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Domingo, 28 de octubre de 2007

MULEIRO

Achurados y a las brasas

La crisis de 2001 vuelve a aparecer en la novela argentina. Esta vez se trata de su preámbulo, cuando todo empezaba a derrumbarse y la clase media llegaba a la crispación.

 Por Juan Pablo Bertazza

La balada del asador
Vicente Muleiro
Planeta
205 páginas.

No muestra los extraordinarios primeros pasos de ningún superhéroe ni los rudimentos de una guerra entre galaxias. Sin embargo, la última novela de Vicente Muleiro constituye algo así como un precuela –aquel invento usado en muchos films de los últimos años– de la crisis del 2001, novelada ya en El grito de Florencia Abatte, El último final de Leonardo Levinas y, en otra medida, también en El año del desierto de Pedro Mairal. Así, La balada del asador retoma más la previa de la catástrofe que su propia consumación y, en consecuencia, no hay en este libro tantos "que se vayan todos", ni asesinas represiones ni fugaces mandatos presidenciales como sí spots propagandísticos de un presidente famoso, entre otras cosas, por besar a un perro, patética anécdota que Muleiro se encarga de aprovechar.

En un flashback sinuoso como el rebobinado de una videocasetera con cabezales sucios, Leo relata su historia mientras se dispone a dejar el departamento de Palermo Hollywood que ocupó con su segunda mujer, Cynthia; como parte de un fogoso romance cuyas brasas empiezan a consumirse debido a... ¡los ruidos molestos de sus vecinos!, entre los cuales está Ronnie, una promesa de las inferiores de Argentinos Juniors.

Como los cantores de tango que no gritan ni tratan de mimetizar su voz con las canciones, sino que dejan fluir la letra con una prudente distancia, Muleiro acierta en no ponerse la camiseta de los personajes para fustigar el escenario político de la Argentina durante esa época. En cambio, son sus personajes quienes –como canciones de tango justamente– vivirán primero con optimismo y luego con una desilusión rayana en la tragedia, la victoria de "la vieja" sobre el peronismo en las legislativas del '97, la cantada alianza entre el Frente País Solidario y el radicalismo, y el posterior triunfo de "el nabo"; apodos todos que aluden claramente, pero no explicitan, dado que los únicos que tienen nombre son los personajes de la ficción propiamente dicha.

A propósito, hay una estrategia muy eficaz del libro al armar su estructura no por relaciones especulares entre los personajes pero sí por ciertas asociaciones, como un punto en común entre un mar de diferencias. Por ejemplo, pese al apodo con que se lo nombra en toda la novela, De la Rúa termina vinculado según esta modalidad a un comisario mafioso que, sin tener ni un pelo de tonto, explotaba la delincuencia de su barrio hasta tener que escaparse con toda elegancia y conformidad. Por su parte, Carlos Menem, además de compartir nombre, parece tener alguna relación con el Papi Carli (progenitor de Ronnie), que pierde la gobernación de su familia y se queda absolutamente solo, viendo cómo todos se van a pique obedeciendo los mandatos de un nuevo líder invisible. Otra de estas correspondencias (interna de la novela en este caso) lo tiene como protagonista a Facundo (Facu, Fac, Fack you, como le dice su propio padre, Leo) cuya semejanza con el más marginal Ronnie logra detallar el lamento típico de los padres argentinos que denuncian la disoluta vida de chicos que llevan la misma vida que sus propios hijos.

La balada del asador es un libro casi expresionista, con un lenguaje un tanto barroco, pero que no queda tan mal en tanto experimento. En todo caso, lo que se nota es que el autor se siente cómodo con el libro (aparentemente más que en su novela anterior: Cuando vayas a decir que soy un tonto), con ese tono poético-popular que caracteriza a los relatores de fútbol, registro que Muleiro adopta directamente para narrar las andanzas de Ronnie adentro y fuera de las canchas.

Por otra parte y pese a ser un tema aparentemente tan trillado –la novela fue presentada con parrillada en un club deportivo y social barrial–, la metáfora del asador amateur –que combustiona demasiado papel para encender su fuego– es un hallazgo que, por quedar bastante disperso entre tanta trama y personaje, deja con las ganas al lector, reproduciendo aquello de que lo mejor del asado suele ser su olorcito.

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