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Domingo, 13 de junio de 2004

ENTREVISTA A MIGUEL MURMIS Y A JUAN CARLOS PORTANTIERO

De parto

Autores de un clásico de la sociología histórica, Estudios sobre los orígenes del peronismo, Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero, en diálogo con Radarlibros, se refirieron al origen del peronismo, a la militancia de los 70, a la incompleta industrialización de la Argentina (y a cómo las potencias extranjeras pudieron tener algo que ver en el asunto), e incluso a las diferentes formas de encarar la cientificidad en la sociología.

Por Martín De Ambrosio

Desde hace unos días está (nuevamente) en librerías Estudios sobre los orígenes del peronismo, libro considerado un clásico de la sociología histórica argentina. Allí, Miguel Murmis y Juan Carlos Portantiero develan las causas objetivas del nacimiento del peronismo, en momentos –décadas del 30 y el 40– de una incipiente industrialización y de un reacomodamiento de las clases bajas que, ya en las ciudades, se transformaban en clases obreras. La nueva edición de Estudios... mantiene del original la división en dos partes (los dos artículos que conforman la obra: “Crecimiento industrial y alianza de clases en la Argentina (1930-1940)” y “El movimiento obrero en los orígenes del peronismo”) y le agrega un luminoso prólogo de Hernán Camarero que habilita la leyenda “Edición definitiva” que brilla en la tapa.
En su momento, Estudios... –cuya primera edición se hizo en 1971 y que desde entonces es lectura obligatoria en numerosas carreras universitarias– terminó con un par de mitos en torno de la Década Infame. Por un lado, que la industrialización por sustitución de importaciones había sido hecha contra la voluntad de los grandes terratenientes: el libro demuestra que sí les convenía y que quienes estaban en contra eran los pequeños oligarcas, defendidos con enjundia por la Unión Cívica Radical.
Por el otro, que la división que se hacía –sobre todo en la izquierda— entre obreros nuevos y obreros viejos era cierta (esa diferencia explicaba que los “nuevos”, llegados del interior y sin experiencia sindical socialista o comunista, adhirieran al populismo): el libro demuestra que la alianza de clases que proponía el peronismo era conveniente para todos los trabajadores por igual.
Dice Camarero en el prólogo que “detrás de una arquitectura expositiva cuidada y prudente, en la obra puede descubrirse una dimensión política”. ¿Existían esos propósitos cuando encararon la escritura o lo pensaban más bien como un trabajo científico?
Murmis: Más o menos. Lo que pasa es que en aquella época no había una frontera tan estricta. Uno hacía un trabajo que consideraba científico y al mismo tiempo creía que eso iba a servir para la militancia. La principal característica de un trabajo científico, al menos en nuestro campo, es que no sólo uno pone ideas e interpretaciones de lo que le parece cierto sino que además hace un esfuerzo especial para demostrar que es verdad, por eso uno va a fuentes, recurre a estadísticas. Ese esfuerzo ahora está diluido, ya que hay mucha gente de sociología que tiene sus imágenes, sus visiones, muy interesantes a veces, pero no hace ese trabajo de demostrar que lo que dice es verdad, no muestra documentos, no entrevista a nadie. Nosotros, en cambio, queríamos hacer un material que tuviera ese esfuerzo de búsqueda de datos.
Portantiero: En mi caso es imposible escindir el estímulo de la política del trabajo académico. Ambas inquietudes están entrelazadas. Pero es cierto también que en el caso de los textos que forman los Estudios... la investigación no estuvo sometida a la necesidad de probar alguna tesis política sino más bien a explorar una realidad que nos parecía insuficientemente tratada no sólo por Germani o Di Tella sino también por los ensayistas nacionalistas (Ramos, Puiggrós, Jauretche, Hernández Arregui); ambas, por otro lado, también con fuerte inspiración política. En ese sentido, claro que nuestra posición podía transformarse en parte del debate político que se potenciaría en los 70. Y así fue. Pero no hay que olvidar que cuando estos textos fueron escritos en 1968 no se había producido aún el Cordobazo ni el país había entrado en la vorágine.
