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Domingo, 25 de noviembre de 2007

FLANNERY O’CONNOR

Sin piedad

Flannery O’Connor fue una de las consumadas artífices del gótico sureño. Sus Cuentos completos combinan una escritura clara y precisa con dosis de una inusual ferocidad en el tratamiento de los conflictos rurales e interraciales.

 Por Mariana Enriquez

Cuentos completos
Flannery O’ Connor
839 páginas
De Bolsillo

De las grandes damas de la literatura del sur de los Estados Unidos –Eudora Welty, Carson McCullers, Katherine Anne Porter–, Flannery O’Connor fue la que cumplió de forma más acabada con los requerimientos del gótico sureño. Su obra de ficción, integrada apenas por dos novelas y dos colecciones de cuentos, se hunde en las raíces del grotesco pero se eleva en una ramificación de atrocidades asfixiante. O’Connor describe el mismo Viejo Sur decadente de William Faulkner, pero su literatura es muy diferente de la del maestro: prefiere un estilo límpido, la sencillez narrativa, cierto laconismo y remates de un espanto tangible. Quizá por eso consiguió la consagración de su enorme talento con cuentos: O’Connor es contundente y completa en sus relatos como Grace Paley; tanto que, al leerlas, se tiene la sensación de que para ellas la novela no parece necesaria.

Este volumen recopila los dos grandes libros de cuentos de Flannery O’Connor: Un hombre bueno es difícil de encontrar (1955) y Todo lo que asciende tiene que converger (1965), editado en forma póstuma, más relatos de juventud publicados en revistas y en su tesis de posgrado para el Georgia State College for Women, donde estudió ciencias sociales. Se trata de una producción magnífica pero escasa: la propia vida de O’Connor podría ser un claustrofóbico relato de soledad y desdicha. Hija de una familia acomodada, falleció a los 39 años de complicaciones de lupus; pasó la última década de su vida casi sin salir de la casa familiar en Georgia, en muletas y casi paralizada. Tenía todo el tiempo para la literatura, pero escribir la agotaba como casi cualquier otra actividad.

Desde su encierro, Flannery O’Connor escribió con saña. Ninguno de sus contemporáneos alcanza semejantes cumbres de ferocidad. No hay piedad en estos relatos, y los personajes parecen ser guiados por un determinismo inefable que siempre los conduce al mismo callejón insoportable. Todo termina mal. La decadencia de un modo de vida injusto no trae un orden social mejor, sino resentimiento, odios profundos y cerrazones. La vida rural es presentada como primitiva y brutal (“Más pobre que un muerto, imposible”); la vida urbana, como un infierno intransitable (en “El negro artificial” y “El geranio”). Abundan las mujeres solas que tratan de sostener sus viejas casas, su ganado, sus plantaciones, acosadas por los nuevos tiempos que suelen encarnarse en jóvenes crueles e inhumanos (“Un círculo en el fuego”). También las jóvenes intelectuales que detestan su entorno pero están atrapadas en la viscosa red de sus parientes y tradiciones, tanto que llegan a la locura (“Revelación”) o a la humillación más intolerable (la que sufre la joven de “La buena gente del campo”, cuyo amante primero finge ser un campesino religioso e inocente y luego le roba la pierna ortopédica, como trofeo).

Casi todos los cuentos de esta colección son pequeñas obras maestras, salvo algunos de los primeros y muy prematuros relatos, o los que después formaron parte de la fallida novela Sangre sabia. Pero hay momentos brillantes y salvajes, inolvidables. El primero es un clásico: “Un hombre bueno es difícil de encontrar”; una familia tipo –padre, madre y los chicos– sale de viaje en auto con la abuela. Ella recuerda, por el camino, una mansión que le gustaría volver a visitar, lo que presupone un desvío. Las consecuencias de este golpe de volante son una ultraviolencia repentina escrita con un ritmo tan despiadado como los hechos narrados. El segundo es “La vida que salvéis puede ser la vuestra”, donde la crueldad y el grotesco tensan la cuerda: un vagabundo seduce a una soltera sureña con retraso mental, entregada al matrimonio por su propia madre (además, el relato tiene un remate todavía más deprimente). Y, finalmente, Todo lo que asciende tiene que converger, donde se enfrentan tres Estados Unidos diferentes (el pobre y negro, el del viejo orden, el progresista) y los tres fracasan, atenazados por una parálisis que se vuelve literal, y que funciona como perverso reflejo de la que sufría la propia y atormentada autora.

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