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Domingo, 4 de febrero de 2007

UN AMOR CLANDESTINO, DE GILLES ROZIER

Refugio para el amor

Una velada historia erótica en la Francia ocupada por los nazis.

 Por Liliana Viola

Un amor clandestino
Gilles Rozier
Salamandra
157 páginas

Es cierto, ésta es la historia de un amor clandestino –se desarrolla enteramente en un sótano y uno de los amantes está casado–, pero el título que eligió su autor (Un amor sin resistencia) revela un elemento esencial sobre aquello que envuelve y provoca esta relación: Francia está ocupada por el nazismo y aquí no se distinguen huellas de ninguna resistencia francesa. En las brumas iluminadas por amenazas de bombardeos y racionamientos para algunos personajes de esta familia resulta tan irresistible colaborar con la Gestapo, acostarse con los soldados para recibir un trato preferencial o por puro placer, como enamorarse a primera vista de un joven judío polaco que está al borde de la ejecución, jugarse la vida por un impulso, esconderlo en el sótano familiar donde hasta ahora se habían salvado los libros prohibidos, hacer el amor con él y no traicionarlo aunque resultara tan sencillo hacerlo. No actuar por altruismo sino por la voracidad del deseo. Y el personaje que relata esta historia tiene dos: el primero, premeditado, es el deseo del lenguaje que lo lleva a recorrer y proteger una biblioteca de literatura alemana, aprender el idioma, enseñarlo en las escuelas de niñas francesas y finalmente colaborar con los nazis haciendo traducciones. El segundo deseo irrumpe. La figura sensual e indefensa de un joven que pasa tiene la potencia necesaria para dar comienzo a una sexualidad que parecía imposible, sucia y siempre de otros.

En el sótano oscuro donde transcurren los enamoramientos dos personas intercambian los fluidos de dos idiomas hermanos, el alemán y el yidish, la vida y la muerte.

Gilles Rozier logra en esta breve historia tantas veces contada reconstruir la voz original de un personaje que se dispone ya anciano, a hablar de aquello siempre y cuando la música de Schumann no deje de sonar. En ese preciso instante el autor interpone un juego: atento a las leyes de la gramática, no dejará espacio para saber si este personaje, profesor de alemán y ávido lector de Thomas Mann, es un hombre o una mujer. Aun cuando describa las escenas de sexo con su protegido, será minucioso con la ambigüedad. Los lectores pueden salir a buscar indicios o errores en vano mientras queda demostrado que la misma suerte corren en esta encrucijada los varones gays y las señoritas de su casa, poco importa.

Más allá de este acertijo sin respuestas, lo que permite descifrar esta voz es el odio contenido hacia todas las imposturas y los caprichos de las familias en tiempos de guerra, de prejuicios, de miserias. Esta vieja voz que odia rejuvenece y se carga de una lasciva impunidad a medida que va demostrando que amó tanto y que a la vez no amó.

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