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Lunes, 20 de mayo de 2002

El pensamiento como oleaje interior

Por Horacio González

El redescubrimiento de la obra de Georg Simmel coincide con (y sin duda es el resultado de) un momento de crisis esencial en las ciencias humanas. Pero no fue de este modo conmocionante que entre nosotros se lo comenzó a leer en el viraje del siglo XIX al siglo XX, como lo atestigua la módica cita que hace de él Juan Agustín García hacia 1900, en su Introducción al estudio de las ciencias sociales. En estos remotos parajes argentinos, interesaba la rara sutileza del pensar de quien en adelante bien podría considerarse el “Goethe de las ciencias sociales contemporáneas”, antes que la delicada pero prevenida incomodidad que le provocaba a un Émile Durkheim, que de todos modos lo había dado a conocer. Sin embargo, basta ver cómo se dirigen hoy hacia la lectura simmeliana los estudiantes de las áreas de conocimiento social en nuestras universidades (y en este país, especialmente por la encendida labor de Esteban Vernik), para percibir que ante la extenuación de un pensamiento reacio a encontrar “el árbol de oro de la vida”, se abren nuevamente las notas de una reflexión sobre el mundo que comienza por desentrañar sus escondidas poéticas bajo el modo de una nueva filosofía de la praxis. Al leer a Simmel podemos leer entonces a un Nietzsche, pero sin sus acentos convulsos, o a un Stefan George, sin sus pesadillas proféticas de redención.
No es difícil imaginar que la atracción que ejerce el pensamiento de Simmel –lo que llamamos el problema de la praxis, para no abandonarlo a una estetización de la vida, lo que de todas maneras permite– consiste en que nos lleva directamente al problema de qué significa pensar. El pensar, en Simmel, es lo súbitamente asombroso que surge de lo que llamaríamos de buen grado una antropología general de los objetos, a la que él le dio diversos nombres llamativos y provisorios: filosofía del dinero, metafísica de la muerte o quizás sociología de los sentidos. Lo que súbitamente fascina del pensar en Simmel es la manera inesperada en que hace irrumpir el objeto; todo objeto del mundo es la forma finalmente visible de las fuerzas del vivir pues en él se recupera la simultaneidad de lo exterior y lo interior. De este modo se referirá al asa de los jarros, al rostro, al dinero, a las comidas o a las máquinas de escribir como formas expresivas, o bien mecánicas, que conducen a procesos anímicos o espirituales en los que se revela la libertad y la idea misma de individuo.
La insistencia de Simmel en acogerse a los dominios del pensamiento circunspecto y serio (como puede ser el de la sociología), contrasta notablemente con el torturado éxtasis de sus miniaturas de trabajo. Simmel significa el pensar martirizado, pero esto no se nota. El esfuerzo para que no se perciba el suplicio del pensar, equivale a su modo mismo de pensar. Si de repente dice que la psicología del público de teatro es el ámbito que hay que estudiar para aprender cómo proceden los llamados “crímenes de masa”, podemos aceptar sin sobresaltos esta asociación inspirada en cierta idea de la sociedad como un evento teatral. Pero antes que eso es un intento para entender la esquiva unidad del mundo en la trivial serie de acontecimientos que se interponen ante el pensamiento. Simmel piensa como un pintor, o mejor dicho como un paisajista. Se busca una forma y cuando se la obtiene, ésta pasa a ser un producto del arte y a la vez un destino inevitable de todas las formas vivas del mundo. Su modo de exposición se atiene incluso a su idea de que al contemplar el mar, en el juego y contrajuego de las olas, contemplamos la libertad, el secreto, el ornamento y los visos incesantes del estar en común. Escribe, pues, acumulando y deshaciendo oleajes continuos, meticulosos, con fugaces espumas ante su mirada de acuarelista social. Simmel es el pensamiento como praxis oceánica y a la vez detenida en el alma descubierta de los objetos particulares. Deja en el joven Lukács la idea de forma como tragedia y destino del ensayista, en el agudo político del imperio austrohúngaro Otto Bauer la idea de forma nacional y de comunidad en el socialismo, en Elías Canetti una bio-antropología de las formas de dominación, en el peruano José Carlos Mariátegui la posibilidad de una identificación de las formas culturales del capitalismo, en el brasileño Gilberto Freyre un vitalismo erotizante, y en el argentino Ezequiel Martínez Estrada –como ineluctablemente lo informa La cabeza de Goliath– la última y secreta inspiración de su alegorismo expresionista. Fue y es digno el destino sudamericano de Simmel.

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