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Domingo, 17 de julio de 2005

Apuntes para un discurso amoroso

Barthes y el deseo de la novela que nunca escribió.

 Por Sergio Di Nucci


La preparación de la novela.
Notas de cursos y seminarios en el Collège de France, 1978-1979 y 1979-1980.
Roland Barthes
Siglo XXI
488 páginas

El ideal romántico que ensalza la juventud conlleva el requisito de morir joven. Se diría que para sus lectores franceses, pero más especialmente para los latinoamericanos y argentinos, el crítico Roland Barthes (1915-1980) prometía en cada texto cumplir ese requisito trágico. No importa sobre qué escribiera: en todos los textos, los lectores encontraban tal despilfarro de energía, tales ganas de decirlo todo, tantos atolladeros a cada renglón, a cada párrafo, que parecía que su autor no iba a sobrevivir. No había ahorro intelectual, no había madurez, no había mañana: todo ahora, de una buena vez, en una sola carta.

Barthes era, sin embargo, un autor artista, un intelectual analítico que detestaba su época, la sociedad de masas y de bienestar material durante aquellos treinta años plácidos que siguieron a la épica de la Liberación. El esplendor intelectual que fascina a los lectores de Barthes es de un vigoroso narcisismo. Siempre inclinado a cancelar el mundo hostil, que Barthes llama de la doxa, de la opinión común, por el ejercicio de una inteligencia capaz de infiltrarse, de establecer divisiones generalmente binarias, allí donde los demás se cansaron de hacerlo.

En Argentina ningún otro autor francés de la segunda mitad del siglo XX ha crecido con mayor seguridad hasta identificarse con la imagen literaria de su país que Roland Barthes. La suya es una Francia setentista, íntima, aparentemente despojada ya de toda grandeur, destronado el existencialista Sartre por los estructuralistas, destronado De Gaulle por Mayo del ’68, destronado el mismo estructuralismo por quienes lo deconstruyeron después.

Todos los ensayos de Barthes son ostentosamente autobiográficos. Aun los que escribió en sus años de difusor del estructuralismo en semiología y en crítica y teoría literaria. La primera persona está siempre agazapada en este crítico que empezó tarde su carrera de autor publicado. A partir de los años de El placer del texto (1973), el yo dominará sin intermitencias ni disfraces. Una primera persona irónica, libresca, desdeñosa, dandy, va recorriendo, como si fueran textos, las cosas de la realidad o de la imaginación que le interesan, aunque el lector descubra pronto que lo que importa no es la cosa interesante sino la persona interesada.

La preparación de la novela no es una excepción al autobiografismo: lo exagera. De inmediato y sin concesiones, estos cursos son la presentación de una personalidad. El volumen reproduce las notas para sus postreros cursos y seminarios en el Collège de France (una institución de educación superior que no otorga títulos). La última colección de fragmentos de un escritor fragmentario, que anuncia que dejará de serlo: porque son, o están presentados, de una manera autorreferencial, como los materiales de una novela que Barthes promete escribir pero nunca escribirá. Algunas partes están claramente dirigidas al Culto del Yo que escribe: el deseo de escribir, el Yo que vacila, que se impacienta, que se consterna, que se separa de su escritura, o del “mero acto de escribir”, que se aburre, que recomienza o no. Toda esta psicología del escritor rentista, o de la fantasía de escribir, es ilustrada con ejemplos clásicos de la literatura francesa (Flaubert, Mallarmé, Proust) o de los gustos vanguardistas de la literatura francesa (Kafka, Joyce). Otras partes implican un excursus sobre las fotografías del archivo de Proust o sobre la metáfora del laberinto, y muy extensamente, el haiku.

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