libros

Domingo, 12 de junio de 2005

CELEBRANDO UNA REEDICIóN

Las edades de Lulú

 Por Claudio Zeiger

Los dibujitos animados por lo general no crecen, no cambian ni se modifican. Siempre tienen la misma edad, si es que tienen alguna. Un buen ejemplo es “la pequeña Lulú”. Ella y sus amigos siempre serán pequeños, viviendo en la misma parcela del presente. Y una cualidad de la literatura erótica, bien mirada, es también ese presente que tiende a hacerse elástico, ese tiempo sin tiempo del erotismo (enrarecido y extremo en el caso de la pornografía) donde las personas no suelen cambiar y siempre vivirán vigorosas, tersas y enhiestas, siempre dispuestas. Pues bien: Lulú, la de Almudena Grandes, tiene una rara cualidad para la literatura erótica. Por empezar, desde el mismo título de la novela se invoca el paso del tiempo, esas edades todas sembradas de anhelo y dolor. Lulú es pequeña al principio pero deja de serlo. Y ese tiempo implica modificaciones corporales, mudanzas y madureces no tan bienvenidas en la literatura erótica donde las maduritas son siempre apetecibles y las mujeres pulposas nunca ven caer nada delante de sus ojos.

Todo lo dicho le da ya bastante mérito a la novela de Almudena Grandes, pero no llegaría a explicar el fenómeno que constituyó desde su aparición en 1989, novela por entonces de autora desconocida y primeriza que ganó el premio La Sonrisa Vertical de la editorial Tusquets. En España, y luego en círculos concéntricos derramando hacia otros países, otros mundos, Las edades de Lulú se fue volviendo un guiño generacional, algo así como la memoria sexual de una o varias camadas de jóvenes salidos de las entrañas de la represión educativa bajo el franquismo y otras dictaduras por cierto eficaces a la hora de convencernos de que sexo y cerebro son dos órganos tan sensibles como castigables. ¿Habría que buscar la explicación del éxito en razones sociológicas o existen elementos en el propio texto que lo justifiquen?

Más allá de una escena porno introductoria, en Las edades de Lulú todo comienza cuando Pablo, 27 años, amigo y camarada del hermano, lleva a la jovencita Lulú, de 15, al recital de un conocido cantautor catalán; ellos se burlan un poco del músico pero hay que ir porque en realidad es un evento político rojillo. Quizá llegue la policía y ni siquiera dé comienzo el concierto. Y en verdad, se retirarán antes de que comience. Lo que sí comienza es la primera larga noche de sexo/amor de Lulú, el primer peldaño de una extensa ceremonia de dependencia hacia aquel hombre iniciador que durará más de diez años. Son los ochenta (¡cuán almodovariano resulta el libro en la relectura!), son tiempos de mucho sexo y droga y desolación por debajo del glam adquirido de urgencia para ponerse a tono con la modernidad. La captación de ese brillo fugaz de época y su relato a través de las aventuras del sexo quizá sean las claves que permitieron la identificación de tantos lectores –hombres y mujeres– con Lulú. Y a los méritos antes apuntados se puede agregar que el libro sostiene una trama con personajes creíbles más allá del erotismo, y que Almudena, declarada fan de Boris Vian, fue muy a fondo en su primera novela, escribiendo sin especulación, como si no tuviera un futuro de escritora exitosa por delante.

Esta edición de Tusquets trae un extenso prólogo donde la autora cuenta cómo era su vida antes de Lulú, cómo concibió el libro, cuál es su peor pecado y cómo fue absorbiendo las montañas de fama que le depararían esta novela. Particularmente interesante resulta la discusión acerca del tópico “gender” del libro: los reproches de mujeres que decían que Lulú tiene una sexualidad eminentemente masculina, en gran parte porque el libro se aleja del erotismo lujurioso y se acerca a la dura pornografía. Almudena les contesta que ésa también puede ser su sexualidad (¿y qué?). Ahora, Lulú está de regreso para avivar la discusión y confirmarla como una buena novela de una época no tan buena.

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