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Domingo, 11 de diciembre de 2005

JOSE SARAMAGO: "LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE"

Morir es un arte

José Saramago comienza a perpetrar, con una novela sobre la muerte (literalmente: la muerte como protagonista), el cierre de su obra. Y no lo podría hacer de una manera más fiel a sí mismo.

 Por Mauro Libertella

Las intermitencias de la muerte
José Saramago
Alfaguara
276 páginas

Quienes hayan entrado últimamente a las grandes librerías habrán notado que el nuevo libro de José Saramago, Las intermitencias de la muerte, descansa a veces en la mesa de “novedades”, otras veces en la de “literatura” a secas y en no pocas ocasiones en la de “best sellers”. Esa ambigüedad se debe a algo un poco más complejo que la simple confusión de un grupo de libreros: es la implacable evidencia de que Saramago, como autor de novelas y como referente social, se mueve en un terreno pantanoso de perímetros poco marcados, difusos. Y, lejos de querer catapultar al autor bajo un único modo de leerlo, en la cruza de esos terrenos vamos a encontrar algún modo de leer su última novela.

Si miramos un poco atrás en las novelas de Saramago, vemos que sus relatos son por lo general el desarrollo de grandes temas que responden a la pregunta “¿Qué pasaría si...?”. Así, La balsa de piedra es lo que pasaría si la península Ibérica se desprendiera del continente europeo; Ensayo sobre la ceguera es el relato de lo que sucedería si una extraña epidemia condenara a todos los habitantes de una ciudad a la ceguera blanca, y El hombre duplicado es lo que pasaría si dos hombres milimétricamente idénticos se encontraran. Las intermitencias de la muerte reproduce ahora esta misma lógica y narra la historia de una ciudad donde la gente deja de morir, donde el factor muerte desaparece.

Hay siempre un momento en la lectura de Saramago en que nos maravillamos ante esta gran idea que propone para la trama, ante su puesta en relato. El verdadero momento de lectura llega cuando ese encandilamiento cae y quedamos frente a las distintas historias que hay dentro y a sus recursos narrativos propios. Porque en Las intermitencias de la muerte, además de la suspensión de la muerte, se habla también del estado (un tema que sin duda gusta al autor), de la mafia, de las distintas formas que tiene la familia de afrontar la despedida, de los medios de comunicación. Los diálogos se desarrollan de un modo que al principio puede parecer caótico y después resulta ser bastante esquemático: sin aclarar quién está hablando, las conversaciones son largos párrafos en donde cada intervención está separada de la otra solamente por una coma. Es común, así, pasar páginas enteras de la novela sin que un solo punto nos interrumpa. En sus últimas entrevistas Saramago viene declarando que ésta es una de sus novelas más graciosas. Es curioso, pero la lectura del libro demuestra todo lo contrario. No hay nada ahí que se parezca al humor o que pueda desatar una carcajada. Y, si bien la trama por momentos llega al absurdo (¡la muerte escribe y recibe cartas!), todo está tratado con un robusto sentido de la explicación y el orden. Saramago nunca fue un autor particularmente gracioso, y probablemente jamás lo sea.

A veces resulta difícil que la figura del Saramago social –esa suerte de predicador que viene a desparramar el evangelio de su ideología sobre la tierra– no empañe la experiencia de lectura de su obra. Porque, si bien es cierto que leer a Saramago desde lo puramente textual sería ir a contrapelo, hay un punto en que su prédica se mezcla tanto con sus relatos que se hace difícil discernir. Tal vez lo interesante sea ver en dónde sus historias se emancipan de ese peso y se vuelven relatos, a secas. En Las intermitencias de la muerte, ese paso se da hacia el final: el libro se torna más personal, y una historia de amor entre la muerte y un violonchelista se construye con buenos detalles y algunos golpes de efecto ingeniosos. Es ahí donde la lectura de Saramago se justifica desde la literatura. Muchas veces se ha dicho que las novelas del portugués buscan intervenir, modificar la realidad. Y, si en algo lo logran, es justamente en esos detalles: en algún gesto del diálogo, en algún roce. Puede parecer un fracaso que el autor que busca incidir en la realidad en su conjunto alcance, en cambio, el nivel de lo pequeño. Pero no lo es, porque es en lo pequeño en donde reverbera el destello literario, y ahí podemos leer un buen Saramago.

Vale decir: se desprende de Las intermitencias de la muerte una sensación de que poco a poco pero con pasos firmes la obra de Saramago va llegando a su fin, y que todas sus novelas conducían, de un modo u otro, a esta instancia en que la muerte se corporaliza, se vuelve protagonista. Como si en esta novela estuviera cristalizada toda la obra del autor, todas sus obsesiones y sus fantasmas. Esa es la sensación: Saramago está comenzando a perpetrar un silencioso pero inapelable cierre de su obra, y si antes cada uno de sus libros podía ser leído como universo autónomo y separado el uno del otro, ahora una cuerda invisible que los une deja ver sus nudos y sus trenzados. Y sea o no sea ésta su última novela (una posibilidad con la que el premio Nobel viene jugando con la prensa), la línea del horizonte, que alguna vez era el escenario de fondo, ahora está más cerca y es una posibilidad real. Y a lo mejor es por eso que Saramago declara en entrevistas que “quizás ésta sea mi mejor novela desde el Nobel”. Porque, si bien es cierto que sus últimos libros dejaban mucho que desear, el autor probablemente sienta a éste como el mejor no por sus méritos literarios, sino porque permite ver su obra hacia atrás, y en perspectiva, como un todo.

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