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Domingo, 29 de mayo de 2005

INVESTIGACIONES

El enigma del humor registrado

La revista Humor y la dictadura, una edición a cargo de Andrés Cascioli, revisa la historia íntima de la publicación que a través del humor gráfico se convirtió en uno de los símbolos de resistencia contra la dictadura militar.

 Por Mariano Kairuz

Con la perspectiva que proveen los veintidós años transcurridos desde el retorno democrático, la continuidad y el crecimiento que tuvo la revista Humor Registrado a fines de los ‘70 y en la primera mitad de los ‘80, plantean todo un enigma. Que no tiene nada que ver con poner en duda la calidad de sus colaboradores ni el aporte claramente renovador que significó en el panorama de las publicaciones de la época, sino con el hecho de que los censores la dejaran, efectivamente, continuar y crecer, hasta llegar a vender varios cientos de miles de ejemplares dos veces al mes.

Una posible tesis sobre el asunto sostendría que los sistemas represivos deben admitir, incluso para garantizar su propia permanencia, algún resquicio de libre expresión; una pequeña válvula de escape, si se quiere. La idea de compilar notas e historietas publicadas por la revista creada por Andrés Cascioli en 1978 centrándose exclusivamente en el período que llega hasta 1983 es entonces más que apropiada, pero lo cierto es que, con sus más de quinientas páginas, el flamante tomo La revista Humor y la dictadura no ofrece una respuesta a este interrogante sobre la censura, sus mecanismos y sus fisuras, que surgen del éxito de la revista durante la dictadura. Tal vez, a modo de explicación a la supervivencia de Humor, entre los breves textos que acompañan y contextualizan las notas seleccionadas para el libro, se lee: “La revista tomó vuelo tan rápidamente que cuando la dictadura advirtió la magnitud del enemigo ya era demasiado tarde: Humor se había hecho tan popular que, aun para un gobierno de facto, resultaba difícil censurarla sin pagar un altísimo costo político”. Puede que, como escribe el propio Cascioli en el prólogo, el equipo de la revista hubiera creado su propia “zona liberada, porque percibíamos nuestro ámbito como un refugio, un espacio de libertad, y la gente lo notaba”. O que, como él mismo escribe unas líneas más arriba, sus enemigos no supieran siquiera cómo caracterizarlos: “Para los militares éramos comunistas, para Isabel y López Rega éramos gorilas”.

Lo que sí puede rastrearse en el libro es la evolución de los contenidos de la revista, la manera en que fue tanteando límites. Al principio, sus historietas de mayor tenor político hacían blanco casi exclusivamente en la catástrofe económica del Proceso (de la inflación a la “plata dulce”), y recién con el tiempo fueron abordando de manera más directa a los oscuros personajes de las Juntas. La primera tapa con Videla fue la de diciembre del ‘79, pero desde bastante antes la revista se había ido aventurando en la grotesca caricaturización de los “colaboracionistas”: José María Muñoz (quien, se indica en el libro, “había jugado un rol funcional a los militares “haciendo campaña a favor del slogan `los argentinos somos derechos y humanos’”) fue convertido en Superplom a mediados de aquel año. Que las de Bernardo Neustadt y Martínez de Hoz fueran caricaturas recurrentes desde el principio se ve hoy bastante inofensivo al lado de la tapa de diciembre del ‘81, en la que el Proceso aparece representado como un Titanic que se hunde mientras Massera huye en bote o la historieta que, para 1983, se le había asignado nada menos que a Galtieri: Fortunato El Grande, de Izquierdo Brown. Un seguimiento similar puede hacerse a partir de las notables entrevistas de Mona Moncalvillo, que dialogó con Alfonsín y Luder dos años antes del retorno democrático; con Adolfo Pérez Esquivel y con Hebe de Bonafini, cuando casi ninguna publicación masiva les daba cabida en sus páginas.

En los quince años posteriores al Proceso, el romance de Humor con el público fue apagándose, aunque gozó de una primera etapa brillante que le valió ser acusada de exhibir demasiado abiertamente sus simpatías radicales. No significa de ninguna manera que sólo tuviera valor como publicación “de resistencia”, pero pone de relieve la valentía de sus editores y colaboradores, que hicieron una de las publicaciones no marginales más políticamente incorrectas del país en una época en que el concepto de “corrección” política era más bien asunto de vida o muerte.

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