¿Ser “científico” también era una elección política?
Murmis: Sí, creíamos que con el marxismo podíamos iluminar la verdad... Es que si uno no se plantea el compromiso de buscar en la realidad los índices de que lo que se dice es verdad, ¿cómo se puede saber que esverdad? Existen muchas tendencias intuicionistas. Por ejemplo, parece que Jauretche tiene una conexión directa con la realidad y entonces automáticamente lo que dice es cierto sin justificación alguna. Horacio González –recientemente nombrado en la Biblioteca Nacional– es un representante poderoso de esta visión según la cual lo que se necesita no es una sociología llamada científica sino una sociología que penetre la realidad. Yo leí cosas de Horacio y me dije “pero acá algo falta”, y es que él nunca se preocupa por comprobar si lo que dice es verdadero o no. Aunque, sin duda, siempre dice cosas interesantes. Pero, en fin, son dos líneas: gente que cree en esta captación intuitiva de la realidad y los que creemos en una cosa llamada ciencia.
El libro se ubica en un punto intermedio entre la posición antiperonista de la intelectualidad y la izquierda tradicional y la aceptación acrítica de los defensores del peronismo. ¿Esa posición es la que van a tomar los grupos de izquierda y de guerrillas que actuaron en los ‘70 y fueron a buscar la revolución a través del peronismo?
Murmis: Creo que no. Esa preocupación por la racionalidad no era algo que tuviera presente mucha gente por aquella época. Era más una lucha de posiciones, con los enemigos, los apologéticos y los acompañantes del peronismo. Pero no creo que interesara mucho la racionalidad de nuestro trabajo. En realidad, nosotros le quitamos poesía a las dos posiciones y fuimos por un camino intermedio, posición relativista que no entusiasmaba a nadie.
Portantiero: Nosotros confrontamos con dos tradiciones que, pese a que decían lo mismo, lo valoraban de diferente manera. Tanto la izquierda como el nacionalismo popular coincidían en la primacía de los “nuevos obreros” en la emergencia del peronismo, pero mientras la izquierda comunista y socialista veía en esto una limitación para la conciencia de clase, los otros argumentaban que en esa “virginidad” política de los nuevos contingentes se halló la clave del costado revolucionario del peronismo. Nuestra posición, en rigor, no era valorativa: el peronismo no era mejor o peor según haya sido el corte entre “nuevos” y “viejos”.
Uno de los trasfondos del libro (pese a que no se hace hincapié en ello) es la presión internacional para que la Argentina no se termine de industrializar, bajo la amenaza de no comprar productos primarios locales si a su vez el país no adquiría las manufacturas extranjeras. ¿Se puede hablar de una confabulación –o algo así– para que el país no se desarrollara completamente?
Murmis: Juan José Llach, que trabajó con Cavallo durante el gobierno menemista y luego fue ministro de Educación de la Alianza, publicó un comentario en la revista Desarrollo económico en el que decía que nuestro libro tenía un defecto fundamental, que era que no se daba cuenta que toda esa alianza que nosotros planteábamos estaba garantizada por el imperialismo, por los grandes intereses del imperialismo que querían que la Argentina sólo se industrializara en la medida en que lo hizo. Para nosotros fue una gran vergüenza, porque dijimos “uy, Llach tiene razón”.
Un misterio a develar, ahora, tiene que ver con el mantenimiento del movimiento peronista, tan polimórfico, que por otra parte parece ser el único en condiciones de gobernar el país...
Murmis: Nosotros no estudiamos el tema pero una vez Portantiero me dijo que podríamos escribir algo así como unos Estudios sobre el final del peronismo. Y yo le respondí “me parece que es un poco prematuro”.

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