por el pasado –pero (ay), eso dura tan poco...
Por si fuera poco, la narración de paso demuestra la inconmensurabilidad que existe entre los idiomas de un padre de 48 años y su hijo de 18: no hay entendimiento posible; ambos se ven como extranjeros y se acusan mutuamente de hablar el idioma de los bárbaros (de todos modos, en definitiva, la visión es la del padre y su estupor ante la otra generación de mucho ruido, movimientos de cabeza, pocos diálogos y universal indiferencia).
Con La mujer rusa, ese elegante escritor que es Rodolfo Rabanal vuelve a recorrer una muy personal senda literaria que comenzó a andar hace más de20 años y que esta vez produjo una novela compleja, hermosa y triste como un tango de Piazzolla.

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