libros

Domingo, 23 de mayo de 2004

RESEñA

Las viejas de Puig

CONDUCTORES SUICIDAS
Alejo García Valdearena

Ediciones de la Flor
Buenos Aires, 2004
253 págs.

POR MARTIN DE AMBROSIO

En el prólogo a esta novela de Alejo García Valdearena, Roberto Fontanarrosa afirma que, como Charly García, “Alejo García Valdearena también tiene oído absoluto. Escucha hablar a la gente por la calle, en los negocios, en los boliches, y esa forma de hablar se le queda pegada, impresa en algún recodo de la memoria”. Este primer círculo de posibles relaciones se cierra por la misma boca de uno de los personajes de la novela: “Somos las viejas de Puig, boludo. Hablando de los demás en el supermercado”.
Es que es así nomás: la singular novela del debutante García Valdearena (nacido en 1975 en Adrogué y actual hacedor de comics en Barcelona) podría ubicarse sin problemas en un imaginario punto que intersecte las obras de Manuel Puig y Roberto Fontanarrosa. De Puig toma esa inigualable capacidad para la recreación de situaciones a través de los diálogos, y de Fontanarrosa, el fondo, la tematización de ciertos grupos de muchachones post-adolescentes que se sientan en un bar a tomar cerveza y a discutir de sus temas preferidos, discusiones que pueden ser a veces teologales, pero casi siempre son sobre mujeres.
Otra cuestión central que podría jugarse en la novela es la descripción de cierta “generación de jóvenes actuales”, o de cierta “normalidad” que se pretendiera describir. Pero, aunque hay mucho de eso (y de acostumbradas incorrecciones, como por ejemplo la consabida homofobia de las barras, pese a que se trata de hombres que se la pasan todo el tiempo juntos y para quienes las mujeres son raras aves), las andanzas del grupo de conductores suicidas exceden la mera cotidianidad. Al menos si es verdad que, como puede sospecharse, no es frecuente que “los jóvenes de hoy” utilicen los viernes a la noche para escribir y emborracharse prolijamente. Ni, tampoco, que se esfuercen en preparar cartelitos de vocación surrealista con la declarada intención de “desestabilizar el orden social”. O –al menos– hacerlo explícito. Todo eso sin dejar de ser conscientes de que ellos mismos son parte de ese orden: uno de los personajes no tiene problemas en decir: “Lo bueno del capitalismo es que en la tele siempre hay modelos para ver”, lo cual funciona como un buen resumen de cómo conviven dos identidades tan contradictorias como el barrio y la universidad.
A pesar de todos estos entusiasmos juveniles, la novela no puede sino verse atravesada por un cierto espíritu melancólico, gente ya universitaria que cuenta anécdotas de secundario y enumera las cosas que hace para sobrevivir en “este mundo de mierda”. Ese mismo aire de paraíso perdido, de un pasado que no ha de volver, queda patente al final cuando el más rana de todo el grupo depone las armas y cae en las garras de lo que algunos llaman madurez.

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