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Domingo, 12 de diciembre de 2004

UNA SORPRESA EN LA OBRA DE PEDRO JUAN GUTIéRREZ: GRAHAM GREENE INGRESA COMO PERSONAJE AL MUNDO ESPERPéNTICO DE LA HABANA DE BATISTA A MITAD DE LOS ’50.

El lugar sin límites

Nuestro GG en La Habana
Pedro Juan Gutiérrez
Anagrama
122 páginas

 Por Claudio Zeiger

Según relata Graham Greene en su autobiografía Vías de escape, visitó varias veces La Habana a principios de los ’50, y luego, en 1955, llegó deportado desde Puerto Rico porque a los 19 años había estado afiliado al Partido Comunista y los norteamericanos jamás se lo perdonaron ni lo olvidaron. “Me divirtió la atmósfera louche de la ciudad de Batista y nunca me quedé lo bastante para advertir el triste trasfondo político de los arrestos arbitrarios y la tortura. Iba a La Habana atraído por el restaurante Floridita (famoso por los daiquiris y los cangrejos Morro), la vida del burdel, la ruleta en cada hotel, las máquinas tragamonedas donde la suerte podía deparar una lluvia de dólares de plata, el cine Shangai donde por un dólar y veinticinco céntimos se podían ver espectáculos con desnudos de extrema obscenidad, y las más pornográficas de las películas pornográficas en los intervalos”.
En el arranque de la breve y por varios motivos llamativa novela de Pedro Juan Gutiérrez, Mr. Greene llega a La Habana en julio de 1955, se hospeda en el hotel Inglaterra, firma un autógrafo a un recepcionista que justamente está leyendo un libro suyo, sale a comer y por recomendación de un barman llega al teatro Shangai, un verdadero antro porno gay. Lo shockeante es que Mr. Greene ve actuar a Superman (un atlético negro que se desnuda en escena y muestra un miembro de proporciones inusitadas), queda impactado, se enamora, y unas páginas más adelante el negro está por penetrarlo pero no puede porque a Mr. Greene le duele mucho. Cuando la mandíbula del lector se sigue cayendo frente a tamaña audacia, nos enteramos de que ese Greene es un impostor, o sea, se llama Greene pero se hizo pasar por Graham cuando el recepcionista lo confundió con el escritor. El verdadero Graham Greene entrará en escena un poco más tarde para protagonizar una trama atrapante entre el policial y el espionaje, la peripecia sexual y el relato histórico sobre La Habana de los ‘50.
Hagamos entonces algunas puntualizaciones: Nuestro GG en La Habana es un acerado, seco y duro relato basado en algunos hechos históricos (hay una carta guardada en los archivos oficiales cubanos del entonces jefe de la CIA a Fulgencio Batista que así lo acredita) y que trabaja libremente con los dichos de Greene en Vías de escape. Puede pensarse esa escena inicial de “sodomización” de Greene como una advertencia de hasta dónde podría llegar y no llega Pedro Juan (pero al mismo tiempo llega: hay que ver lo bien hecha que está la escena, no tanto por su punch sino por el clima de noche desesperada que transmite). El tremendo autor de Trilogía sucia de La Habana, Animal tropical y otros libros que lo han situado como el adaptador caribeño del realismo sucio y las poéticas de la crudeza extrema (de Henry Miller a Celine pasando por Bukowski), ideó en este caso una trama en la que Greene, recién llegado a la ciudad donde “todos los vicios eran posibles” (Vías de escape), empieza a ser disputado por un grupo de cazadores de nazis que quiere que escriba una obra laudatoria sobre sus actividades, la CIA y la KGB. En verdad, GG parece estar más interesado en palpar entre sus dedos la candente noche habanera con sus mulatas, burdeles y casinos, y superar así la depresión que suele producirle el final de una novela (acaba de entregar al editor el manuscrito de El americano impasible, texto que viene a estar en la base de este juego de relatos en espejo), y soñar con otra vida posible, una de esas tantas vías de escape que se propuso en su vida, líneas de fuga para desafiar a la muerte y ganar en la literatura.
Hay un logro central en Nuestro GG en La Habana: Pedro Juan Gutiérrez da vívida cuenta de las andanzas de un gringo en ese infierno barroco y caliente llamado La Habana. Y en este caso ya no importa tanto que se trate de un gringo ilustre sino que podría haber sido cualquiera, un ejecutivo en busca de sexo y ron, por ejemplo; un norteamericano o un alemán rico y anónimo que hace turismo sexual. La visión de esa nocturnidad del vicio y la diversión hasta que la madrugada sorprende al hombre purificando su alma a pura resaca en el malecón está claramente trabajada a partir de los libros anteriores. El sexo bien arriba, animal y elemental, también proviene de los libros anteriores de Pedro Juan. La novedad, desde luego, tiene que ver con el género policial y el espionaje, y sobre todo con la puesta en perspectiva histórica del relato. Y no está mal lo que hace el autor al respecto. El problema más que evidente es que como novela de época y relato de géneros, Nuestro GG en La Habana está apenas esbozada en cien páginas. Hay tantos elementos puestos en juego que el lector no puede sino quedarse con la impresión de que al final (y se advierte que es un final muy bien calculado), podrían haberse explotado mucho más, o que inclusive estos materiales pedían un desarrollo más extenso. Si, en general, a las novelas contemporáneas suelen sobrarles páginas, éste es un caso curiosamente inverso. Le faltan. Hay una intriga, hay una ciudad y un mundo que valía la pena revisitar y, por supuesto, un escritor bastante misterioso según esta versión (misterio acentuado por el uso de esas iniciales –GG– en el título).
Nuestro GG en La Habana es la historia de una fuga, una conjetura, una reflexión sobre la situación de los novelistas frente a ciertas coyunturas histórico políticas. Un giro en la obra de Pedro Juan Gutiérrez (según anuncia el propio autor) que habría merecido menos apuro por terminar y publicar. Oye chico, que nos has dejado con las ganas.

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