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Domingo, 30 de diciembre de 2007

LECTURAS Y VERANO

Fast food

Libros para tener en cuenta en vacaciones

 Por Mariana Enriquez

Mi nombre es Raro Thomas
Dean Koontz
Suma de Letras
374 páginas.

Dean Koontz es conocido como un especialista en el terror, pero en realidad lo que hace es un género más apretado y urgente, una especie de suspenso condensado: sus novelas suelen plantear una situación desesperante y resolverla en el transcurso de apenas unos días en tiempo de ficción, y unas horas en tiempo de lectura, cuando se trata de un buen libro, y tiene muchos. Uno de ellos, Velocidad, sintetizaba desde el título esa habilidad por crear ficciones adictivas de Koontz, un escritor que creció en la pobreza y empezó a vender relatos a los 11 años, un poco para escapar de un padre alcohólico. Desde los ’80, cuando abandonó el uso de seudónimos, es un habitué de la lista de best-sellers del New York Times.

Mi nombre es Raro Thomas inaugura un período raro en la carrera de Koontz como escritor popular: a diferencia de muchos de sus compañeros nunca había escrito una saga, y contadas veces repitió un personaje de una novela a otra. Esta novela, editada originalmente en 2003, es la primera de una serie que por ahora tiene dos secuelas, Forever Odd (2005) y Brother Odd (2006): el protagonista absoluto es Raro Thomas (en inglés su nombre, Odd, funciona mejor, al menos un poco), un joven de veintipocos años que trabaja como cocinero de comidas rápidas y ve gente muerta.

El gran secreto del éxito de Raro Thomas –que va camino a ser adaptado a la historieta, medio para el que resulta ideal– es el cuidado, trabajo y encanto que Koontz puso en el personaje, y en todos los que lo rodean. En una novela donde el vértigo de la trama es lo principal, lo que impide dejar de leer, es francamente un regalo que el escritor se moleste además por ofrecer personajes entrañables y bien construidos, cargados de historia y subtexto.

Raro, entonces, vive en un pueblo lindero con el desierto de Mojave. No quiere mudarse a ningún sitio más populoso, porque si en un poblado pequeño lo molestan los espíritus, quien sabe qué ocurriría en una gran ciudad; probablemente se volvería loco. Tiene una novia de mucha personalidad que trabaja en una heladería, y una casera que se volvió silenciosamente loca y teme volverse invisible. Los padres de Raro son bien peculiares, y pensando en el sano entretenimiento del lector, no se los puede describir aquí. Lo que sí puede decirse es que Raro trabaja como ayudante de la policía –aunque sólo el comisario sabe sobre sus poderes– aunque con frecuencia se corta solo, y allí es donde comienza la acción. En esta primera novela de la saga, Raro tiene que lidiar con un dilema tipo Minority Report de Philip K. Dick: sabe que un loco disparará contra una multitud –situación endémica de la criminalidad norteamericana que Koontz aprovecha a la perfección– pero no sabe dónde ocurrirá. Tampoco tiene más pruebas para culpar al futuro pistolero que su propio don: cada vez que lo ve, está rodeado de siluetas oscuras, verdaderos heraldos negros que predicen una violencia y una maldad mayores.

Primer capítulo, entonces, de una saga que promete suspenso y melodrama –el final es particularmente fuerte–, y que con suerte mantendrá la intensidad en sus dos próximas entregas.

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