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Domingo, 19 de agosto de 2007

LANGE-MüLLER

Se terminó de imprimir

La imprenta, como símbolo de un mundo irremediablemente ido, protagoniza las páginas de una original novela alemana.

 Por Federico Kukso

Los últimos
Katja Lange-Müller
Adriana Hidalgo
114 páginas.

Las primeras veces están sobrevaluadas. Con esa convicción en mente, y en esa clave, hay que leer (se sugiere leer) la pequeña pero gran novela Los últimos de la escritora alemana Katja Lange-Müller. Porque si bien no tiene nada en contra de los primeros besos, los primeros trabajos, los primeros amores, la autora se encarga de revalorizar las conclusiones, las clausuras: los retazos de una época que termina, lo que se apresta a desaparecer y un día, pues, desaparece.

El epicentro de esta novela publicada originariamente en el año 2000 es la Berlín oriental de fines de los ’70 (aquella que vivía con el aliento soviético sobre la nuca) y el centro de gravedad pivotea entre la imprenta de Udo Posbichs y el bar Waldschänke, donde los trabajadores apaciguan sus penas y frustraciones entre cervezas y leberwürst. Tragedias no les faltan, porque al fin y al cabo Lange-Müller (exponente del reciente boom literario alemán) no escatimó recursos literarios para construir, con descripciones condensadas pero con una fuerza atropelladora, personajes grises (como el hormigón de los edificios de la RDA) y trágicos como cualquier alemán, cuyas vidas fluyen rutinariamente entre páginas, tinta, galeras y composiciones. Así vive la protagonista de nombre desconocido (apodada simplemente "Muñequita"), tipógrafa, zurda y con una autoestima por el suelo ("tengo ojos pequeños como ojalitos, muy separados en el aniñado, cuando no ingenuo, redondo, chato rostro, del que cuelga tristemente una nariz larga y carnosa"); Fritz, el linotipista duro; Willi, el compositor intoxicado de plomo; Manfred, el extraño impresor que escucha voces de sus dos prensas y Udo Pobischs, el jefe-empresario, que un día desaparece (y la policía cierra la imprenta) y desata más que conflictos externos, dilemas internos, psicológicos en todos los demás.

Cada uno tiene su drama y cada uno lo expresa como puede, a su manera. Fritz se hunde en sí mismo confesando que vivió casi toda su vida (y sin saberlo) con su hermano gemelo nonato pegado en la espalda y "Muñequita" compensa su trabajo desgastante y maquínico enamorándose de una planta, olvidando así a Rita, la única mujer que quiso. La rareza es aquí la norma solapada en la tristeza, la melancolía y la soledad alentadas por una sociedad partida al medio y con la dicotomía Oeste-Este en la cabeza.

En cierto modo, la imprenta y el bar funcionan como dos burbujas que los cobijan, como sus hogares, del exterior ("cada vez que me quitaba el delantal, finalizadas las ocho horas de trabajo, tenía ese momento de felicidad garantizada llamado `salida', y la posibilidad de imaginar, camino al hogar, que al día siguiente con suerte estaría enferma y podría ir al médico y regresar luego a la cama", dice la protagonista). El primer escenario es el más rico: un micromundo gütenbergiano descripto al detalle (Lange-Müller de hecho fue tipógrafa hasta que escaló al puesto de editora gráfica del Berliner Zeitung) habitado por los últimos especímenes de una profesión, en aquel paréntesis temporal que separó la época de las máquinas de escribir de las computadoras.

Los últimos no sólo es una novela de personajes fuertes disecados con un humor ácido y en el que se homenajea con guiños a La montaña mágica de Thomas Mann. Es también la despedida, algo nostálgica, de un mundo artesanal, y que ya no volverá.

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